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América, España y la Ciudad de Dios

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
sábado 10 de noviembre de 2012, 18:06h
Esta semana ha estado condicionada informativamente por las elecciones norteamericanas y por la sentencia de nuestro Tribunal Constitucional sobre la ley del matrimonio homosexual. Los dos acontecimientos tienen dimensiones religiosas, por cuanto Estados Unidos y España tienen un común componente cristiano en su política y en su civilización.

Creo que Estados Unidos es el único país que se reconoce en su Revolución política originaria, la que alumbró la Nación (o República) americana a fines del siglo XVIII. Ni Gran Bretaña, ni Francia (y desde luego ni España con sus sucesivas revoluciones malogradas, desde la liberal de 1812) pueden hacerlo hoy. Incluso en Francia, la Revolución no constituye el fundamento de su democracia actual.

Opino que la diferencia existente entre el lugar que ocupan las creencias cristianas en los Estados Unidos y en los países europeos, explican la continuidad de la revolución norteamericana. Alexis de Tocqueville vio, en su magistral “La democracia en América” de ¡1835!, que la nueva República heredaba principios de la Roma republicana e imperial. Roma tuvo una religión “inmanente”, es decir, la religión estaba ligada estrechamente con la vida política, social y económica de los antiguos romanos. ¿Cómo fue eso? Porque cualquier creencia se asimilaba con tolerancia al corpus de creencias de la Roma de aquellos tiempos. En Roma, como en Atenas, el ateísmo fue imposible.

Llegó el cristianismo, que declaró la falsedad de los demás Dioses (y por eso fue declarado una secta de ateos), y con la ayuda de San Agustín (354-430) y de Platón (cristianizado por San Agustín) la religión dejó de ser “inmanente”, para orientarse hacia lo “trascendente”: la Ciudad verdadera era la de Dios (“De civitate Dei…), y la Ciudad de Roma (…contra paganos.”) era una mera sombra en la caverna platónica de esta vida de carne mortal. Desde luego, Agustín sabía de lo que hablaba: Roma se había hecho pedazos cuando en 410 fue ocupada por los visigodos, y la civilización romana en el Norte de África (San Agustín nació en la actual Argelia) fue destruida por los vándalos.

Esa “trascendencia” que Platón y San Agustín dieron al cristianismo, lo convirtieron en incompatible con cualquier diferencia doctrinal. Y como no hay peor cuña que la de la misma madera, los cristianos se hicieron tajadas mutuamente, con una dedicación que ni siquiera tuvieron con creyentes de otras religiones. Los católicos persiguieron a los protestantes; los anglicanos a los puritanos; los calvinistas a unos y a otros; en nombre de un Dios común, estuvieron encantados en mandar a conocerlo anticipadamente a sus descarriados hermanos, con la ayuda de toda suerte de ingenios mortíferos.

En las Paces de Westfalia (1648), agotados de tanto asesinar a herejes diversos, los europeos decidieron que los gobernantes tuviesen la soberanía de decidir cuál iba a ser la religión (oficial) obligatoria de sus súbditos. Se pensó, con acierto las más de las veces, que las autoridades civiles serían más tolerantes que sus equivalentes de las Iglesias cristianas.

Esto sucedió en Europa. Los ingleses no participaron en las Paces de Westfalia porque estaban ocupados –por motivos también religiosos- en cortarle la cabeza a su rey. Los “ingleses” que vivían entonces en América eran los “disidentes” de la religión oficial: puritanos, baptistas, metodistas y cuáqueros, fundamentalmente, pero también católicos y judíos. De manera que cuando esos “ingleses”, con la “revuelta del té”, se “revolucionaron” hasta convertirse en “americanos” independientes, establecieron la libertad religiosa: la Primera Enmienda (25 de septiembre de 1789) dice que ninguna “religión” (sic) será “legal” y tampoco será “legal” aquello “que prohíba el libre ejercicio” de cualquier culto religioso. La pluralidad de “religiones” explica la sorprendente (para un europeo) alta tasa de asistencia a los cultos en Estados Unidos. La religión allí es “inmanente”: su Presidente, como si fuese un “emperador y pontífice romano”, encomienda a Dios, a los distintos Dioses de los ciudadanos, la salvación de sus compatriotas.

La Iglesia católica cree que su “Ciudad trascendente” es superior a la “Ciudad inmanente de la democracia”. Reprocha a la Ley que denomine “matrimonio” al contraído por personas del mismo sexo. Es idéntico reproche que cuando se opusieron a que el Estado regulase el matrimonio: esa denominación la aceptaban sólo cuando se celebraba el “sacramento matrimonial”; aceptaban que el Código Civil regulase “uniones” pero no “matrimonios” (que eran obra de Dios).

Ese platonismo eclesiástico lleva a la Iglesia a una postura cruel: ¿por qué un homosexual creyente no puede pertenecer a la Iglesia cuando decide casarse con otra persona del mismo sexo? ¿Un homosexual no tiene otra solución que abstenerse de amar o vivir en la absoluta irregularidad de la hipocresía? La Constitución de 1978, en su artículo 32, previó el matrimonio homosexual. Monseñor Munilla, y la Conferencia Episcopal (la organización de la “Ciudad de Dios” dentro de la “Ciudad democrática”) no tienen razón cuando afirman que nuestra Constitución define el matrimonio como “unión de hombre y mujer”. Lo que establece es distinto: “El hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica”. El Tribunal Constitucional, en esa redacción, ha encontrado base para su sentencia.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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