Somos nuestra dieta cultural: hacia una teoría de la recepción
lunes 25 de marzo de 2013, 19:09h
Uno no es igual a sí mismo antes que después de enfrentarse a un texto: nuestro pensamiento está hecho más de influencias y de aprendizajes fruto del “consumo” que de la formación académica, de recuerdos múltiples que siempre son cifra de algo, de cómo somos en realidad. A veces incluso somos enemigos de los que éramos antes del fértil encuentro. Dime qué música escuchas, qué artistas plásticos prefieres o qué libros lees… y te diré quién eres. Todo acto de recepción conlleva un laberinto de afinidades que debemos recorrer para conocernos un poco mejor: el momento en que los maestros remotos se convierten en los amigos inmediatos. Visitar las obras mentalmente una y otra vez, volver a ellas… es entenderlas.
C. S. Lewis estudia en La experiencia de leer, La imagen descartada y Crítica literaria: un experimento, tres ensayos absolutamente deliciosos, la importancia de la influencia –como ética y, a la vez, método dialéctico de conocimiento– partiendo de Platón y Aristóteles y construyendo un modelo basado en su incidencia real o potencial de cualesquiera autores, clásicos y actuales, buenos o malos, filósofos o poetas, que por alguna razón resultaron estar lo suficientemente cerca de nosotros como para convertirse en ese tornado luminoso que es la influencia. Así, Lewis contesta al canon sellado, al canon de autoridad que contrapone Iser al canon abierto. El mundo de la recepción en el Medievo, por ejemplo, construye el escenario cognitivo en torno a un canon de autoridad que apenas varía un ápice. Lo que se comparte y no se comunica no existe. Para C. S. Lewis en la Edad Media cada hombre tenía su lugar en el mundo y sabía cuál era. El receptor se regía por un principio: un lugar para cada cosa y cada cosa en su sitio.
Era un mundo ordenado, no caótico, donde el libro era el formato a través del cual se accedía a conocimientos sólidos y el sistema de transmisión de estos conocimientos en la sociedad, dentro de un marco narrativo, era la digresión: un fragmento que el autor desliza en la narración para que el lector aprenda lo que él quiere que aprenda. Las digresiones más comunes, que formaban el pequeño mundo del hombre eran acerca de la fortuna, del libre albedrío, de la autenticidad de la nobleza, la función de la naturaleza, las limitaciones del hombre, la inmortalidad del dios, etc. Y en cada propuesta narrativa, este canon ideológico se mantenía y estaba compuesto por los locus comunnis. La forma de conservación de estos saberes era la del catálogo. Los catálogos que se manejaban tenían un punto en común: se basaban en la jerarquía. En este mundo descrito, la novedad era sinónimo de desestabilización, de incertidumbre y el receptor busca verse reconocido en el texto, sentirse parte de él porque el hombre del Medievo deseaba que el texto le confirmase su sistema ético y de valores. Quisiéramos a veces para nuestra vida esa continuidad armoniosa de las obras logradas, totales. El hombre era un reflejo de lo que ocurría en la esfera celeste, hasta que, después de la Revolución francesa, fue él quien influyó en la naturaleza.
Entre medias, merece especial atención el arranque del Barroco. En La ansiedad de la influencia, Harold Bloom convierte prácticamente la obra de William Shakespeare en el origen de la creación occidental de la ultramodernidad: el drama Romeo y Julieta nunca se caerá del canon, ya que, cargada como una prodigiosa barcaza, reparte la mercadería de sus imágenes siempre actualísimas. Los textos de Shakespeare son básicos para comprender el mundo, el cuerpo a cuerpo del receptor con su tiempo. En Los trabajos de Persiles y Segismunda, la obra póstuma de de Miguel de Cervantes, el alcalaíno se despide del lector-receptor: “Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós regocijados amigos; que yo me voy muriendo y deseando versos presto contentos en la otra vida”. Cervantes publica El Quijote en 1605, año bisagra entre el Manierismo y el Barroco, y 1615 una novela en dos partes sobre un hidalgo viejo, Alonso Quijano, que practica un canon particular del que termina retractándose porque en su lecho de muerte hace un testamento demoledor: el código el sistema platónico del conocimiento del mundo, todo lo que había leído. El mensaje que lanza a sus lectores el mejor autor de ficción que ha existido jamás dice que el idealismo utópico que se venía propugnando desde Platón y Aristóteles no tiene validez: Alonso Quijano termina muriendo porque era un idealista.
En El Quijote como juego Gonzalo Torrente Ballester va más allá y dice que don Quijote no estaba loco, sino que quiso poner en marcha el juego del canon que hasta entonces había sido valido, pero murió en el intento. El mensaje es bastante amargo: al tratar de integrar en sociedad el código caballeresco, don Quijote muere de melancolía, derrotado en la playa de Barcelona, humillado, tras descubrir demasiado tarde que todo aquello por lo que había luchado y había aprendido ya no vale. El otro titán de la creación, Shakespeare, por esos mismos años introduce en Hamlet –compuesta entre 1599 y 1601– dentro de la disímil estructura social del XVII el principio de incertidumbre: “Mi madre se casó con el asesino de mi padre”, nos dice Shakespeare. Si esa es la seguridad en el seno familiar… ¿qué se puede esperar del hombre? El príncipe Hamlet ya no tiene autoridad en este mundo: su padre y su madre son vencidos por el principio de la incertidumbre que Heisenberg formuló en 1930 en el marco de la teoría cuántica; Shakespeare se había anticipado al físico alemán trescientos años.
Decía Borges que todo un amanecer nos promete un principio: el texto es ese anticipo de plenitud en el que principia el mundo, la apertura de un nuevo sendero –opera aperta– por el que discurre la imaginación. Umberto Eco habla en el clásico Obra abierta (1962) de algunos temas de la recepción, como los fenómenos de cooperación textual –cómo un texto es transmitido con tanta rapidez en una comunidad, quiénes son los intérpretes de ese discurso, qué lugares comunes se discuten, qué valores se erigen y cuáles se derrocan y qué conceptos del enciclopedismo se vincularon al canon–, el lector modelo –cómo el texto también prevé a un determinado lector—, el debate entre los textos cerrados y textos abiertos, el diálogo entre autor y receptor, los niveles que ha de alcanzar la recepción para que un hecho cultural arraigue en un receptor y se apropie de él, las inferencias –qué inferencias se ponen en marcha en el receptor para que se cree una idea previa de lo que se va a consumir–, las estructuras de los mundos, etc. En Lector in fabula Eco afirma que la narración estructura nada menos que el mundo entero del receptor, le configura una determinada estructura cognitiva. El lector está dentro de la fábula, del texto, forma parte de él como dieta que transforma en su propio ser.
El relente del encuentro con un texto nuevo nos proporciona la plata matinal que nos sujeta a la vida y que nos da estructura y coherencia. La recepción es el cuerpo a cuerpo del hombre contra la noche del olvido, ese proceso que nos hace continuar caminando sin miedo al atentado de la Nada y la Muerte que acechan embozadas en cada esquina; es la feliz y creativa batalla del hombre siempre atormentado… contra el vil triunfo del tiempo. Ocurre como en el encuentro con un amor: que es siempre lo mejor.