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Querido, imprescindible, Cervantes

Juan José Solozábal
martes 30 de abril de 2013, 21:33h
Me ha conmovido el discurso de Caballero Bonald en la recepción del Premio Cervantes. Caballero subraya el momento tardío en que Cervantes compone el Quijote y propone un entendimiento de la difícil vida del autor hasta entonces como el aprendizaje requerido para llegar a escribir su gran novela. Son muchos los episodios de la vida de Cervantes reflejados en el máximo protagonista del libro, pero también en personajes secundarios de los diversos trances del relato. Aunque no me interesa registrar el paralelo de la vida de Cervantes con el libro, sino referirme a un episodio en el que el reflejo cervantino se produce invertidamente, de modo que viéramos en dicho pasaje no lo que Cervantes fue sino precisamente lo que no fue, o mejor, lo que no pudo ser. Apunto al episodio del Caballero del Verde Gabán protagonizado por un hidalgo que convive en su casa con holgura envidiable con su mujer e hijo.

La casa del acomodado labrador don Diego Miranda, que debió parecerse a la que hoy un letrero de una fachada en un sólido edificio señala como inspiración de Cervantes en Villanueva de los Infantes en la provincia de Ciudad Real, en plena Mancha, y que le servía de confortable morada debió contrastar con las apreturas de Miguel de Cervantes, forzado a practicar diversos oficios con no siempre buena fortuna, pues daría con los huesos en la cárcel y estaría en cautiverio en África. Don Diego se lleva perfectamente bien con su mujer, al revés de Cervantes que conoció una vida familiar llena de sinsabores, y aun comprende a su hijo estudiante aunque preferiría que no se dedicase a las letras sino a un oficio más provechoso, quizás el derecho que abre las puertas de la Administración o la Corte.

Cuando, aceptando la invitación que don Diego le hace a don Quijote tras la delirante aventura de los leones, en que el caballero andante se encierra con dos fieras en su jaula a donde las llevan camino de Orán, y que milagrosamente no lo devoran, este llega a la casa con sus trazas acostumbradas, la lanza , la adarga y el casco, la discreta mujer le pregunta a su marido, a través de su hijo, por el estado mental del huésped, “pues la figura y el decir que es caballero nos tiene suspensos” . Don Diego responde con una frase que todavía nos llena de asombro: “no se lo que te diga, que le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo y decir razones que borran y deshacen sus hechos”. Aparece así la dualidad consustancial de don Quijote, “loco entreverado de cordura”, cuyas contradicciones comprendemos bien pues pueden reflejar las nuestras. Una cosa es lo que hace, puro disparate; y otra cosa lo que dice, utilizando argumentos bien concordados, “de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras”.

Don Quijote, como lo prueba la secuencia entre el episodio de los leones y la invitación a la casa de Don Diego, es un libro de aventuras que se suceden con ritmo cinematográfico pero es también un libro de diálogos. No hay en estos diálogos artificio, como si se utilizase la conversación como una artimaña para enseñar lo que se quiere desde un principio, basándose en la superioridad de quien conduce el intercambio de ideas. En el Quijote el diálogo es un procedimiento de averiguación de la verdad, abierto en su desarrollo y en el que se participa con absoluta “igualdad de armas”. Sancho, como interlocutor más frecuente de don Quijote, no es un letrado ni un hombre de poder sino un sencillo campesino, y participa en la discusión ilustrando en numerosas ocasiones con sagacidad algún aspecto del problema que no se le había ocurrido a su maestro, hablando, con frecuencia mediante refranes, desde el sentido común popular, con discernimiento y juicio. El trato en igualdad hace a Sancho amigo para don Quijote al que, como viera Unamuno, se acaba asimilando. Cuando al final muere el caballero, verdaderamente Sancho queda huérfano y sólo, inconsolablemente triste.

El humanismo de Cervantes tiene que ver con ese reconocimiento de la razón en las personas humildes no encumbradas por su posición y poder, pero poseedoras de una dignidad igual, compartida, verdaderamente, con todos los hombres. Es cierto, como sugiere la reflexión de Caballero Bonald, que la destilación que mana del Quijote, su profunda sabiduría, solo se acepta por su autenticidad, en cuanto proviene de un autor que había viajado y sufrido mucho y que conocía el material del que él como los demás, sus contemporáneos y nosotros, estamos hechos.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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