Mirando a "tangentopoli" veinte años después
miércoles 06 de febrero de 2013, 20:53h
El pasado viernes, el periódico italiano Il Messaggero titulaba una información acerca de la corrupción en nuestro país con “La tangentopoli spagnola arriba a Rajoy”. Tratándose de un diario publicado en un país que sabe bien lo que es la corrupción política a todos los niveles, no es de extrañar que el titular produzca una preocupante sensación de que lo que ahora leemos en nuestros periódicos resulte, a la no tan larga, sólo la puntita del iceberg. En 2012 se cumplieron 20 años desde que en Italia estallara el mayor escándalo de corrupción política que había vivido la república transalpina en sus 150 años de historia, conocido como “tangentopoli” ya que la palabra “tangente” significa soborno. Y aquello que empezó como una gotita hasta convertirse en un inmenso oleaje, se llevó por delante a la I República, obligó a cambiar la ley electoral y sentó en el banquillo a más de 4.000 empresarios y representantes de todas las formaciones políticas, descubriéndose un pastel tan pringoso como para conmocionar a toda la sociedad italiana y llevar al suicidio a algunos de los implicados. La gotita o, si lo prefieren, el hilo del que se empezó a tirar para desenmarañar tan apestosa madeja no daba, al principio, la impresión de que fuera a alcanzar un nivel tan monstruosamente elevado en todos los sentidos.
Del primer juicio que se inició en Milán contra un dirigente local del Partido Socialista surgió una inmensa trama de corrupción, que se tradujo en ese gran proceso judicial iniciado por Manos Limpias (Mani Pulite), cuya cabeza más visible era el fiscal Antonio di Pietro. Las proporciones del escándalo obligaron a que en 1993 tuviera que formarse un gobierno de transición liderado por Carlo Azeglio Ciampi, encargado de redactar una nueva ley electoral mayoritaria para sustituir a la proporcional, acabando así con todos los partidos existentes hasta la fecha. La gangrena se había extendido tanto, que ya no quedaba más remedio que cortar, a pesar de que en los últimos tiempos, muchos en Italia, incluido el propio Di Pietro, se arrepientan de no haber dejado morir al enfermo o, al menos, de no haber cortado hasta la mismísima cabellera. Y lo cierto es que es esto último lo que produce más desasosiego. Si en Italia lograron que hasta el ex primer ministro Bettino Craxi tuviera que exiliarse en Túnez porque la justicia decidió que esta vez era igualita para todos, ¿cómo es posible que la corrupción haya vuelto a reproducirse como un maldito tumor, a todas luces inoperable? Claro, siempre fue mucho mejor hacer limpieza hace veinte años que decir ahora que para lo que sirvió, más valía haber dejado las cosas como estaban. Ni con partidos grandes ni con coaliciones de pequeños partidos. Ni con ley electoral proporcional ni con mayoritaria. Al final, acaba siempre apareciendo corrupción a gran escala. Y no sólo política, también empresarial, deportiva, en definitiva, en cualquier sector que suponga una fuente de ingresos ilícitos para esos ladrones cobardes e insaciables que no necesitan de pasamontañas o ganzúas.
No es de extrañar, en todo caso, que en España ya haya un sector de la fiscalía y de la judicatura que esté pensando en iniciar urgentes acciones de oficio para indagar, más allá de las investigaciones periodísticas, los casos con los que nos desayunamos cada mañana a punto de llegar al límite para poder digerir ninguno más. Unas indagaciones que asegurarían la mayor garantía jurídica para todos. Sí, también para aquellos que después se demuestre que se lo llevaron crudo, pero, sobre todo, para quienes puedan verse injustamente mezclados en este clima de sucio vertedero y acaben pagando con su carrera o su prestigio la culpa de otros, a no ser que la responsabilidad de vigilarlos fuera directamente suya. Es en sede judicial donde tienen que investigarse todas las acusaciones, porque sólo nos faltaba convertirnos en una sociedad de duelos y quebrantos que encienda la hoguera no sólo con las brujas que se probó que lo eran, sino también con aquellas denunciadas por el vecino envidioso o, peor aún, por una bruja real perteneciente a la competencia que maneje a su antojo los hilos de la opinión pública desde su aquelarre. Sólo en un tribunal, pueden aceptarse las pruebas como tales, una vez cotejadas y certificadas por los peritos correspondientes. Lo que hace falta es que las acciones sean rápidas, precisas, que cuenten con el refuerzo humano y material que los encargados de las correspondientes instrucciones necesiten.
Como decía, veinte años después, en Italia lidian de nuevo con la corrupción y esta vez ni todo el prestigio de Mario Monti ha servido para limpiar o poner un poco de orden. El ex primer ministro tecnócrata intentó, antes de irse, sacar adelante un ambicioso decreto anticorrupción, pero pocos parecían estar por la labor y no es de extrañar, porque en la cámara había durante esta última legislatura nada menos que 22 diputados condenados por corrupción. Monti tampoco pudo hacer más que poner cara de circunstancias cuando el emir de Qatar le dijo, con la meridiana claridad que puede permitirse utilizar quien tiene el dinero, que prefería no invertir en Italia a causa de la corrupción. ¿Con qué argumentos iba Monti a convencer al emir para que lo hiciera? Cuando Monti llegó desde Bruselas para atajar la crisis de su país, se encontró con tal desbarajuste de desfalcos y demás formas de pillaje político, especialmente en las regiones, que incluso trató de volver a centralizar competencias y acabar con el federalismo. Por supuesto, no lo consiguió. No, al menos, a ese nivel, pero, por primera vez en la historia, procedió a disolver el ayuntamiento de una capital regional a causa de la infiltración mafiosa, el de Reggio Calabria. No es poca cosa, aunque a él no le pareciera casi nada.
Puede, en conclusión, que produzca un gran estupor que, como declaraba hace unos meses Di Pietro, la corrupción haya sido capaz de regenerarse tan rápido en Italia. Él habla de que, simplemente, la corrupción nunca desapareció sino que aprendió a utilizar medios más sofisticados, a disimular lo que hace años se hacía con descaro. La corrupción es en algunos países, como el nuestro, un terrible mal endémico ante el cual no vale resignarse, sino que necesita de eficaces prevenciones y de ejemplares castigos. Se impone la urgente necesidad de que los trámites policiales o judiciales resulten mucho más ágiles a la hora de reaccionar frente a las denuncias e investigar si es cierto, porque así puede ser probado, que esa bruja a la que apunta con el dedo el vecino es una bruja de verdad, sin olvidar ponerse a buscar inmediatamente después dónde demonios guarda sus recetas y quiénes han sido sus acólitos.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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