Política de altos vuelos
sábado 29 de diciembre de 2012, 18:35h
Tal fue la petición del Rey para el futuro inmediato de España: practicar alta política en los destinos de Estado. Es la norma europea. Comparada, sin embargo, con lo que sucede en nuestro país, la altura de miras se entorna más bien baja. Intuimos que la realidad se está removiendo precipitada y no sabemos muy bien con qué destino. Europa ya no está lejos, ni próxima, sino dentro de nosotros. Seguimos proyectándola, no obstante, a distancia, como horizonte lejano. Hay una concepción implícita de que España bien es otra cosa bien no encuentra el lugar que le pertenece en el nuevo organigrama. Por eso resulta difícil soñar alta política.
Para estar a la altura de Europa, en la cuarta posición que, por economía, debiera correspondernos, tendrían que cambiar las estructuras profundamente. A los presidentes de Gobierno les envían desde Bruselas, Berlín, París, Londres o Washington, las directrices generales que han de seguir. Y esto sucede desde los tiempos de Felipe González hasta hoy día, con ligeros grados de dependencia programada. El interregno anterior fue un cruce de coyunturas y alternativas. Y los presidentes autonómicos son apéndices de esta política subsidiaria, expuestos a influencias más domésticas, pero de resonancia internacional. Caen sobre ellos los estímulos de economía internacional, entiéndase la presión de los grandes grupos financieros que se sitúan, de este modo, en posiciones estratégicas respecto de otros países europeos, africanos, mediterráneos o suramericanos. Es lo propio de países colonizados o de protectorados modernos de la globalización.
Las tensiones vividas en Valencia, Canarias, Andalucía, Madrid, Galicia, Barcelona son claros ejemplos de cuanto decimos. Lo que sucede ahora mismo en Barcelona, núcleo de una Cataluña autonómica sin apenas otro foco de influencia importante, no se explica sin una coyuntura internacional compleja. Son varios los países que pretenden, como dice un colega sociólogo, el queso que es ahora mismo España. Lo muerden por varias partes. Y para ello compran intenciones, ánimos, auspician programas, elevan al trono del poder a gente mediocre que se cubre con el paño del cargo, al cual no aportan nada.
Y así también los partidos. Fuera del poder solo son ansia suya, arribista, y dentro se desfondan apenas les falla aquella dirección programática, no la entienden o la aplican con lo único que han aprendido: las artimañas caseras de secciones, agrupaciones. No saben qué hacer con el cargo en una situación europea. Por eso se multiplican los asesores y puestos de representación bien remunerados que los demás compañeros de partido o timba requieren.
Hablar de alta política en España, un país revuelto ahora mismo con su propia historia, sin saber tampoco qué hacer con ella, es nostalgia del pasado, reflejo de impotencia y reclamo urgido por cómo pintan los acontecimientos. El Año Nuevo, 2013, que todos deseamos, tal vez más que nunca, luminoso, y así sea, se abre con una fractura de Estado sin precedentes desde hace siglos. Se insulta a la máxima representación, se le ningunea Se ríen de la Constitución. Roban por todas partes y latitudes, ambas manos llenas, derecha e izquierda. Esquilman hasta los ahorros de los trabajadores. Se miente vilmente y, de tanto repetir la mentira, llegan a creer que es verdad lo que dicen. Así, por ejemplo, el partido actual de la oposición, hasta hace poco, un año, en ejercicio de Gobierno. Y quien quiere introducir otro halo, como el equipo actual en idénticas funciones, no puede. Le resulta imposible barrer el escombro acumulado y remontar hacia esa otra política cuya altura solo es de escalera, para subir y bajar, mareándose de tanto desgastarla.
El alza de mira política requiere otra preparación en representantes del poder, gestores sociales y empleo público, denominación introducida para quemar el poco lustre que los funcionarios aún tenían y aspirar así a sus condiciones sin las exigencias antes establecidas. Todo Estado moderno tiene funcionarios altamente cualificados, dentro y allende sus fronteras. En España se reparten las funciones según la rotación política de turno. El encumbramiento de personas mediocres situadas democrática o digitalmente en tales puestos chocó con la ética profesional de muchos funcionarios deudos solo de su preparación y las oposiciones superadas según los requisitos públicos establecidos. El choque produjo remoción de destinos o apartamiento intencionado de funciones. Así en la judicatura, ejército, policía, administración ministerial, autonómica… La contrapartida fue y es el amaño de pruebas, oposiciones, contrataciones, denominación de nuevos cargos, asesorías de hoy y cargo permanente mañana, etc.
La Universidad española es paradigma, en esto, de la Transición con la figura de los rectores, elegidos democráticamente por partidos políticos interpuestos, sindicatos o grupos de aquellos antes citados, incluidos últimamente los bancos y entidades públicas de relieve. Entre estas, especialmente, las originadas al privatizar empresas del antiguo régimen franquista.
La democracia española ha minado la profesionalidad de sus funcionarios por intereses partidistas y espúreos. Y así, aunque lo pida el Rey, sobre todo la circunstancia europea, resulta imposible una política de altos vuelos. Su exigencia requiere una remoción profunda de la sociedad civil, cada día más escorada de la política en España.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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