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Egipto: El Gobierno contra las cuerdas

Víctor Morales Lezcano
lunes 15 de abril de 2013, 21:12h
La dinámica social que se ha puesto en funcionamiento en Egipto a partir de la caída de Mubarak, no solo se explica por el triunfo electoral de los Hermanos Musulmanes y sus correligionarios más extremistas, agrupados estos últimos como una piña en torno al partido Al-Nur, La Luz. Posee también -y por encima de la rebelión social permanente en El Cairo- otra causa muy determinante de sus manifestaciones tumultuosas.

Recordemos para empezar algo tan elemental como la pasión viajera que Egipto desató entre algunos románticos europeos hacia la mitad del siglo XIX. Entre los destinos más cotizados por aquellos pioneros ( continental de los británicos aparte), hubo desde entonces un país rodeado de una aureola mágica: el Egipto dotado de un pasado faraónico y poseedor de un magno legado arqueológico; de un símbolo fluvial evocador de su historia milenaria y sede de un escenario donde se ha desplegado la estrategia codiciosa que sus diferentes invasores llevaron a cabo en un territorio axial en el marco del Oriente musulmán.

Cuando un statu quo -de cualquier tipo que se trate- se rompe, la crisis que genera, tanto su desaparición como el advenimiento de otra fórmula de sustitución, hace que muchos pilares de la sociedad afectada por el cambio se vengan abajo. Así, en el Egipto de los años 50 del siglo pasado, la revolución de los coroneles imbuidos de panarabismo militante puso en peligro las fuentes de supervivencia vitales, los ingresos procedentes de la navegación por las aguas del canal de Suez y la renta de situación turística. Algo parecido ocurrió cuando reverdeció el recurrente conflicto armado entre Israel y sus vecinos territoriales del mundo árabe entre 1967-1973. De nuevo, la hacienda y el tesoro de la nación egipcia sufrieron el deterioro de sus recursos como pocas veces antes. Finalmente, luego de la rebelión social que defenestró el régimen de Mubarak en febrero de 2011, el transcurso de otra revolución ¿fallida? que hace dos años ha emprendido Egipto, lo ha abocado a una abultada dependencia financiera de Estados Unidos y del FMI. Sin ir más lejos, el Fondo Monetario Internacional tiene ahora preparada una “bolsa” de 4.8 billones de dólares para evitar la ruina del Estado, con sus consecuentes riesgos de caos social generalizado en el sector agrícola del país del Nilo y en los cinturones proletarios de, por lo pronto, El Cairo, Alejandría e Ismailía.

La cuestión reside en el hecho de que El Cairo, metrópoli por excelencia del país, lleva dos años ininterrumpidos de forcejeos sociales, políticos y de opinión. Y como ha comentado recientemente Hisham Zazou desde el ministerio de Turismo, “si hay algo que va mal en El Cairo (¡Y cuándo hay algo que vaya bien en esta metrópoli!), los turistas cancelan su viaje a Egipto”. Sin más preámbulo. Planea, en Egipto, una mentalidad que no es ajena a ciertas naciones del sur de Europa, y que consiste en presuponer que los altos organismos internacionales no permitirán el hundimiento económico y financiero de Egipto, cuenta tenida de las dimensiones, número de habitantes y valor estratégico y cultural del país. O sea, prevale la creencia de que “Egipto no es Libia”, o algo equivalente a eso de que “España no es Grecia”, frase consoladora que circuló en los medios de comunicación cuando la crisis alcanzó en Grecia cotas que parecían imposibles de rozar según determinados círculos de opinión autorizados, como el de La Moncloa. Es decir, nos enfrentamos a la instalación mental en una creencia (gratuita, claro está), a pesar de que las cifras hablan otro lenguaje distinto al wishful thinking de los políticos, e invitan, naturalmente, a establecer otra conclusión. Véase, si no, de buena fuente (Financial Times), cómo en Egipto las reservas de recursos monetarios sólidos han descendido de 36 billones de dólares (a mediados de 2012) a 13 billones en este primer cuatrimestre de 2013. Una partida considerable de los pagos a los que hace frente la administración del Estado egipcio en la actualidad se destina al aprovisionamiento de recursos energéticos, de los que carece, sin embargo, el país del Nilo. Aquí sí que son elocuentes los términos deficitarios en que se encuentra empantanado Egipto entero, con su gobierno a la cabeza.

No falta quien opina que, si no se desata el nudo gordiano que atenaza el país real, algún cataclismo social puede dar al traste con la “edición” egipcia de la primavera árabe en cualquier momento. Por lo pronto, el presidente Morsi ha decidido posponer las elecciones generales previstas para esta primavera y priorizar, por el contrario, el naufragio del país.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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