La crisis en perspectiva histórica (S.XVII) (I)
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 30 de noviembre de 2012, 21:02h
Pese a que el englobamiento común que manuales e historias generales hacen de la etapa imperial o de la España de los Austrias se encuentra avalado por razones incontestables, la “centuria de la crisis” contiene una personalidad propia y singular, no obstante ser un prolongado declive o postración –como quiera denominársele- de estructuras e ideas de la precedente. Así, por ejemplo, y al menos con respecto al objeto de estas líneas, la vida económica se encuentra sellada por rasgos inconfundibles y definitorios.
Una vez rubricada sin mayor empacho tal opinión, tenemos que apresurarnos a dejar constancia que, con ésta y con todas las excepciones que se quieran –y puedan añadírsele-, el siglo XVII español y el de Europa también, significó una de las etapas más irreparables para su progreso material, explicándonos el acento apocalíptico que se percibe en los juicios y comportamientos de innumerables de sus contemporáneos. Es muy plausible y legítima la profunda revisión que en todas las comunidades de nuestra geografía nacional llevan a término una ancha gavilla de historiadores afanados por deshacer entuertos científicos que ruedan inertes por visiones y planteamientos generales. Pero su labor concluye ordinariamente en introducir matices y distingos en un cuadro trazado de sólito con excesivo esquematismo. Sin prurito de originalidad no cabe, sin embargo, describir al siglo XVII hispano con colores en los que la brillantez sofoque a la negrura. La angustia de los coetáneos no es una pose ni un alhacariento retoricismo. Ni en la Normandía de Luis XIII, ni en la Ucrania de Alexis I, ni en la Escocia de Carlos I y ni en la Castilla o el Aragón de Felipe IV. Por supuesto, que los estudios sobre la proto-industrialización –“la industrialización antes de la industrialización”-, la salida de la crisis por los países avanzados, frente a la “refeudalización” del resto o, dentro de la Monarquía Católica, de la imparable marcha de Cataluña hacia horizontes de indiscutible superioridad económica y social, obligan a llenar el viejo cuadro de la decadencia de matices, salvedades y excepciones no pocas destacadas; pero la “primera impresión” –la de mayor validez en una síntesis- es acaso la descrita con los ennegrecidos pinceles de antaño…
Tan cruda y pesarosa realidad se impone desde el primer instante al contactar con el factor básico de la demografía, de color y perfiles diferentes a los de la centuria anterior.
Afortunadamente, para el estudio demográfico del siglo XVI contamos con diversas fuentes que si bien no son, como es obvio, censos generales de población, sí permiten al menos llegar, mediante cálculos e interpolaciones, a fijar unas cifras aproximadas de habitantes; y, por ende, -lo que puede ser de mayor interés-, el cotejo de los diferentes documentos servirá para conocer con una gran dosis de exactitud la tendencia general y su ritmo. Conforme se sabe, éste fue ascendente en todo el país, respetado, en general, de conflictos internos y pacífico como ningún otro de los reinos europeos, salvo el portugués; sin que, de otra lado, la emigración a Indias, constante durante toda su andadura, desequilibrase las grandes magnitudes.
Muy distinta –se repetirá- es la imagen ofrecida por el Seiscientos. En contraste con el Quinientos, para la reconstrucción de su elemento demográfico carecemos de recuentos o censos generales fiables. Las catas y análisis hasta ahora acometidos no permiten, empero, elaborar resultados firmes por cuanto en el comportamiento poblacional parecen diversas modalidades y variedades de ritmo. En líneas globales, seguimos en pleno ciclo demográfico antiguo, con alta mortalidad, especialmente infantil, y elevada natalidad, que origina excedentes vegetativos, desaparecidos o estancados en las graves crisis epidémicas.
Empero, pese a la dispersión y fragmentariedad de la documentación, todos los indicadores se manifiestan contestes en confirmar en el siglo XVII una tendencia global regresiva. Hambres, sequías, inundaciones, terremotos, acompañados de las inevitables pestes, se suceden con regularidad a lo largo de todo su itinerario, con las consiguientes incidencias negativas en una población diezmada también por las levas militares y la emigración a América y sometida a una fuerte presión fiscal.