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Hable como lo que es, no según lo que piense

martes 05 de marzo de 2013, 20:29h
Ben Carson es un eminente neurocirujano de la muy eminente facultad de Medicina de John Hopkins. Además de publicaciones clínicas y científicas, es autor de varios libros que podrían llamarse de ensayo, el último de cuales, “La bella América. Reencontrar qué hizo grande esta nación”, fue muy vendido y comentado cuando se publicó hace un par de años. Por su impecable historial profesional, una dedicación vocacional de la que sus colegas se hacen lenguas y por su discreta presencia pública el Dr. Carson ha alcanzado el estatus de notabilidad ilustre, lo suficiente como para que Bush le impusiera la más importante condecoración americana, la medalla presidencial de la Libertad, y haya sido este año el orador principal del Desayuno Nacional de Oración. Se trata de un acto con difícil parangón en cualquier otro país, una multitudinaria reunión encabezada por el Presidente y organizada por una asociación de origen metodista y miembros del Congreso para oír oraciones y exhortaciones a la observancia de principios religiosos. De su originario sentido cristiano y protestante pasó a un tono más ecuménico y hoy casi a una invocación a la fraternidad universal. Pero es de los actos político-sociales más importantes de Washington, y asistir a él, y no se diga hablar en él, otorga una relevancia que los lobbys que gestionan esas cosas saben vender por lo que vale. Hace unos años Rodríguez Zapatero tuvo unos minutos para leer un pasaje bíblico que no sólo por su poca familiaridad con el mensaje de ese libro, sino más que nada por haberlo hecho en español a pocos interesó.

No ha sido el caso del Dr. Carson con su discurso de este año. Para él, muy devoto y consecuente adventista del Séptimo Día y hombre con ideas propias bien meditadas, el asunto no era dejarse ver, sino hacerse oír; y vaya sí lo ha hecho. Entre otros varios asuntos Carson, políticamente independiente, se refirió a algunas de las cuestiones más candentes de la actualidad norteamericana: la deuda pública elefantiásica, la política fiscal desaforada y el Omabacare o sistema público de salud con cuya implantación el presidente quiere pasar a la historia. Lo que al respecto dijo no hizo ninguna gracia ni al mandatario ni a la nutrida guardia pretoriana de turíferos que desde los medios aclaman sus políticas, y aunque a él no parezca afectarle mucho ya van dos semanas en las que se le quiere enseñar lo que puede suponer salirse del guión. Para empezar se le reprocha haber hablado de política en una reunión organizada por políticos y repleta de políticos. Se le pone a escurrir por hacer lo que en mayor o menor medida se ha hecho siempre en ese acto aduciendo que lo ha desvirtuado y se ha servido de él para proclamar sus opiniones. Vamos, lo que diría cualquier izquierdista coherente si, por ejemplo, alguien hiciera algo similar en algún festejo hortera de bombos mutuos para “las gentes del cine”. Pero lo más grueso, y lo que da categoría a lo que no pasaría de anécdota, son las acusaciones que se le han hecho de traidor y Tío Sam, que es como el radicalismo afro-americano y sus hijuelas progresistas vejan a las personas de color que se niegan a vivir en guerra ideológica y a exigir reparaciones eternas al conjunto de la sociedad americana.

Porque, aquí el asunto sí viene a cuento, el Dr Carson es negro y la de su vida, contada en uno de sus libros, es la historia de cómo esa circunstancia no supone necesaria e inapelablemente el confinamiento en la exclusión y la desventaja. Miembro de una generación en la que la igualdad de derechos era sólo una novedad vacilante, Carson creció en un hogar, como tantos de su etnia, sin padre y sostenido por una madre trabajadora que inculcó a sus hijos sentido de la disciplina y de la superación por el estudio. En su caso hasta el punto de poder ingresar en Yale y alcanzar los más altos logros académicos. Y aunque el suyo pueda no servir de patrón universal porque el talento y la suerte se reparten en dosis desiguales en este mundo, sí le da mucha autoridad moral para sostener, con otros intelectuales de color como Thomas Sowell, que las medidas de corrección política y sistemática discriminación positiva no sólo tienen efectos indeseados sino que son irrazonables. Para Carson, esas políticas inculcan en quienes aspiran a favorecerse con ellas un sentido victimista de sí mismos y la persuasión de que la reparación que se les debe les exime del esfuerzo personal y la superación propia, relegándoles a la dependencia.

Lo que no debiera pasar inadvertido es que en quienes desde la izquierda le reprochan pensar así y manifestarlo siendo lo que es y procediendo de donde procede, actúan como los peores racistas. Parecen inspirados a medias en el determinismo del marxismo vulgar que pretende que un proletario solo puede pensar y actuar como esa doctrina dice que debe hacerlo un proletario, y en obsesiones como las de los nazis convencidos de que un judío piensa y siente como cualquier otro judío. Es decir, que la identidad de grupo, en definitiva el estereotipo, determina al individuo y le impone un patrón de creencia y conducta. Y debe expresar lo que corresponda a su identidad, no lo que crea. Verdaderamente, qué instructivo ha sido este año el Desayuno Nacional de Oración.

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

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