Qué pesadumbre
José Manuel Cuenca Toribio
jueves 03 de enero de 2013, 20:26h
Semanas atrás se presentó a tambor batiente mediático el primer volumen de las memorias del cuarto presidente de gobierno en los anales de la España democrática. No es, desde luego, el artículo periodístico el marco adecuado en orden a su reseña o crítica, mas sí, tal vez, para, al desgaire, anotar algún comentario respecto al discurso pronunciado por el autor en tan concurrido acto.
Con más títulos bibliográficos en su haber que ninguno otro de sus antecesores desde los días de D. Manuel Azaña, la inclinación del líder conservador por las letras no lo ha llevado, sin embargo, a una mínima familiaridad con la historia más cercana de nuestro país. Al respecto, los juicios acerca de los nacionalismos “periféricos” o de la Revolución de Octubre de 1934 expresados en la mencionada ocasión constituyen una buena prueba de lo indicado. En su pintura au noir de sus gobernantes descalificaba o deturpaba, aparte de figuras tan insignes como F. Cambó, la obra de los presidentes Maciá, J. M. Aguirre, Tarradellas o Pujol, en manera alguna acreedora a sus anatemas y opiniones peyorativas. Todas signadas por la brevedad –en especial, la de Aguirre- con excepción de la del último -23 años de residencia en el Palau de la Generalitat catalana-, sus pueblos y, por ende, toda España, se beneficiaron de administraciones honestas y eficaces en más de un extremo. La del Honorable J. Pujol, en un contexto de desbordante expansionismo económico y, por consiguiente, propicio a la tabidez, se evidenciaría no obstante, conforme es bien sabido, particularmente positiva cara al desarrollo equilibrado y fecundo de las principales parcelas de la vida del Principado, que experimentó bajo su guía un espectacular crecimiento económico, social y científico. Con tal balance, una mínima exigencia histórica obliga al respeto o, cuando menos, a la prudencia a la hora de enjuiciamientos y visiones panorámicas. Al marginarla y acrecentar el vituperio con la de todo punto inadecuada comparación de la conducta de Companys en el otoño de 1934 con la seguida en el del 2012 por Artur Mas, se incurre no sólo en una ignorancia al menos semi-dolosa y, peor aún, en la injusticia.
Desventuradamente, una y otra no son patrimonio del gobernante que rigió los destinos de la nación entre 1996 y 2004 –con saldo, por lo demás, muy favorable en no pocas facetas del quehacer público-, sino –en particular, la primera- de los dirigentes supremos de la Transición. Salvo el efímero L. Calvo-Sotelo y sin exceptuar al presente inquilino de La Moncloa, su indigencia cultural se ofrece a propios y extraños de manera peraltada y pesarosa. Déficit extendido por toda la clase política del presente –tampoco en el resto de la Europa hodierna pintan, por desgracia, oros-, con la salvedad de algunos sectores de la catalana, su cotejo con la de otras épocas resulta a las veces abrumador. Y, claro está, en el proscenio de la escena nacional se hace todavía más visible y lamentable. Si ni siquiera la misma historia de España es conocida en sus más importantes capítulos y episodios, con frecuencia tan enriquecedores y aleccionadores, ¿qué ejemplo o mensaje se trasmite desde el poder capaz de motivar ilusiones y proyectos colectivos que son la esencia misma de la política de alto vuelo y comprobada dignidad?
¿Se atalaya un nuevo horizonte desde el no muy despejado de finales del 2012? Cara al próximo año, no hay que cerrar paso a la esperanza. Quizá en su trascurso aparezcan líderes de formación más completa y cochura intelectual más recia, aptos para empalmar pasado y presente al servicio de un futuro sugestivo, al menos en cuanto compromiso moral de rigor en las actuaciones y juicios.