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Rilke, en España

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 16 de noviembre de 2012, 20:26h
Adentrado el otoño, se conmemorará el centenario de la venida a España de uno de los más altos poetas contemporáneos, admirado sin límites por espíritus de tan elevada densidad intelectual como Heidegger. Así es. Coincidente casi con el alevoso asesinato del presidente del gobierno liberal José Canalejas y Méndez, el autor de “Sonetos a Orfeo llegaba a Madrid en las postrimerías de octubre de 1912 con el fin de contemplar en persona las pinturas de otra alma excelsa y remecida, El Greco, custodiadas en la pinacoteca de El Prado y en varias iglesias toledanas, entre ellas, la primada. Su estadía en el centro de la península fue fugaz, camino de estancias igualmente rápidas en Córdoba y Sevilla, para hacer, al cabo, estación y fonda en una Ronda en la que permanecería casi dos meses, con fruto para su remecida y, por entonces, conturbada alma y aún si cabe más para la literatura universal.

Enfrentado con la copiosa cosecha de cartas escritas desde la hechizadora ciudad malagueña por uno de los epistológrafos más fecundos de la historia –siete mil misivas desde diversos países del Viejo Continente-, el aprendiz de historiador se asombrará del ningún eco que en ellas encuentra la actualidad española, por aquel entonces muy agitada por acontecimientos que se demostraron decisivos en la marcha de la nación. A tenor del silencio guardado respecto del magnicidio mencionado, cabe, sin embargo, conjeturar que sucesos a ojos vista menores, si bien de innegable importancia, no encontraron resonancia o acogida en sus misivas a varios e importantes personajes de las letras y sociedad europeas del momento. Desconocía el escritor de Libro de las horas el castellano, pero no hasta tal punto de impedirle leer los titulares de los periódicos y enterarse incluso del núcleo central de los principales artículos insertos en ellos. En las postrimerías del otoño de 1912 y los inicios del año siguiente éstos estaban saturados de información acerca de los primeros atisbos de escisión del partido conservador liderado hasta entonces por A. Maura –“El pronunciado de levita”, en frase aguda de Ortega- , y con ella el comienzo del fin de los partidos históricos de la Restauración canovista y jalón de trascendencia suma en la evolución de la monarquía de Alfonso XIII y de todo el régimen instaurado a finales de 1874. Ni la menor alusión a nada de ello en un epistolario que encuentra, en el periodo rondeño de la biografía rilkeniana, una de sus sumidades de expresión e interés en cuanto al proceso de creación artística, en un alma habitada como pocas por el numen supremo de la poesía. En su grado máximo, ¿exige éste la concentración exclusiva –aparte de los menesteres y servidumbres de la vida cuotidiana- en el microcosmos individual para poder alumbrar una obra de irradiación universal?

Diluciden la ardua cuestión los comentaristas y críticos en posesión del saber y sensibilidad requeridos para ello, y extraiga una vez más el historiador la lección ínsita en la posición de los grandes creadores artísticos y literarios que distan en muchas ocasiones de alimentar su inspiración en los acontecimientos miliares de su época. Su talento, original y singular, nutre de cisternas únicas su mundo e imaginación, capaces de existir al margen de contextos y condicionamientos. En todo caso, es lástima grande que alguien como Rilke no nos dejara sus impresiones y juicios sobre la España que, abstracción hecha de los sucesos de la “gran” política”, culturalmente, se desarrollaba en sus mejores escenarios conforme a las pautas e ideario de un rondeño de excepción D. Francisco Giner de los Ríos, ya en la última jornada de su fecunda vida (1837-1915).
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