¿Existen nuevas formas de esclavitud?
Simon Royo Hernandez
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siroyorocketmailcom/6/6/17
lunes 22 de abril de 2013, 20:20h
Un minero asturiano se volvió loco, creía vivir en tiempo de los viejos faraones y se lamentaba diariamente de las duras faenas que tenía que ejecutar como cavador de oro en las minas de Etiopía, emparedado en aquella cárcel subterránea, con una lámpara de luz mortecina sujeta en la cabeza, detrás, el guardián de los esclavos, con su largo látigo y en las salidas una turbamulta de mercenarios bárbaros, incapaces de comprender a los forzados ni de entenderse entre sí, porque no hablaban el mismo idioma.
Sustituyamos a "los viejos faraones" por las alrededor de 400 personas que hay en el mundo actual con más de 1.000 millones de euros, por quienes, según la última encuesta de la ONU, poseen la misma riqueza con la que viven 2.400 millones de pobres del planeta.
Sustituyamos "guardián de esclavos" por empresarios, regidos bajo la lógica de la competitividad: trabajar más y cobrar menos, receta de la empresa competitiva, luego la esclavitud, trabajar todo y no cobrar nada, como ideal del capitalismo.
Sustituyamos "mercenarios bárbaros" por policías y ejércitos. Realizadores de lo que les mandan sin derecho a entenderlo. ¿Y entonces? Quizá nos daríamos cuenta de que el minero asturiano no estaba loco, sino despierto, no alucinaba, sino que sufría un arrebato de lucidez. Se había dado cuenta de la simple ecuación: capitalismo = esclavismo.
En la socialdemocracia capitalista contemporánea, que enseña sobre el papel unos Derechos Humanos como coartada a incumplir, lejos de ser la Sociedad (conjunto de los ciudadanos) la que se supera a sí misma, emancipándose de la esclavitud, parece como si simplemente, el Estado (resultante política de los grupos de presión con mayor renta) volviese a su forma más primitiva, a la dominación desvergonzadamente simple de unos poquísimos que lo poseen todo, sobre unos muchísimos, que no poseen nada, en la que colaboran los pocos que poseen poco y que han sido educados en la avaricia.
El minero despertó de lo que parecía una pesadilla y tuvo que prepararse para ir a trabajar. Mientras caminaba se decía: -¿Realmente tuve una pesadilla o poco ha cambiado la explotación del hombre por el hombre desde los egipcios hasta nuestros días? Bueno -continuó diciéndose- ahora trabajo a 600 metros bajo tierra con una maquinaria en la cual ni pudieron soñar los egipcios.
El mal sueño insistía incluso en la vigilia en parecerse a la realidad: -pero ahora los hombres eran libres de trabajar en una mina y ya no eran esclavos. Al fin y al cabo no tenían más dueño que el banco al que debían la casa, la televisión de plasma y el coche. Además, hoy en día podía elegir entre dos faraones en lugar de tener uno impuesto ya desde el nacimiento. ¿Verdad? -Claro, había habido muchísimo progreso desde la época de los faraones. ¿No? Pero en la pesadilla parecía todo igual.
El sueño o la pesadilla se fue difuminando y nuestro hombre se lavo la cara, se despidió de su mujer e hijos, cogió su pan con queso en una tartera y se marchó ufano al trabajo. Una vez allí le dijo a un compañero: -He tenido un sueño rarísimo. Y el compañero inquirió: -¿De qué iba? Pero ya contestó nuestro hombre: -No me acuerdo.
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Profesor en la UNED y Doctor en Filosofía
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