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La renuncia del Papa a la cabeza del Estado (Vaticano)

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 15 de febrero de 2013, 20:01h
La renuncia de Benedicto XVI abre interrogantes sobre el futuro de la Iglesia Católica. Dentro de la esfera de los miembros de la jerarquía eclesiástica nos hemos encontrado con dos posturas. La de los que quieren dar la impresión de normalidad, de puesta al día de las costumbres políticas del alto clero, cuando vaticinan que la situación nueva, con un papa dimisionario y otro en activo, no será muy diferente a la de un presidente de los Estados Unidos con sus antecesores en el cargo, o la de la reina de Holanda con su hijo sucesor en la Corona y en la Jefatura del Estado.

La otra postura queda expresada en la frase del arzobispo de Cracovia y cardenal polaco, Stanislaw Dziwisz: “De la cruz no se baja”. Esa oración -con su sentido gramatical más amplio- ha de tenerse en cuenta. Por una parte, porque el cardenal Dziwisz es el más conocido de los seguidores del legado doctrinal del Papa Juan Pablo II; quizá fue la persona más próxima a Karol Wojtyla durante su papado, el que estuvo más cerca de él durante su enfermedad y muerte.

De otra, porque el Papa no es un Jefe de Estado comparable con esas repúblicas y monarquías democráticas. Su Estado, el Estado Vaticano, tampoco se homologa con los diversos modelos estatales. De hecho, el Estado Vaticano (reconocido por Mussolini en el Tratado de Letrán de 1929) no pertenece a la Organización de las Naciones Unidas. Esa particularidad procede de que ese Estado es una teocracia, y para lo que es de interés en la renuncia del Papa actual, su Jefe de Estado es también Vicario de Dios en la Tierra. Y esa segunda dignidad -o segunda obligación- está descrita por la frase del cardenal Dziwisz: “de la cruz no se baja”, porque es el mismo Dios quien le ha subido arriba, a lo más alto del Monte Vaticano (esa es la denominación de la colina romana que da nombre a ese minúsculo Estado). Esa complejidad se manifiesta en su correspondiente dualidad: el “Estado Vaticano” es el soporte físico de la “Santa Sede”, que significa todo lo que el Derecho Canónico y la Teología Católica atribuyen a la Iglesia de Roma, creada por los apóstoles de Jesucristo.

Esa dualidad entre su dimensión estrictamente espiritual y su dimensión política entrará, seguramente, en una fase de discusión, imprevista, al menos, mientras durase el papado de Benedicto XVI. Al renunciar, Joseph Ratzinger ha provocado unos cambios que estaban contenidos en su pontificado. Pero una vez que la majestad del Papa -que procede de la santidad del cargo- se rebaja al nivel de la de un Jefe de Estado mundanal, que dimite como cualquier otro (¡se le pone como ejemplo desconociendo que ese ejemplo puede acarrear grandes confusiones!), la discusión sobre esa doble dimensión de la Iglesia Católica se acelerará. La renuncia del Papa Benedicto XVI significa lo siguiente: o prolongar su tradicionalismo con un nuevo Papa identificado con su concepción eclesiástica, o abrir una nueva orientación con un Papa renovador, con lo cuál el conflicto estará servido dentro de la Iglesia (con Joseph Ratzinger viviendo dentro de los muros del Vaticano). ¿No es una decisión genial de quién ha sido un prominente funcionario de la Iglesia vaticana antes que Sumo Pontífice de la Iglesia Católica? ¿No es una astuta decisión de quién parecía un frágil derrotado por un mundo que avanzaba demasiado rápido, sin rumbo claro, según su opinión?
Esa doble dimensión de la Iglesia se concreta en la cada vez más difícil dualidad de soberanías: la Iglesia Católica posee, como cualquier otra Iglesia cristiana, una soberanía para ejercer sus misiones espirituales con sus creyentes; esa potestad está garantizada en los Derechos Humanos, reconocidos por la ONU y por las constituciones democráticas.

Sin embargo, la Iglesia Católica es la única Iglesia cristiana que sigue ostentando una soberanía estatal, herencia de un pasado político, en el que los papas defendían sus fronteras territoriales con las armas de sus ejércitos; y eso sucedió hace poco, hasta que Roma fue conquistada por los soldados del Reino de Italia en 1870.

¿Por qué opino que esa segunda y terrenal soberanía es la causa de la renuncia del Papa y de los desafíos que sufre la Iglesia Católica (aunque estén hoy latentes)? Porque la soberanía estatal de la Iglesia “católica, apostólica y romana” ha condicionado las más importantes crisis de la misma, las más profundas rupturas dentro del cristianismo, y en nuestros días, produce el alejamiento de los individuos de sus creencias y dogmas, de manera absoluta o relativa. Por una disputa sobre el poder territorial, se produjo el primer cisma entre las iglesias de Oriente con la de Occidente. También fue una controversia sobre la potestad eclesiástica de cobrar impuestos en Alemania -las indulgencias para construir templos en Roma- la que ocasionó la protesta de Martín Lutero en 1517; y el empecinamiento de las autoridades papales e imperiales no dio otra salida al conflicto que no fuese la reforma que necesitaba la Iglesia, reforma que se hizo “protestando” contra la Iglesia Católica.

Esa partición en dos -protestantes y católicos- de la entonces llamada “Cristiandad” alumbró un nuevo concepto: “Europa”. Y con él, apareció otro: “el Estado”, un ente soberano que se situó por encima del poder de las iglesias y del “Imperio Sacro Romano y Germánico”. Eso sucedió en 1648, en las Paces de Westfalia que pusieron fin a un siglo de guerras religiosas; al principio entre católicos y protestantes; finalmente, Francia aliada a los estados protestantes derrotando al Imperio aliado a los españoles. Lo más sorprendente de esas Paces de Westfalia fue que la Iglesia Católica, habiendo sido el principal actor de aquel drama histórico, ¡no contó para nada en aquellas paces que dieron origen a la modernidad estatal europea! De ahí en adelante, la Iglesia Católica quedó al margen de la Historia europea (que entonces era Historia Universal).

La Iglesia Católica quedó fuera de las paces de Westfalia porque no aceptó su derrota ideológica: el Estado era obra de los hombres (¡herejía de Maquiavelo!) y tenía legitimidad aunque estuviese en contra del Dios verdadero. Después de Westfalia, la Iglesia quedó fuera de los grandes tratados y acuerdos internacionales que configuraron el mundo hasta hoy. Seguía siendo un Estado, pero adoptó una extraña neutralidad, como si la política y los Estados laicos le pareciesen aberraciones antinaturales. Casi al final de la I Guerra Mundial, el Papa Benedicto XV (¿el modelo del actual?), desde su neutralidad inveterada, propuso una negociación. Nadie aceptó tal mediación, por insensata. Hasta hoy.

La Iglesia Católica se resiste a ser solo una potencia espiritual. Eso lleva a revisar el status de su clero. El celibato surgió cuando la Iglesia se convirtió en una potencia política universal. El clero no debía tener descendencia (legal) para así conservar y aumentar los “bienes de la Iglesia”. La oposición de la Iglesia al mundo moderno se explica porque en esta época perdió sus propiedades en los países católicos (en los protestantes fue mucho antes), y su territorio en Italia como Estado. El futuro de la Iglesia Católica dependerá de lo que se haga con su clero. El próximo Papa será decisivo. El actual, con su renuncia, ¿quiere hacerse presente en la Iglesia, más allá de su propia existencia temporal?

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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