Chéjov en el Matadero de Madrid
Irina Bulgákova
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irishecgmailcom/7/7/13
lunes 03 de diciembre de 2012, 20:18h
Pasar una noche en el teatro disfrutando de una obra del dramaturgo con renombre internacional es todo un placer. Y más placer todavía, saber que este célebre dramaturgo es tu compatriota y su obra se pone en escena en un teatro extranjero con un imponente elenco de actores. Me refiero al clásico de la literatura rusa, Antón Chéjov, y su obra La gaviota, que podemos ver en las Naves del Matadero de Madrid hasta el 9 de diciembre en la adaptación del dramaturgo, actor, titiritero y director de teatro argentino Daniel Veronese.
Es cierto que el acervo literario de Chéjov sigue siendo uno de los más favoritos para los directores de teatro de todo el mundo. Así, la propia Gaviota<(i>, una de las obras cumbres de Chéjov, se ponía más de una vez sobre los escenarios de Francia, Austria, Inglaterra, Suiza, Alemania, Japón y los Estados Unidos entre otros. Veronese decidió realizar su acercamiento al mundo chejoviano.
El lugar para la realización de las funciones merece una mención especial: creo que el hecho de rehabilitar los edificios del antiguo matadero madrileño en el Centro de Creación Contemporánea que ofrece una amplia variedad de actividades artísticas y culturales es una iniciativa estupenda y una gran ventaja para los ciudadanos. Por cierto, en Rusia existe un análogo: es una antigua fábrica de vinos en Moscú que también fue reconstruida, y desde 2007 en sus edificios se instala el Centro de Arte Contemporáneo (http://www.winzavod.ru/eng/).
Puedo decir que desde mi entrada a la sala y a lo largo de la función se enraizó en mi interior una cierta dualidad de sentimientos. Una parte de mi, abierta al arte moderno, se quitaba el sombrero delante del ímpetu creativo del director; pero mi otra parte, profundamente rusa, criada en las obras clásicas y en el teatro ruso (de valores humanos, espiritualidad y de la fuerza educativa), se rebelaba; y al respecto de lo que veía, una pregunta no cesaba en mi interior: ¿para qué todo esto?
A la hora de ver una obra teatral es muy importante la atmósfera que habitualmente empezamos a sentir aún antes de ver un espectáculo (en el vestíbulo del teatro y en la sala) y, después, a lo largo de la función. Es un ambiente especial que se manifiesta en la decoración, las luces, los cuadros, las alfombras y el telón de terciopelo rojo. Lo que atrajo mi atención eran paredes de ladrillo, instalaciones de luz colgadas en el techo, unas imágenes de arte moderno y una placa con inscripción “Degolladero de cerdos” a la entrada en la sala. Así, yo tenía la sensación de que iba a ver lo que fuera, pero lo que menos, una obra de Chéjov. El escenario estaba abierto antes de que empezara la obra (ni un indicio del telón) y se podía ver a los actores que ya estaban esperando en la escena, mientras el público se dirigía a sus asientos.
Lo que me gustaría destacar es el notable esfuerzo de los actores en la tarea de transmitir al espectador el contenido de la obra de Chéjov. Todas las conversaciones exteriores representadas en los diálogos entre los personajes son muy próximas al texto de Chéjov. Pero a pesar de conservar la línea del argumento, no fuimos más allá. El mundo interior de cada personaje, con sus agitaciones de espíritu, se queda por descubrir; y, al final, te quedas con la sensación de estar siempre en la superficie de un lago sin penetrar en sus adentros, sin bucear hasta la profundidad del alma del protagonista.
En lo que se refiere al tiempo de la acción en la obra, tampoco había claridad. Si la acción se desarrollaba en los días actuales, ¿porqué los protagonistas a menudo mencionaban un carro con caballos? Y si se representaban los tiempos pasados, ¿porqué, entonces, los protagonistas se vestían con los zapatos deportivos, y a una de las protagonistas la veíamos con minifalda? Pero un auténtico momento de conmoción común fue cuando un protagonista se quitó sus pantalones... No sé si este elemento fue introducido por el director para provocar un choque, el interés del público o para sacudir a alguien de la última fila, por si se distrajo por un momento. Chéjov decía: “Al sacar la fantasía a la libertad, detenga la mano”, pues parece que para algunos la mano no se detiene por nada en el mundo.
Después de ver todo esto, yo pensé: ¿se deberían modernizar las obras de ciertos dramaturgos? ¿Realmente, ustedes creen que las obras de Shakespeare, Cervantes, Flaubert, Boccaccio o Chéjov tienen que distinguirse por alguna de estas extravagancias mencionadas? Yo creo que la propia naturaleza de sus obras pide una relación especial, distinta, con mucho cuidado, respeto y... un telón.
Chéjov decía que la indiferencia equivale a una parálisis del alma, a una muerte prematura. Puedo asegurar que ver Chéjov en el Matadero no les dejará indiferentes. Pero para bien o para mal, ya es opinión de cada uno.