El marasmo europeo
lunes 20 de mayo de 2013, 20:47h
Han quedado atrás aquellos tiempos en los que el canciller Kohl -conseguido el histórico hecho de la no tan sencilla reunificación alemana- propagó el lema que afirmaba su propósito de trabajar por una Alemania europea y no por una Europa alemana. Desde entonces, la crisis ha producido en todas partes un movimiento renacionalizador, sobre todo en las actitudes tanto de los líderes como de los pueblos, con el resultado de que el proceso hacia una unión más estrecha entre los miembros de la UE está sufriendo un prolongado parón, que nadie sabe cuánto va a durar. No hace tantos meses se aprobó en un Consejo Europeo el objetivo de avanzar hacia la unión bancaria, pero las discrepancias en cuanto al perfil del propuesto supervisor único, el contenido de sus atribuciones y las formalidades requeridas para incluirlo en las instituciones comunitarias están dando como resultado que esa idea –que puede ser esencial para salir de la crisis- está reposando en el congelador.
Aunque, seguramente, sería injusto afirmar que Merkel ha vuelto a la vieja idea, de raíces bismarckianas, de la Europa alemana, lo cierto es que una buena parte de la opinión pública europea piensa que a la canciller le preocupan en este momento los asuntos alemanes, y su propio futuro político, mucho más que la suerte de los europeos que gimen bajo las estrictas reglas de la austeridad. Los más optimistas piensan que todo se pondrá en marcha tras las elecciones generales alemanas del próximo mes de septiembre. Unas elecciones en las que todos dan como ganador a la CDU/CSU que lidera Merkel, pero seguramente sin una mayoría absoluta, lo que la obligará a formar una coalición y nada dice que su actual socio liberal logre superar el umbral del 5 %, indispensable para entrar en el Bundestag. Tampoco se puede rechazar la posibilidad de que los socialdemócratas formen coalición con los verdes, lo que cambiaría totalmente el panorama político alemán o que, de nuevo, haya que recurrir a la gran coalición cristiano demócratas-socialdemócratas, que no es, precisamente un ideal. En suma no hay ninguna garantía de que después de ese evento electoral, salgamos del actual marasmo europeo.
En todo caso, si los alemanes persisten en su idea de que la unión bancaria exige una reforma de los tratados, eso implicará un largo proceso que puede llevar años y que dificultará los esfuerzos de los países para salir de la crisis. Sin un Banco Central Europeo que, a diferencia del actual, desarrolle funciones similares a la Reserva Federal de los Estados Unidos, emitiendo eurobonos y dinamizando la economía, la crisis se prolongará y los ciudadanos europeos continuarán sufriendo. Una situación de este tipo puede ser muy perjudicial para el futuro del euro, que Merkel cree, acertadamente, que es el gran pilar en que se sustenta todo el edificio de la UE. Pero esto que era un dogma inatacable, hasta hace bien poco, con la conocida excepción británica, se está viniendo abajo, como muestra la aparición en Alemania de un partido anti-euro, Alternativa para Alemania, que puede quitarle a Merkel los votos que necesita para formar gobierno, aun cuando se quede por debajo del 5% y no logre escaños en el Bundestag.
Por toda Europa se difunde un preocupante euroescepticismo que protesta por la situación actual y que no parece darse cuenta de que sin una Europa cada vez más unida, las naciones europeas se condenan inevitablemente a la insignificancia y al descenso del nivel de vida. En este mundo globalizado los actores principales son los grandes países como Estados Unidos, China, Rusia, India o Brasil. Ni siquiera Alemania, el país europeo más grande, está en condiciones de competir con esos gigantes. Los ciudadanos europeos culpan a sus gobiernos de la situación pero también a la propia UE. Según una reciente encuesta del americano Pew Research Centre el desafecto europeo es especialmente notable en Francia, donde la actitud favorable a la UE ha bajado del 62% en 2007 al 41 %, mientras que en Alemania descendió sólo del 68% al 60%. Curiosamente, el porcentaje de franceses favorables a la UE es incluso menor que el del Reino Unido y se sitúa, a este respecto, en la cola de los países europeos, sólo por delante de Grecia y de la República Checa.
Ese dato no es baladí pues significa que ya no existe el famoso eje París-Berlín, que durante tantos años fue el elemento dinamizador del proceso europeo y tampoco ha sido sustituido por una dirección colegiada efectiva, porque la Comisión Europea tampoco está jugando ese papel. Si esta situación de parón se prolonga durante mucho tiempo las consecuencias negativas pueden ser irreversibles. En Maastricht se estimó, acertadamente, que la unión monetaria tenía que ir acompañada de una unión económica, pero se creó la moneda única sin avanzar en esa obligada unión económica. Y estamos pagando las consecuencias. Por otra parte, han entrado en el euro países que por el tamaño y características de su economía no podían compartir moneda con gigantes como Alemania. Grecia, por ejemplo, no estaba, evidentemente, en condiciones de entrar en la moneda única y todavía sufrimos las consecuencias de aquella inconveniente entrada. Los criterios de convergencia que se exigían para entrar en el euro, se relajaron inmediatamente y lo incumplieron grandes (la propia Alemania, acogotada por la reunificación) y pequeños sin que los órganos reguladores cumplieran con sus obligaciones. El desmadre bancario-crediticio alcanzó niveles de escándalo sin que nadie hiciera nada. En España lo sabemos muy bien.
Lugar aparte merece el caso británico. Cameron está perdiendo el control de su propio partido y está incurso en una huida hacia adelante que no le lleva a ninguna parte, ni a él, ni a su partido, ni al Reino Unido. Obsesionado por el UKIP, el partido que quiere sacar al país de la UE, promete un referéndum para la próxima legislatura. Pero ¿y si no gana esas elecciones, como parece probable? Mientras tanto los numerosos euroescépticos se le rebelan en sus filas, incluidos dos ministros, quienes desean que el referéndum se celebre inmediatamente. Promete, además, renegociar previamente las condiciones de la presencia británica en la UE, lo que implicaría la revisión de los tratados, algo de lo que los demás miembros de la Unión no quieren ni oír hablar. En suma, carece del control de los tiempos y comete el peor pecado en que puede incurrir un gobernante que es prometer lo que no puede cumplir.
Lo que no se puede permitir es que haya miembros de la UE que acepten exclusivamente la parte de las reglas comunes que les interesan. Buscan Cameron y los británicos euroescépticos que la UE sea una unión económica en la que puedan vender y comprar libremente sin comprometerse a nada más. Habrá que decirles que se han equivocado de club. Y ellos verán lo que hacen, porque después de su última entrevista con Obama ha quedado claro que los Estados Unidos prefieren que el Reino Unido siga dentro de la UE y se ha comprobado también que la famosa relación especial entre Londres y Washington ya es historia. Los británicos pertenecen a Europa y deben seguir en Europa y es obligación de sus dirigentes políticos explicarles que su destino está aquí. Que recuerden a Churchill cuando, decía que sabía muy bien que frente al gran oso soviético y al gran elefante americano, Inglaterra era el pequeño jumento que no estaba en condiciones de competir con aquellos gigantes. Y si los jumentos europeos no se unen frente a los gigantes, Europa perderá relevancia y, como tantas veces se ha dicho, se convertirá en un parque temático.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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