Adicciones presidenciales
sábado 27 de abril de 2013, 15:53h
El otro día estaba con Matías, un joven lingüista chileno con quien me reúno de vez en cuando para hablar sobre palabras. Los lingüistas tenemos estas cosas, de repente una conversación se vuelve sobre sí misma, como un perro enroscado al sol de la tarde, o una pescadilla en el plato de un niño, y empezamos a dar vueltas sobre nuestro eje. El otro día, empezamos a hablar de expresiones de la vida pública, expresiones que los políticos repiten y nosotros escuchamos con mayor o menor escepticismo. Hay toda una tradición entre lingüistas sobre el análisis político. Chomsky es quizá el más conocido. Quizá la tendencia de nuestras conversaciones sea algo connatural al ser lingüista; quizá sea un juego algo infantil en el que, a falta de otras dotes, buscamos sentirnos un poco Chomsky. Unos se meten en el cerebro de John Malkovitch; otros, en el de Chomsky, la diversión está en meterse en cerebro ajeno.
El caso es que el otro día Matías mencionó la generosidad de los políticos españoles a la hora de usar la expresión “hacer los deberes”. De repente, me di cuenta de que tanto Zapatero como Rajoy se han pasado sus legislaturas haciendo los deberes. Como ya es costumbre en mí, enseguida googleé. Y me salieron cosas muy curiosas. En efecto, tanto Zapatero como Rajoy se han pasado y se pasan los años haciendo deberes, mandando deberes, recibiendo deberes, cumpliendo deberes. Pero la cosa viene de lejos: ya Aznar exigía en el año 2001 al gobierno rumano que hiciera los deberes, o criticaba al gobierno de Zapatero en el 2010 porque había dejado de hacer los deberes, llevando el país al borde del desastre económico. Aznar se pasó también sus legislaturas haciendo deberes y mandándoselos a los demás. Pero es que hasta Felipe González consideró que el banco de España hacía los deberes. Según los políticos españoles, lo que tiene que hacer España –y por extensión los españoles—es los deberes. Más y más deberes, ingentes deberes.
La palabra “deberes” me trae recuerdos bastante infaustos, a pesar de mi leve y poco chomskiana condición de profesor bastante anónimo de universidad. Toda palabra tiene un significado social, convenido, una denotación común, pero también tiene matices personales, connotaciones más o menos felices. En mi caso, confieso que la palabra “deberes” me retrotrae a un momento de mi niñez en el que en mi cuarto apareció un elemento mobiliario amenazador: un pupitre. Lo había traído mi padre, por indicación clara y repetida de mi madre, que no hacía más que repetir que el niño tenía que hacer los deberes y que para ello tenía que tener su propio espacio. Creo que lo que menos quería yo en aquel momento era mi propio espacio, sobre todo si se trataba de hacer en él los deberes.
El pupitre era pequeño, de un estilo que hoy harías las delicias de los buscadores de la moda interiorista de los sesenta y setenta, algo nórdico, preIkea. Era de madera clara de haya con recubrimiento de algo parecido a la baquelita color crema en el tablero que hacía de tapa, y tubo moldeado de hierro verde claro. Y, además, con un toque clásico, un agujero para el tintero en el lado derecho, que entre otras cosas amenazaba mi zurdez coyuntural. En definitiva una cucada para cualquier hogar modernista de hoy. Pero yo lo vi como una amenaza para mi espacio y mi modo de vida. Aquel pupitre era como una extensión de la clase y los profesores metida directamente en mi cuarto, una jaula camuflada que contaba con el beneplácito de los mayores pero con la nula aprobación de mi voluntad.
Mi padre puso el pupitre en el centro de la habitación, y ante la atenta mirada de mi madre me hicieron sentarme en él. Yo me sentía como un acusado ante el inminente interrogatorio. “Bueno” dijo mi madre satisfecha, “ya tienes un sitio en el que hacer los deberes”. Un sitio en el que hacer los deberes… Si a mí lo que me gustaba era no hacerlos, bastante tenía ya con la clase. Lo que me gustaba, era coger un libro de Guillermo, llenarme la boca hasta explotar con un puñado de galletas y chocolate con almendras, y deshacer todo muy lentamente mientras leía las aventuras del antihéroe de Richmal Crompton. Los deberes. La sola idea de leer en aquel pupitre cualquiera de mis libros favoritos me llevaba a odiarlos. Si lo que a mí me gustaba –y me sigue gustando-- era inundar la mesa de la cocina o el suelo del salón con mis cuadernos. Tener tres libros abiertos a la vez, dos cuadernos, dejar rastros de papel y tinta. Relegué, con toda la intensidad posible, aquel pupitre a la senda del olvido. ¡Como si los deberes solo se pudieran hacer en un pupitre!
Los políticos se pasan ahora la vida haciendo deberes. La lectura de ese “hacer los deberes” en sus bocas revela perversidades. Con ello nos quieren decir que hacen cosas que “deben hacer”, no que quieren o deciden hacer, acciones que alguien les “manda”. Hacer los deberes puede parecer positivo, pero es una evasión con respecto a la libertad, la capacidad de decisión y, sobre todo, la responsabilidad sobre lo que uno hace, ya que los deberes no los decide uno mismo. Te los dan. Con mentalidad opositora (no del que se opone sino del que oposita), transportan la idea de que hay que meter en el cuarto de cada español un pupitre, y de que hay que asignarles deberes que allí deben hacer. Deberes que les vienen de una autoridad externa puesto que ellos son incapaces de ponérselos solos. Con nuestros presidentes, ayudados ahora por la super “nanny” de la película, la “schwester” Angela, la inefable Merkel, Europa se ha convertido en un espacio lleno de pupitres. Hasta los italianos dejan el estilo clown berlusconiano y se refugian en los pupitres del vaticano o de la gerontocracia más insulsa y sospechosamente representativa. ¿Y dónde quedan las galletas en la boca y lectura voluntaria, gozosa y peligrosamente individual? ¿Dónde quedan el azar y la creatividad del pensamiento? Porque cuantos más deberes tenemos, más corrupción hay y la economía va peor. España, Europa, el mundo, se está convirtiendo en un gran pupitre gracias a los políticos. Nuestros padres, bajo las atentas miradas de nuestras madres, nos están llenando las casas de mesas en las que hacer los deberes. Justo ahora que Ikea nos tienta con el espejismo de “la república de nuestra casa” y que wikipedia nos ha salvado de la memorización, justo ahora, nos sentamos en medio de la habitación a esperar a que nos den las cuartillas y hagamos, en silencio, los deberes.