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El escrache y la etimología

sábado 13 de abril de 2013, 18:22h
¿Y a mí que el “escrache” me lleva a “huevos escalfados”? Llevaba varios días oyendo la palabra “escrache”, cuando por fin me decidí a buscar su etimología. No fue nada fácil el paso. A pesar de que hoy mucha de la sabiduría del mundo está a la distancia que media entre la mano y un ratón de ordenador, la pereza me invade a menudo, y prefiero abandonarme a las fantasías del saber primitivo que, a pesar de mis esfuerzos, todavía viven en mí. Y gran parte de ese saber son las falsas etimologías.

San Isidoro de Sevilla fue maestro de etimólogos, veraz y fantasioso compilador de su época. Escribió su famoso libro, “Las etimologías”, por sugerencia del obispo de Zaragoza, Braulio, en una especie de trasvase de saberes de Norte a Sur y de Este a Oeste que corría más fluida y plácidamente entonces que el trasvase Tajo-Segura en época de ese otro neo-obispo manchego, José Bono. El caso es que las etimologías de San Isidoro están llenas de datos verdaderos y de datos falsos, de esas mixtificaciones que tanto gustaban a los Baroja, tío y sobrino, cuando ponían las manos en algún polvoriento libro que encontraban por los puestos madrileños.

El propósito, muy legítimo e interesante, del santo sevillano era alcanzar la sabiduría mediante la investigación del origen de las palabras. Y, en gran parte, lo consiguió, y su libro fue el depósito de la cultura clásica durante siglos. Pero también lo trufó con invenciones a veces algo disparatadas. El resultado fue un libro que, sospecho, a Borges le habría gustado escribir, sugerencia de obispo incluida. Es también paradójico que el mejor libro actual de etimologías del castellano esté escrito por un catalán, Joan Corominas, autor de un casi (o sin casi) monumental diccionario que, aunque corre por ahí en odiosa versión reducid,a hay que leer en la versión completa por dos razones: la primera, porque es todo un placer; la segunda, porque contiene gran parte de nuestra historia como pueblo y nación plural en el tiempo y en el espacio, mestiza, antigua, latina, ladina y llena de trasvases. Porque España es una gran red de trasvases que ha movido fluidos a Norte y Sur, de Este a Oeste, al menos cuando los políticos no han sido capaces de evitarlo.

De las etimologías de San Isidoro, me parece muy interesante la sección de las jerarquías del cielo y de la tierra, de santos y ángeles. De forma muy “memética”, el autor creó una jerarquía en la que luego le incluyeron. Porque hay que aclarar que San Isidoro no era santo cuando escribió las etimologías; le hicieron santo después, de la misma forma que a mí me podrían hacer santo tras escribir este artículo, aunque lo encuentro harto improbable. Borgiana es la sección de las bestias y los pájaros, y quizá también la de piedras y metales. Aunque cuando era niño, la que más me gustaba era la que trata de casas, buques y vestidos.

Las etimologías nos informan, pero también son placenteras, porque despiertan nuestra fantasía. A mí, “escrache” me levantó la fantasía de los huevos escalfados. “Yo estoy escrachado”, pensé, como el que se dice “Yo estoy escalfado”; o “vamos a escrachar a un político”, en vez de “vamos a escalfar a un político”. Luego, me sonó a inglés, a “scratch”, pero el “scracth” así es una técnica de DJ’s muy difícil, que consiste en rallar un disco y hacer que la gente se enfervorice, y no me pareció que ese fuera el camino etimológico adecuado. Así que decidí darle al ratón. Y lo que encontré fue interesante. Wikipedia es una fuente de sorpresas similar a las etimologías del sevillano.

Supe que “escrache” es un término acuñado en Argentina en la que activistas políticos se manifiestan delante del lugar de trabajo o en el domicilio del que se quiere denunciar. Entonces, lo primero que me vino a la mente es que yo había sufrido muchos escraches durante mi vida. No imaginan lo dados que son los estudiantes universitarios españoles al escrache. Les digo, por ejemplo, “para la semana que viene, tenéis que leer tres secciones de las etimologías”, y comienza el escrache. “¿Pero todo eso? ¿Tanto? ¡Es que tenemos mucho trabajo!” Si yo insisto, el tono del escrache sube. Y eso casi todas las semanas. Pero es que yo también he escrachado mucho, y a domicilio. Por ejemplo, cada vez que en casa de mis padres ocurría algo que no nos gustaba a los hermanos, buscábamos fundamentalmente a nuestra madre en su domicilio (su cuarto, el salón, la cocina, donde estuviera), y la escrachábamos hasta que lográbamos que cambiara su voluntad. Bastantes veces, cuando no podía más, nos mandaba a escrachar a nuestro padre, quien cedía enseguida. Mi padre aguantaba en silencio, ya que era en todo opuesto a ese comportamiento carpetovetónico del “Quién me escrache, se llevará una hostia”, del que hacen gala algunos políticos ibero-tectónicos.

Mi padre era fácil de escrachar. Un verano, en una playa del norte, cuando llegó la hora de la comida, mi madre sacó unos “schnitzel”, unos filetes empanados, para todos. En mala hora. Enseguida, los hermanos comenzamos a hacer un escrache a mi madre, a domicilio. No recuerdo quién empezó, pero pronto fuimos un coro: “¿Por qué los has empanado? ¡No nos gustan así!” Mi madre, ante la protesta grupal y en vista de que no había ninguna ley en aquel entonces que nos obligara a retirarnos a 300 metros de distancia, optó por las palabras mágicas: “Los he empanado porque vuestro padre me lo ha dicho. Así que decídselo a él.” Y a él fuimos. Mi padre aguantó el chubasco en silencio, sin amenazas de hostias ni nada, hasta que de repente se levantó y proclamó: “¡Vale! Está bien. Mirad lo que voy a hacer. Cojo este filete y ahora”, y cogió uno de la cesta, lo blandió y lo arrojó a la arena con fuerza, “¡Lo empano! ¡Por un lado y por otro! Y ahora”, siguió, “¡me lo como!”. Antes nuestros atónitos ojos, engulló el filete empanado ahora con fina arena de playa. “Y después”, y cogió un vaso de plástico, “voy a beberme este vaso de agua de mar.” Nos quedamos todos en silencio, atónitos, asombrados ante aquel espectáculo simplemente sobrenatural.

Creo que nos comimos los filetes empanados en silencio. El resto del día, jugamos y nos bañamos en el agua helada del agosto galaico. Nos enterramos en la arena y nos convertimos en doradas croquetas de arena para que nos comiera el asombro de la madurez que trae lo incomprensible. Llenos de arena y sal, volvimos a casa. Escalfados. Nunca más volvimos a hacer un escrache.
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