www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Amor: de Haneke o de Carmen Martínez Bordiú

miércoles 13 de febrero de 2013, 20:37h
No me queda más remedio que admitir mi frivolidad: de todas las noticias que ocupan las portadas, la que más me llama la atención es la que se refiere al divorcio de José Campos y Carmen Martínez Bordiú. El cántabro aparece compungido en una revista confirmando lo que era un secreto a voces, que su mujer, varios años mayor que él, había llegado un día a casa confesando que estaba enamorada de otro afortunado varón y que él ya podía empezar a hacer las maletas para ahuecar el ala. En realidad, me doy cuenta de que quien me importa no es José Campos, que tiene cara de buena persona aunque vaya usted a saber, sino que es ella, Carmen Martínez Bordiú, quien me produce una extraña fascinación que, en todo caso, no es de ahora. Hace un millón de años que decidió no preocuparse por lo que unos y otros dirían y, si en aquella gris época de hipocresía sentimental en la que no había divorcios pero sí amantes – bien ocultas en una alcoba -, ya dio la gran campanada abandonando a su aristocrático y bien parecido esposo para marcharse a París con un anticuario que le doblaba la edad, imagino que en la actualidad ni se le pasará por la mente renunciar a un nuevo sentimiento si el anterior ya estaba criando malvas.

Lo fácil, desde luego, sería contentarse con pensar que es ella quien cada cierto tiempo cambia de pareja porque sí y acusarla de veleta. Pero, ¿no podría tratarse sencillamente de que tiene el valor que a muchos les falta para actuar cuando ha llegado el final sin perder el tiempo, ese precioso y escaso bien, en inútiles lamentaciones? ¿Y si los hombres a los que amó han resultado ser distintos por completo a lo que aparentaron cuando estaban en proceso de conquistarla? Lo mejor de todo es que sea capaz de vivir lo que le llega sin verse obligada a deshacerse en explicaciones. Después de saber por la revista que la bomba la soltó, según afirma Campos, el día antes de Nochebuena, seguro que muchos ya la han visualizado en el centro de una hoguera. Bruja, más que bruja. Quizás sea por eso por lo que me atrae el personaje, porque da la sensación de no tenerle miedo a las llamas, ni a las alturas ni a tirarse a la piscina delante de todos los ojos, incluidos los de su hijo, con tal de no arriesgarse a dejar pasar una oportunidad más de sentir el amor de los principios, ese que llega lleno de preguntas sin respuestas, de retos sin garantías, de saltos al vacío sin redes ni colchonetas. Una vez más, Carmen Martínez Bordiú se tira. Yo la veo y me quito el sombrero.

Con el paso de los años, amar se me asemeja cada vez más a conducir. Tan extravagante como suena. Por ejemplo, basta con un par de clases prácticas para que quien ha nacido “dotado” se haga con los mandos y, aunque luego se necesite práctica y haya que repasar el código de la circulación, después de esas dos primeras lecciones con un buen profesor, uno ya nunca se olvida de cómo hay que manejarse. Surge de manera natural. Simplemente, fluye. Sin embargo, hay algunos, quizás demasiados, que necesitan de varios bonos de diez clases para que, al final, sólo por pesado, acaben por darle el maldito carné para desgracia de todos aquellos que osen circular por las inmediaciones. Un horror. Que si frena en mitad de una recta, que si luego gira sin señalizar con el intermitente, que si de improviso acelera cuando había que tomar un desvío… Como poco, le vuelven a uno tarumba. Otro momento en el que se parecen mucho ambas acciones, amar y conducir, es en los tramos de curvas pronunciadas. Está comprobado que hay muchos conductores que en vez de frenar antes de entrar en la curva y luego acelerar agarrando con fuerza el volante cuando ya están en el interior, se introducen en la curva acelerados y después, en cuanto les entra el pánico, frenan sin cuidado y con el correspondiente patinazo. Se marcan un recto de aúpa yendo a parar a la cuneta y si te descuidas, para colmo, es tuya la culpa.

En lo bueno y en lo malo. El amor demuestra que lo es verdad precisamente cuando se ha llegado a las curvas. La película titulada “Amor” del director austriaco Michael Haneke, quien estos días se encuentra en Madrid ensayando la ópera de Mozart que se estrena dentro de poco en el Real, lo retrata en estado puro y sin condiciones, con todos sus oscuros y tortuosos recovecos, fijándose en las renuncias que no son tales cuando se ama de verdad, cuando el otro es más importante que uno mismo, cuando lo que temes no es perderte, sino perderlo a él. Porque en las rectas de alta visibilidad, todos podemos presumir de que amamos. Es en las rampas, en los cambios de rasante, en los asfaltos bacheados, cuando llueve, graniza o amenaza con atravesarte un rayo donde el movimiento se demuestra andando. Hasta que se termina la carretera. Feliz San Valentín.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios