Aniversarios y centenarios de 2013
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 28 de diciembre de 2012, 18:30h
La mercantilización de todas las manifestaciones de la existencia pública –y, a las veces, también incluso de la privada- llega igualmente –y con gran vigor- a la esfera de la cultura, que, por su naturaleza, se diría –sin duda, en otro tiempo…- más preservada, por su propia naturaleza, de semejante invasión.
Seguro, pues, que en estas últimas horas del 2012, los gabinetes de estudios de periódicos, televisiones, revistas, consejerías y ministerios están ya a la husma del calendario correspondiente a 2013 con el fin de detectar efemérides y fechas salientes del pasado mundial, patrio, regional y, aun en muchos casos, local… Hay entre las de postrera mención algunas que debieran ser, desde luego, objeto de especial conmemoración. Para un andaluz y, por contera, amante del periodo romántico de nuestra literatura el bicentenario del nacimiento del gaditano Antonio García Gutiérrez (1813-84) es de obligada recordación, desde los niveles escolares a los encumbrados de Academias y Universidades. La evocación de quien escribiera El Trovador, Venganza catalana o Simón Bocanegra dará vado, entre otras cosas, a alzar un poco el lánguido pulso del sentimiento nacional en la España de hoy, plausible hazaña, en verdad.
Pero, al margen de esta y de otras conmemoraciones de vitola o porte elevados, al cronista le gustaría traer, por numerosas razones, a colación el medio siglo de la aparición de la segunda etapa de la Revista de Occidente –echada a la alta mar de la cultura europea y americana en 1923- así como de la botadura inicial de Atlántida –la reflexión cervantina acerca de la incuria o nocividad de las segundas partes nunca quizá fue más exacta que en punto a la mencionada publicación, cuya singladura inicial viera fin en 1972. Un lustro más continuó compareciendo en público la revista fundada por Ortega y Gasset y ahora timoneada por algunos de sus hijos, entre los que destacaría el esfuerzo titánico de D ª Soledad, la única mujer de entre ellos.
Segunda navegación ésta con tripulantes del Olimpo liberal de la época, con plumas por entonces –a la manera, verbi gratia, de las de L. Díez del Corral o J. A. Maravall- en el otoño de su plenificante carrera historiográfica y publicística, con títulos introducidos en lugares de honor de la bibliografía occidental, conforme sucediera con parte de los de ambos catedráticos madrileños acabados de citar. Un tanto olvidada hodierno por las jóvenes generaciones, su caudal y herencia habrían de ser reivindicados al servicio de la potenciación de nuestro legado cultural en uno de sus activos más rentables –muro de contención a la marea de deturpaciones y fundamentalismos que comenzaban a socavar los cimientos genuinos de la civilización europea.
Fletada al mismo tiempo, según quedó ya registrado, que la segunda fase de la Revista de Occidente, Atlántida –puesta en pie por aquel descollante manager cultural que fuera el onubense F. Pérez Embid, que contó con dos secretarios de excepción: V. Cacho Viu y L. Rodríguez Ramos- contribuyó también en medida estimable al clima renovador imperante en España en la “década prodigiosa”. Su temática constituyó un festín de problemas candentes y… eternos, y en su elenco se logró la difícil avenencia de firmas consagradas- Martín de Riquer, A. D´ Ors, M. Fernández-Galiano, A. Fontán, L. Eulogio Palacios, C. Seco Serrano, M. Aguilar Navarro…, con otras en proceso de festinada madurez: T. Marco, J. L. García Comellas, J. Ferrando Badía, A. Lazo, M. Almagro Bosch, etc., etc.
En el deshabitado e inclemente panorama de la cultura española hodierna, tal vez se cometa un error de perspectiva al ensalzar sobre toda ponderación la huella de las susomentadas revistas. Aun así, el comercio con sus autores y asuntos será invariablemente provechoso para toda clase de lectores o relectores en los que la sensibilidad literaria y la libido sciendi no hayan perdido ninguno de sus fueros.