Cervantes y los cómicos de la legua
lunes 22 de abril de 2013, 21:04h
En 1614, un año después de publicar las Novelas ejemplares, Cervantes dio a luz un libro titulado Viaje del Parnaso, sátira contra los poetas de su tiempo en tercetos, escrita a imitación del de César Caporal Pelusino. Mercurio le dice al “yo” del poeta al comienzo del viaje:
“Ármate de sus versos luego y ponte
a punto de seguir este viaje
conmigo y a la gran obra disponte.
Conmigo segurísimo pasaje
tendrás sin que te empaches, ni procures
lo que suelen llamar matalotaje”.
Hay ya en estos versos mucho del espíritu volátil del comediante, libre y a la vez sujeto a la erosión que sufren los versos, en este terceto del Viaje del Parnaso:
“Y en dulces varias rimas se llevaron
mis esperanzas los ligeros vientos,
que en ellos y en la arena se sembraron”.
Esta devaluación de la poesía, inclusive del arte no utilitario –el que no proporcionaba ganancias al poeta– no es algo nuevo, pues ya era criticada en la época por los intelectuales, como el padre Juan de Mariana, que en la dedicatoria a Felipe III de la Historia de las cosas de España se queja amargamente de que la poesía no merezca la estima de la sociedad: “Ningún premio hay en el reino para estas letras. Ninguna honra, que es la madre de las artes”. Cervantes escribe bajo la especie del poema de viajes un formidable alegato a favor del reconocimiento que siempre le fue negado. Llama poderosamente la atención el hecho de que el autor de El Quijote recurra a la sátira menipea del viaje imaginario, el mítico periplo en la nave caballeresca y la visita a los lugares amenos.
Y, como en todo viaje menipeo que se precie, el protagonista –que aquí se identifica con el “yo” poético y el narrador real– acude a un guía, Mercurio. Hay precedentes de este viaje satírico en las letras españolas: el “Discurso en loor de la poesía”, de la peruana Clarinda en el Parnaso antártico (1608), de Diego Mejía de Fernangil; el Viaje de Sannio (1585) y el Coro febeo de romances historiales (1587), de Juan de la Cueva, presentan un repaso cargado de ironía y de burla a la corte de los poetas que pretenden llegar hasta el Parnaso. Sin embargo, la fuente más importante para esta obrita es la que el propio Cervantes señala como inspiradora: el Viaggio di Parnaso, escrito antes de 1578 por el citado César Caporal.
Era lugar común el de la peregrinatio de una nómina más o menos extensa de poetas al monte Parnaso, donde los ingenios, hoy como ayer, anhelaban conocer eterno nombre y fama, manifestada en estos poemas heroico-cómicos. A esto hay que añadir la nostalgia que Cervantes sentía por Nápoles, donde estuvo entre 1574 y 1575, y el golpe que sufrió su orgullo cuando, en 1610, no fue invitado por el conde de Lemos a viajar hasta el virreinato junto a su corte literaria. Si en el Viaggio de Caporali el poeta, harto de la vida cortesana en Italia, decide viajar a Grecia para servir a Apolo, en el viaje cervantino nos encontramos con un poeta que sale de Madrid a lomos del Destino y embarca en Cartagena en una galera construida con estrofas poéticas que envía Mercurio con el fin de reclutar a los buenos poetas para la guerra en defensa del asedio al que han sometido los malos versificadores al Parnaso. La nave recogerá vates en Valencia, Génova y Nápoles hasta llegar a Grecia, donde Apolo los conduce al locus amoenus donde libran la batalla, consistente en arrojarse muchos libros, novelas y versos. Tras despertar por arte de magia en Nápoles, donde “no sé cómo, fui traído”, regresa a Madrid, peregrinaje fantástico que remite a otro periplo más real… y menos glorioso: el del reconocimiento literario. Recordemos, sin movernos de entre los más grandes, a Molière y los doce años que pasó recorriendo las provincias con su compañía teatral, antes de establecerse en París.
Tampoco la actitud de la sociedad ante el concepto de autor dramático difería demasiado del que se tenía de los poetas. El gracioso diálogo que en la Adjunta al Parnaso mantiene Cervantes con Pancracio de Roncesvalles –a buen seguro álter ego de Quevedo– es clarificador al respecto: “Y v.m., señor Cervantes –dijo él–, ¿ha sido aficionado a la carátula?, ¿ha compuesto alguna comedia? Sí –dije yo–. Muchas. Y, a no ser más, me parecieran dignas de alabanza, como lo fueron Los tratos de Argel, La Numancia, La gran turquesa, La batalla naval, La Jerusalén, La Amaranta o la del mayo, El bosque amoroso, La única y La bizarra Arsinda, y otras muchas de que no me acuerdo. Mas la que yo más estimo y de las que más me precio fue y es de una llamada La confusa, la cual, con paz sea dicho de cuantas comedias de capa y espada hasta hoy se han representado, bien puede tener lugar señalado por buena entre las mejores”. Miguel de Cervantes ha de trazar su propia estrategia de marca bajo la especie de lo cómico, pues nadie le reconoció jamás un lugar literario en el monte de la gloria poética. Y, de paso, nos lega una nómina de sus dramas… casi todos perdidos.
Los farsantes y su contribución a la filosofía de la vida nómada fue decisiva; la invención del texto corre pareja con la interpretación de los llamados cómicos de las legua, más que intérpretes, co-creadores de la obra representada en las tablas. Los comediantes de las compañías en España y en el resto de Europa daban libre curso a su fantasía verbal… con la capacidad de convicción de los vendedores ambulantes. Como cuenta Agustín de Rojas Villandrando en El viaje entretenido (1603), “Iban andando de mesón en mesón, donde pedían cama, donde a veces no había porque ‘había feria’. Aguzan el ingenio y a la posadera se hacen pasar por ricos mercaderes y al alcalde le piden licencia para hacer una obra. El alcalde le pregunta si es ‘a lo divino’, el autor dice que sí y repasan el auto de Caín y Abel y se van a cobrar a la ermita tres reales y medio. Uno de ellos se va por todo el pueblo pregonando la comedia. Cuando le pide la llave a la huéspeda, le pregunta que qué mercancía va a meter y le contesta que especería. Sube al aposento, hace un fardo con las sábanas, un guadamecí y tres arambeles y lo echa por la ventana”.
Poetas y comediantes, los príncipes de la vida buscona, dieron las páginas de Oro de nuestra literatura. Que los mejores versos naciesen de la apicarada cotidianidad dice muchas cosas de la forja de nuestras letras, cuando los literatos se recorrían España palmo a palmo, “entremesando” los infortunios de la vida. Ahora… es otra cosa, un asunto más de marketing editorial que de literatura, viaje y teatro, mundos en los que lo cómico exigía mucho oficio. Como el que tenía Cervantes: así se lo exigía aquel theatrum mundi poblado de figurones, alguaciles, graciosos y corchetes.