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Memoria de Wallemberg

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 16 de diciembre de 2012, 02:17h
Se llamaba Raoul Wallemberg, había nacido en 1912 y era diplomático. No tenía ni treinta años en junio de 1944, cuando comenzó a trabajar en la legación diplomática de Suecia. Venía de una familia rica e influyente de banqueros, diplomáticos y políticos. Había estudiado arquitectura. Hablaba inglés, alemán y francés. Esa ciudadano de un país neutral. Nada tenía que temer, pues, en la capital de la Hungría pronazi que pretendía resistir el avance soviético. Quienes lo conocieron cuentan que rebosaba vida y que le encantaban las fiestas.

Si Wallemberg era un privilegiado, los judíos estaban condenados a muerte. La discriminación sufrida durante los años del régimen de Horthy se convirtió en persecución abierta cuando los nazis ocuparon Hungría en marzo de 1955 y decidieron el exterminio de los judíos del país. Todo judío estaba condenado a muerte en los campos. Entre mayo y julio de 1944, unos 438.000 judíos fueron asesinados. A diario salían los trenes camino de las cámaras de gas. El hambre, las enfermedades y el hacinamiento en el gueto de Budapest -sellado el 10 de diciembre de 1944- anticipaban la matanza de los judíos de la ciudad. Sólo algunos húngaros valientes y unos pocos diplomáticos se atrevieron a ayudar a los judíos. Entre estos últimos, estuvieron el español Jaime Sanz Briz, el italiano Giorgio Perlasca y el joven Wallemberg.

Durante semanas, Wallemberg imprimió miles de pasaportes -llamados "protectores"- a favor de judíos intentando otorgarles así la protección diplomática de ser ciudadanos de un Estado neutral. Declaró haber imprimido cuatro mil quinientos pero en realidad fueron el triple: cuando se le acabaron los pasaportes oficiales, imprimió otros con su sola firma. Junto a los pasaportes, utilizó edificios alquilados por la legación para acoger a los judíos en ellas.

Con los soviéticos avanzando, los nazis se preocupaban de seguir matando judíos. El 20 de noviembre de 1944, Adolph Eichmann ordenó las marchas de la muerte: miles de judíos salieron a pie de Hungría hacia Austria en condiciones infrahumanas. Wallemberg distribuyó alimentos, medicinas y esos pasaportes que podían abrir la puerta de la salvación. La vida o la muerte podían depender de unos pocos días: logró salvar, según Hillberg, a unos dos mil.

Los soviéticos llegaban. La entrada del Ejército Rojo en la capital de Hungría sella el destino trágico y misterioso de este joven que lo da todo por salvar vidas haciendo bueno ese verbo maravilloso de nuestra lengua: desvivirse. Decía Julián Marías que "cuando el español se interesa profunda y apasionadamente por algo, cuando siente amor, afán, solicitud, cuidado, preocupación, inquietud, impaciencia o viva esperanza, decimos que se desvive". He aquí lo que hizo Wallemberg y nunca tuvo tanto sentido un verbo de nuestra lengua.

Todo lo demás es terrible. Al diplomático salvador de judíos, al valiente de los pisos y los pasaportes, al privilegiado que teniéndolo todo lo arriesgó por salvar vidas, los soviéticos lo detuvieron el 17 de enero de 1945. En abril de 1945, se confirmó que Wallemberg había desaparecido y nunca más se supo nada cierto de él. Las autoridades soviéticas dijeron primero que no estaba en la URSS y después que había muerto el 17 de julio de 1947. Ninguna versión ha sido convincente. La red Searching for Raoul Wallemberg sigue aún hoy tratando de averiguas qué le sucedió y reclamando una investigación en profundidad.

En este año que termina, Wallemberg hubiese cumplido 100 años y el mundo que conoció sería tal vez irreconocible. Habría visto la Guerra Fría, Vietnam, la Caída del Muro, la Unión Europea... Tal vez habría regresado a Budapest ya en libertad y habría vuelto a caminar junto al Danubio. Desde Jerusalen, Buenos Aires y tantos otros lugares, le hubiesen llegado cartas de agradecimiento de todos aquellos que le debían la vida. Incluso hubiese podido recibir en persona la ciudadanía honoraria que le concedió en 1986 el Estado de Israel. Pero no sabemos bien qué fue de Wallemberg.

El Talmud dice que quien salva una vida es como si salvase el mundo entero. Wallemberg es Justo entre las Naciones y su memoria es bendita para todo el pueblo judío. Su figura y su memoria siguen hoy más vigentes que nunca. Sin duda, el mundo que él conoció era distinto del nuestro, pero los valores que inspiraron su acción -la justicia, la libertad y, en suma, la humanidad- tiene hoy la misma validez que entonces. Fueron las personas como Wallemberg quienes rescataron la dignidad de Europa y demostraron que había alternativa frente al horror y la barbarie.

Ojalá hubiese podido conocer a Wallemnerg. Esta columna, en el año de su centenario, es un modesto tributo a su memoria.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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