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Sobre el nacionalismo chino

Eugenio Bregolat
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eugeniobregolatgmailcom/15/15/21
domingo 27 de abril de 2008, 20:49h
El nacionalismo chino contemporáneo arranca de la derrota de China en la primera Guerra del Opio, en 1840: los navíos de acero ingleses hundieron la flota de madera china. La imagen no puede ser más expresiva: el país que durante largos siglos fuera punta de lanza de la civilización se había quedado atrás. El siglo de dependencia colonial que siguió, a manos de europeos, norteamericanos y japoneses, quedó marcado a fuego en la conciencia nacional. El Partido Comunista fue siempre tan nacionalista como cualquier otra fuerza política china. El objetivo de la política de “reforma económica y apertura al exterior”, lanzada en 1978 por Deng Xiaopong, es conseguir un país rico, fuerte y que nadie pueda volver a humillar.

Los chinos, sobre el telón de fondo del trauma histórico aún muy vivo, resienten que los medios occidentales hayan dado escaso relieve al hecho indudable de que el mes pasado los primeros en utilizar la violencia fueron tibetanos, con el fin obvio de deslucir, si no abortar, los Juegos Olímpicos. Por muy cierto sea que en el Tibet hay un problema de fondo, que hasta ahora no se ha logrado resolver con un modus vivendi satisfactorio para todos... Resienten igualmente los chinos lo que perciben como doble vara de medir: que quienes invadieran Irak sin autorización de la ONU quieran darles lecciones en Darfur, cuando es gracias a la mediación china que el despliegue de una fuerza de la ONU ha sido allí posible. Los chinos se sienten injustamente tratados en el Año Olímpico. El hombre de la calle no entendería un boicot a los Juegos. Y detrás de todo, la vehemente sospecha de que los países occidentales quieren evitar le reemergencia de China como gran potencia. Estas ideas bullen en los blogs y chat rooms de los ya cerca de 200 millones de internautas chinos. El malestar y la indignación son genuinos, vienen de abajo. Un botón de muestra: un buen amigo, muy buen conocedor de China, acaba de pasarme un e-mail con la reacción de un pekinés conocido suyo: indiferente en principio hacia los Juegos, ha cambiado su opinión al ver los comentarios de ”cierta estúpida” prensa occidental. Ahora desea fervientemente el éxito de los Juegos y considera que cualquier acción dirigida a hacerlos fracasar es una humillación personal para él y su familia; una bofetada para todos los chinos. Añade que, por la misma razón que él, mucha gente “neutral” se ha puesto ahora decididamente a favor del Partido Comunista. Se ha lanzado en la red una campaña contra los productos franceses como reacción contra el recibimiento de la antorcha en París.

Las autoridades chinas han reaccionado, hasta ahora, de forma moderada. Han intentado desdramatizar, en sus medios de comunicación, las reacciones contra la antorcha olímpica (atribuyéndolas a minorías, dando opiniones de quienes se oponen a ellos, etc.) en un claro intento de calmar los ánimos de la población.

Los países occidentales tienen que mirar a largo plazo. Una eventual humillación de China, boicoteando los Juegos, tendría efectos contraproducentes, tanto para el Tibet como para las relaciones entre China y el resto del mundo. El Dalai Lama es el primero en rechazar el boicot: él sabe muy bien que China se lo haría pagar a los tibetanos y que será imposible un arreglo sobre el Tibet sin llegar a un entendimiento con Pekín. Parece claro que sectores del nacionalismo tibetano se le están escapando de las manos y ha amenazado reiteradamente con dimitir si no renuncian a la violencia.

China ha cambiado mucho, y en la buena dirección, los últimos treinta años. Es obvio que no es una democracia liberal y que le queda mucho por hacer en materia de derechos humanos. Pero la situación era mucho peor en 1978. El vaso puede parecer medio lleno al compararlo con los países occidentales, pero está medio lleno si se compara con la China de Mao. Conseguir que China supere el trauma que otras potencias le infringieron y que se acabe de integrar en el orden internacional es decisivo si el siglo XXI ha de ser un siglo pacífico. Los Juegos Olímpicos de Pekín deben contribuir a ello de forma significativa, en vez de atizar los viejos demonios del nacionalismo xenófobo.

Eugenio Bregolat

Ex-embajador de España en China y Rusia

Eugenio Bregolat Obiols es embajador de España en el Principado de Andorra.

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