Hispania
domingo 28 de octubre de 2012, 15:37h
El nombre de España se revuelve contra sus orígenes. Trata de recuperar prestigio más allá de sus fronteras con “marca” propia. Apreciada fuera y, en parte, denostada dentro. Se hace escarnio del adjetivo “español” en franjas del norte, oeste y este del país. Al perder fuelle la visión nacional integradora, las comunidades históricas, dueñas de lengua específica -gallego, vasco y catalán-, alzan esta raíz como enseña nacionalista. La contraponen al resto de la nación arraigada en la lengua castellana, la oficial de España, que adquiere por metonimia rango común y universal de idioma español. Y la convierten en causa política que diferencie los territorios y reclame una independencia que es secesión y traición de Estado.
La pretensión viene de lejos y echa por tierra la vertebración de Hispania desde la época augusta en los umbrales de la era cristiana. La Ispnya fenicia, la S(a)phan hebrea, la Hispania romana, luego Spaña, la Ish?niy? musulmana, reconocida ya en el siglo XII como España, el nombre actual, o la Ezpaina, Izpania vasca, labio, borde o mar, palabra, según diferentes etimologías. El labio peninsular, decía Miguel de Unamuno. Y su multiplicación de ultramar en las diversas Españas, origen de algunas de las naciones actuales de Hispanoamérica.
Hispania tiene raíz latina por una y otra vertiente, el Derecho, la administración, el cristianismo, que consolidó el principio de justicia con el de libertad fundado en el bien común y el derecho “de gentes”, fundamento del internacional hoy reconocido. Al caso vasco, incierto en sus orígenes lingüísticos, le salen hoy hipótesis también romances. Sería un derivado tardío del latín por su asentamiento y división geográfica, con fuerte sustrato precelta. Sea así o no, participa de la misma cultura.
Esta raíz se consolidó hace más de quinientos años al unirse las coronas de Castilla y Aragón, lo que origina un largo período histórico unido también al enraizamiento de Europa y a la modernidad de América tras su descubrimiento. Desde entonces, el nombre de España va unido a los dos continentes por razones dinásticas, económicas, políticas, lingüísticas y culturales, a veces controvertidas.
Se pretende laminar ahora este marco histórico desde pretextos nacionales auspiciados por la actual crisis económica. Uno es la pretensión de autonomía estatal propia, quebrando la tradición citada. Otro, el “españolismo”, de raigambre imperialista; y otro, el nuevo marco europeo.
El españolismo es más bien una rabieta esnob anclada en el pasado reciente de España, la Transición, y la dictadura franquista. Para adquirir relieve, se ensalza la lengua propia, cooficial, contra la española, con la excusa de impedir un hipotético vasallaje por dominio lingüístico. Proyectar la sombra de la dictadura franquista sobre esta preeminencia del castellano convertido en español, aceptada constitucionalmente la diferencia idiomática de España desde 1978 como un atributo de su riqueza cultural, es despropósito y ganas de incordiar allí donde no hay razones sólidas. Y recurrir al nuevo marco europeo como horizonte político que convierta tales pretensiones en fundamento de Estado, supone -disculpen quienes así piensan- entender la Historia como forro del traje que estos mismos pueblos han confeccionado durante siglos.
Y si a un tercer argumento aludimos, el más convincente desde un supuesto constitucional, el sentimiento civil arraigado por una diferencia de comunidad, la convivencia de hoy día difícilmente se absuelve -suelta, desata, libera- y regula como “ius gentium” al margen de la interdependencia y actividad conjunta que tales comunidades viven, y sienten, dentro de España y, en ella, como Europa. Vivimos un mismo horizonte de experiencia comunitaria, histórico, jurídico, territorial, cultural, religioso -este aunque queramos sacudirlo-, deontológico, lúdico, deportivo y lingüístico. Lo confirman la cooficialidad y las raíces hispanizadas que cimentan la norma máxima, el Derecho, la Justicia que lo avala y la Constitución que correlaciona, vinculándolos, todos estos atributos y lenguas de la realidad España, o Hispania.
Ha habido un esfuerzo común histórico de civilización nacional, europea y americana, fraguada con errores, aciertos, gozos y sufrimientos, dentro y fuera de España, aunados o a regañadientes. Quedan, afondadas, vivencias que perfilan y forjan una personalidad única de país y entendimiento. No hemos vivido el dolor más reciente, y atroz, del resto de Europa, las dos grandes guerras del siglo XX, pero sufrimos otro no menos cruel y tal vez más duradero, una Guerra Civil. Su memoria debiera avivar en todos el límite humano infranqueable y servir de reactivo automático para lograr, en cualquier circunstancia, el encuentro y avenimiento más razonable y sentido.
Llegados, no obstante, a las puertas oficiales de Europa, a cuya constitución hemos contribuido de diversos modos, algunos quieren usarla como fulcro de palanca y forzar una ruptura de la tradición histórica contra todo sentido de convivencia mutua. Ninguno de los argumentos usados, la lengua, rifirrafes de política dieciochesca, una Guerra Civil ya pura memoria nefasta, un sistema dictatorial sobrepasado, y especialmente la distribución de finanzas estatales en tiempo de crisis, tiene fuerza ni relieve suficiente para fracturar el Estado actual español. Hemos de pensar, más bien, que se trata de algún espejismo derivado de sentimientos contrapuestos que confunden un ansia parcial de realización progresiva y el impulso histórico aún ferviente con el reflejo, en corto, que la globalización mediática sugiere. Una fiebre historicista.
Es cierto que España no acierta con el acomodo de estas inquietudes. Vive pasmada esperando que Europa la siga inundando de crédito y resuelva sus problemas más gruesos, como el paro, la incultura galopante, el desconcierto económico, la deuda pública y privada, una burocratización desmedida, el robo franco y disimulado, el descrédito de la banca, el hundimiento de la clase media, la recesión del consumo, del ahorro, la droga y la desafección posible surgida como consecuencia de esta incuria política. Y mientras tanto, el comercio surgido al calor de los dineros recibidos, de la administración del Estado, partidos y agentes sociales, empresas públicas y privatizadas, conciertos de nuevas tecnologías, campa por sus reales con nuevos negocios y aflorando, fresca, la rentabilidad de la economía soterrada.
La crisis de España ha entrado en un ciclo de permanencia real, endémica. No vale esperar la solución que nosotros mismos no encontramos. El ajuste y restricciones para subsanar un déficit cuyos intereses se multiplican por encima de los ingresos no consigue resolver la crisis. Cuando alcancemos el límite fijado, habrá otro horizonte de incumplimiento. Es preciso saltar la barrera. Y esto requiere imaginación política. Otro cauce para la inquietud europea que, sin duda, mueve a las comunidades nórdicas. Tenemos que hacer rentable el patrimonio histórico, laboral, las proyecciones coyunturales que Europa propicia. Traducir la imagen y marca en rédito de intereses.
España debiera ser ahora mismo referente internacional del Mediterráneo y del Atlántico conjuntando intereses de África, países hispanoamericanos, sus irradiaciones en el Índico, y haciéndose valer en Estados Unidos. Y con ello, en Europa. ¿Quién puede representar con mejor aval diplomático el deseo democrático de estas comunidades, ávidas de conocimiento, cultura, desarrollo tecnológico, integración histórica? Para ello, precisamos unidad operativa no gregaria. E imaginación, mucha imaginación. Intercambio de ideas. Y esto se llama cultura. Vivimos una recesión y amaneramiento ideológico peligroso. Falta estímulo. Al mermar la inversión en áreas sociales tan sensibles, disminuye el caudal de creación y el aporte democrático. Debiera existir una signatura común de bachillerato en todo el territorio nacional que refleje este proceso histórico hasta el momento actual, incluido el idiomático, de España. Es petición que reitero desde hace casi treinta años.
Una ruptura de Estado sería trágica. No resolvería por separado ninguna de las inquietudes, necesidades que, juntos, no conseguimos realizar ni cubrir. Las incrementaría. Tales deseos deben plasmarse en proyectos conjuntos. La minoría será más feudataria y la mayoría más impotente. Las ideas no tendrán igual fortaleza e irradiación. La dependencia crecerá cuanto mermen los estados disminuidos.
La pretensión soberana de Cataluña y el País Vasco carece de sentido histórico. Supondría, por otra parte, forzar la convivencia común antes mencionada, pues no todos los ciudadanos, ni siquiera la mayor parte de ellos, respiran del mismo modo político. Basta hojear los periódicos para verificar que España y el español son aún marco y lengua de vivencia común. Representan la relación económica cultural y comercial más integrada. Lo mismo la banca. Los políticos usan el español para las relaciones internacionales cuando los contertulios lo dominan. Y si es cierto que las cadenas de televisión, bien provistas de medios, asesores y recursos, prodigan, como la docencia, el catalán, vasco o gallego, lo cual es lógico, estas lenguas no desplazan al español a no ser por el esnobismo antes citado. Ninguna mente sana rechazaría una lengua internacional por el aprecio de otra más próxima y tal vez más sentida. Va en contra del ser mismo de las lenguas, la comunicación, el mutuo entendimiento.
La democracia española vive otra prueba de fuego. Ha de servir para consolidarla, enriquecerla. El diálogo abre camino. Y el peso de la historia se impone siempre a quienes quieren barrenarla. Confiamos más en los estadistas que crean convivencia que en aquellos políticos que la enturbian confundiendo el limo de los deseos. Sus propósitos secesionistas se vuelven contrarios. Por crítica que sea la situación de España, aún mantiene criterio, juicio, esperanza. Posee hombres de gobierno. Esperamos que tales avisos sean ansias de que Europa revierta de otro modo sobre España. Con el camino que nosotros le indiquemos.
Un régimen democrático, resume el último libro de Francis Fukuyama (The Origins of Political Order), quien predijo el fin de la Historia, más viva que nunca, combina un Estado firme, bien fundado, cuyo origen remonta el autor a la China milenaria, la autoridad de la ley, heredada de la tradición religiosa, y la responsabilidad de gobierno ante los ciudadanos, cuyo modelo sería la Inglaterra del siglo XVII, la Commonwealth de Oliver Cromwell. Y advierte respecto de Estados Unidos que “La decadencia política acontece cuando los sistemas políticos no se ajustan al cambio de circunstancias". Observación válida también para la España europea.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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