Parsifal, cuando el tiempo se convierte en espacio
miércoles 30 de enero de 2013, 20:26h
Hay frases que escuchas una vez en tu vida y ya nunca olvidas. Puede presentarse como consejo, idea o simple reflexión personal de quien la pronuncia, pero sea cual sea el contexto, incluso si en aquel instante creímos no entenderla o compartirla, llega un momento en que la recuerdas como si acabaras de oírla y es entonces cuando encaja igual que la última pieza de ese puzle que se nos resistía. Hace muchos años que escuché a mi padre lo que seguramente era una reflexión personal suya acerca del paso del tiempo. Hija, me dijo, a medida que te acercas a los 40, los años vuelan. Supongo que él estaba en aquel momento comprobándolo en su propia piel - quién sabe si recordando cuando él mismo lo escuchó decir a su padre un día -, y supongo, asimismo, que, desde mi arrogante edad de veinteañera, me limitaría a mirarle con una distancia que me parecía enorme, tan lejana que ni siquiera me incumbía. Pero casi todo, al final, te acaba incumbiendo. Sobre todo, si se trata de la experiencia de vida que nos hace primos hermanos a todos los terrícolas. Mejor dicho, a los terrícolas que tenemos la suerte de poder preocuparnos de que los años pasen más o menos deprisa.
El caso es que aquella sentencia de lo que ocurría con los años cuando te acercabas o superabas los 40, no la olvidé jamás. Y si tenemos en cuenta que, cuando fue pronunciada, aún se marcaban los números de teléfono introduciendo el dedo en la ranura correspondiente de una ruedecilla y que a nadie se le ocurría pensar en llevarse en el bolsillo el aparato, el cual normalmente estaba adosado a una pared o descansando en una mesita, podría decirse que ahora los años no se limitan a volar, sino que, más bien, nos sobrevuelan. Ya no nos sentamos a charlar por teléfono, sino que aprovechamos cualquier actividad para realizar o atender esa llamada para la que nunca encontramos tiempo. Vivimos inmersos en la ecuación de velocidad igual a tiempo, cualquier retraso de media décima de segundo en una respuesta internauta nos parece una catástrofe y si alguien no responde a un mensaje en menos de tres minutos, empezamos a ponerle de todos los colores. El mundo se nos ha acercado a golpe de clic de ratón y ya no nos acordamos de aquella época en la que los ratones eran sólo malditos roedores. Sabemos todo o, al menos, somos capaces de llegar a saber muchas cosas a través de los buscadores, pero el precio que se paga por saber mucho es el de, en realidad, no conocer en profundidad nada. La paciencia parece estar reñida con el universo digital, y son pocos pasan más de un par de minutos informándose o comparando informaciones: basta con un par de titulares y, lo mismo que los años, sobrevolamos los artículos sin fijar de verdad la atención en ninguno de ellos.
Sí, en la actualidad, los años trotan con tal presteza que ya no tiene sentido decirle a alguien que parece que se ha quedado pasmado en la estación y que, como se descuide, va a perder el tren. Ahora, lo que cuenta es no perder pie, agarrarse con fuerza a las gelatinosas riendas de la vida, para que en su feroz cabalgata no acabe lanzándote a una remota cuneta de la que ya no sepas por dónde salir ni encuentres tren que no sea de alta velocidad, al que intentar encaramarte en una maniobra suicida. No es crítica, queja, ni siquiera nostalgia. Tan sólo una reflexión, a propósito, precisamente, de esta columna. Hace justo una semana que salió a la luz el asunto de la columnista fantasma Amy Martin y tuve la “mala suerte” de que me pillara con mi columna ya escrita y enviada, o lo que es igual, con el paso cambiado. Una desgracia, porque ya pueden imaginar lo jugoso que se presentaba el tema para echarse unas letras bien a gusto. Durante unos minutos, valoré la posibilidad de escribir sobre ello en la siguiente columna, cuando, además, se tuviera más información acerca de lo que había detrás de aquel nombre ficticio que facturaba artículos a 3.000 euros, pero enseguida me di cuenta de que una semana después, el tema ya estaría más que archivado, que habríamos pasado a otra cosa en este loco y repugnante devenir de corruptelas que, por fin, ya no dejamos pasar como si fueran la última hábil gracieta del más espabilado.
Por supuesto, a estas horas, una semana después, han surgido un montón de temas nuevos igualmente sustanciosos, aunque no tan sabrosones, pero después de asistir anoche en el Teatro Real a la ópera de Wagner, Parsifal, no he podido resistirme a detenerme en estos párrafos que acabo de escribir, aún a sabiendas de que serán muchos, y además harán bien, quienes no se avengan a perder varios minutos conmigo. Para quienes no conozcan la última ópera compuesta por Wagner, les diré que no se me ocurre mejor forma para detenerse en el espacio y en el tiempo, que pasar más de cuatro horas ajeno a ese implacable movimiento en espiral que se lleva los años, casi sin contar con nosotros. Pero, aunque no seamos dueños de los años, habitamos en los mismos. Wagner lo pone en boca de uno de los personajes principales de su exquisita obra. Gurnemanz, caballero de la orden del Santo Grial, explica al joven recién llegado, Parsifal, lo que ocurre en el bosque del castillo de Montsalvat: “Aquí el tiempo se convierte en espacio”. Wagner tardó toda su vida en trasformar la enérgica música que caracteriza sus obras en la sublime melodía llena de misterio que inunda su última creación, su testamento espiritual. A pesar de que la idea de esta ópera le había surgido muchos años antes, Wagner nunca había encontrado el momento para terminarla, para pararse a sentir su espíritu, para mirar muy adentro, hasta darse cuenta de que, en realidad, antes o después, uno tiene que detener la cabalgata de las valkirias y hacer balance de lo realmente importante. Lo mejor de todo, la frase que me gustaría recordar, es que no hace falta esperar al final para hacerlo, sino que uno puede detenerse mucho antes de que la conclusión se convierta en su última obra.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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