TRIBUNA
La buena igualdad de oportunidades: una defensa
viernes 26 de octubre de 2012, 08:56h
Leo en “El País” (cultura) una entrevista a Pierre Rosanvallon, a propósito de un reciente libro suyo, en la que responde a la siguiente cuestión:
P. Se ha preferido hablar de equidad pero también circunscribir la igualdad a la igualdad de oportunidades. Usted ve esta evolución con reservas.
R. En último extremo, se convierte en una forma de legitimar la desigualdad. Si se alcanzara una igualdad de oportunidades perfecta, entonces las desigualdades serían naturales y, por tanto, habría que resignarse a aceptarlas. Dada la infinita variedad de talentos y habilidades de los individuos, la sociedad sería inhabitable. Mi idea es que son necesarias políticas que fomenten la igualdad de oportunidades —pensemos en la sanidad o en la educación—, pero que la igualdad de oportunidades no puede convertirse en una filosofía.” (Cursiva mía).
Y con franqueza no puede por menos que sorprenderme. Parece que se busca una especie de “democracia facial” en la que todos son iguales, incluso en su apariencia (más tarde afirma el entrevistado que se trata de que todos vivan como iguales, sin acabar de atreverse a decir que en el resto de la entrevista lo que está proponiendo es que todos vivan igual, que desde Rousseau en su versión de la izquierda tradicional es exactamente lo que buscan).
No se puede entender en absoluto que en pleno siglo XXI, lo que se proponga sea siempre que al final tengamos todos que vivir igual. Para eso, no merece la pena realizar esfuerzos, sacrificios, trabajos. Más vale quedarse quieto y presumir de “Yo practico el no hacer nada ¡a ver qué pasa!”. Sin incentivos, no hay nada que hacer, porque cualquier persona racional viviría de inmediato esperando la transferencia de rentas que los demás le harían y, a su vez, los demás, como en un juego de espejos, esperarían a su vez recíprocamente pues que aquella persona le transfiriera su renta. Y así, todos quietos. Nadie se movería ¿para qué?
Dentro del Estado Social, la definición de la educación y sanidad como bienes públicos, esto es, aquellos de los que no se puede excluir a nadie y cuyo uso no impide el de los demás, ya ha conseguido elevar y uniformizar el campo de juego, también nivelarlo continuamente. Se impide la exclusión social a partir de la integración que producen estos dos bienes básicos. De forma pues que incluso cayendo socialmente desde arriba siempre exista un colchón de seguridad y viniendo desde abajo te permitan una palanca para impulsarte.
Ahora bien, luego, si quieres impulsarte o arriesgarte, ya es cosa tuya, de cada individuo. Y no todos tienen las mismas actitudes ni las mismas preferencias. Ni tienen por qué tenerlas. Aún más: creo firmemente que a diferencia del autor francés, “la infinita variedad de talentos y habilidades de los individuos es exactamente, resueltamente, lo que hace habitable a la sociedad y no lo contrario”. La idea planificadora y programadora de que todos los individuos sean iguales, vivan iguales, - en definitiva, que piensen iguales porque solo así se es igual y se vive igual — esconde en el fondo un autoritarismo brutal e inaceptable. Es el sueño de la razón, que como vio bien Goya, produce monstruos. El monstruo de la uniformidad más absoluta, ya que por mucho que luego Rosanvallon pretenda enmascarar su pensamiento fundamental haciéndolo pasar por uno que acepta (algo) la singularidad individual, resulta que con sus propuestas de sustituir el principio de igualdad de oportunidades por otro de igualdad de resultados, lo que se propone en realidad es un lecho de Procusto que acaba tallando y cortando a todos por igual, evidentemente con gran sufrimiento y sin que el lecho sirva para nada más que mesa de tortura, no de tálamo creador.
Todas las utopías que pretenden igualarnos por arriba y por abajo, quieren someter al individuo a esa visión de ejército formado que a la voz de ¡ar!, acaban siempre obedeciendo a todas las órdenes e instrucciones que se dan, siempre, desde arriba. Es un mundo autoritario, donde ¿libertad para qué?, - la frasecita de Lenin — cobra todo el sentido. En cambio en un mundo libre, ni se cuestiona para qué la libertad, porque no está encaminada a ningún fin, sino a sí mismo, a ser libre y luego, libremente, a usarla para lo que le plazca.
Naturalmente, la libertad económica también está ahí, integrada entre todas las demás. Y a partir de ahí, siempre que se haga legalmente por el propio esfuerzo y no mediante fórmulas parásitas de aprovecharse del Estado, ya aparecerán — y aparecen — las múltiples exigencias fiscales, y de otro tipo, que ya se encargarán sin duda de exigir devolución suficiente del beneficio obtenido.
Pero en sí misma, la desigualdad a partir del condicionado establecido en el Estado Social de nuestros días, es absolutamente imprescindible para tener una vida propia y que te permita responsabilizarte de tu propia vida, de tu propia búsqueda de la felicidad, distinta para cada uno de nosotros, afortunadamente. Cada uno imagina el cielo de forma distinta. Yo tengo derecho a mi propio “cielo” y tú al tuyo, a tu “cielo”, que además, - liras, flautas y arcángeles aparte — puede ser muy distinto, sobre todo si decidimos realizarlo en la tierra, que es donde deberíamos lograrlo.
El libro de Rosanvallon, creo, nos retrae a épocas muy pasadas, representa al intelectual orgánico francés y no dejará apenas ni un debate que no tenga que hacerse con textos del siglo XIX. Y, por si alguien no se ha enterado, estamos en el siglo XXI.