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¿Regeneración democrática o democracia regenerativa?

Lourdes García del Portillo
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lourdescaracasgmailcom/14/14/20
jueves 06 de junio de 2013, 20:47h
Comprender lo viejo es fácil; lo encontramos en los libros, en las instituciones, en las costumbres, en suma, en lo que es y lleva siendo un largo trecho. Lo difícil es intuir lo nuevo, lo que se está configurando ante nuestros ojos y no hemos apresado todavía con la garra del concepto. Pero ¿Cómo se puede descubrir lo que la vida nos deja en la resaca de su fluir constante? Esa pregunta me hice, una y otra vez, mientras asistía al XXIV Seminario Permanente de Administración y Economía Pública: Propuestas para la regeneración democrática: las reformas posibles. Organizado por el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset el congreso se celebró en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, ubicado en el famoso Palacio de Godoy. El entorno favorecía así mis meditaciones. Las balaustradas, los frescos de los altos techos y los tapices con motivos populares, parecían gritarnos que el tiempo es literal innovación y que es nuestra responsabilidad comprender lo que nos circunda para poder saber, a su vez, quiénes somos y podemos ser. Por eso, tras recibir durante dos días una sobredosis de información contrastada e interpretada por prestigiosos académicos de nuestro país, decidí escribir este artículo con el ánimo de crear, desde mi perspectiva, un relato de lo que está acaeciendo.

Pero es muy difícil hablar de democracia sin ponernos de acuerdo sobre lo que es. Parece una fórmula mágica que con sólo invocarla va a traernos la felicidad. Tal es así, que dicen los expertos que sigue siendo el régimen más valorado por los ciudadanos. Me pregunto qué es exactamente lo que valoran cuando no existe claridad ni acuerdo alguno sobre lo que significa. En este artículo yo voy a proponer una definición a partir de la razón histórica. La democracia liberal es el régimen que gestan aquellas sociedades en las que impera el espíritu de consenso, es decir, aquel en que se tienen en cuenta los distintos intereses y puntos de vista para crear una idea común de lo público. Todos los actores ceden en parte, para alcanzar un fin aún más preciado: la estabilidad necesaria para que puedan prosperar los proyectos personales. En ese sentido, las instituciones y fórmulas democráticas se han ido acomodando a los diferentes hombres históricos y aunque algunas pueden espolear ese espíritu que aúna la convivencia cordial con la libertad personal, nunca pueden generarlo por sí mismas, y de ahí que los sistemas democráticos puedan vaciarse de contenido y perder su vigor.

¿Es eso lo que está pasando en España? Los temas escogidos, así como las argumentaciones de los ponentes apuntaban, desde luego, a cierto grado de disgregación. Veamos algunos ejemplos. Según Francisco Llera, Catedrático de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco, tras una etapa de bipartidismo, los ciudadanos apuestan ahora por cuatro partidos; la situación se asemeja a la de la Transición pero es de orden inverso porque tiende a la fragmentación del poder, no a su concentración. Lo mismo sucede con las propuestas de reforma del sistema electoral. La fórmula creada durante nuestro despegue democrático se basaba en las experiencias de otros países de nuestro entorno y buscaba la estabilidad y la gobernabilidad. Hoy, sin embargo, se demanda más proporcionalidad en la cuota de poder del voto, lo cual fomenta una participación ciudadana más equilibrada, como apuntaba Pablo Oñate, catedrático de la Universidad Carlos III, pero a su vez, puede generar una mayor dificultad para alcanzar acuerdos. En el seminario se trató también una posible reforma constitucional y, pese a que todos los ponentes subrayaron que con la crispación social actual no es el momento, el sólo hecho de que sea un tema que se debate en la calle, denota por sí mismo el clima de disenso. Más aún, según Josep María Vallés, Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, existen dos tendencias que contradicen la organización territorial orquestada en nuestro texto constitucional. Por un lado, los nacionalismos ganan fuerza mientras, por otro, el resto de Comunidades Autónomas demandan una recentralización de competencias. Por último, y con el ánimo de evidenciar alguna más de estas tendencias disgregadoras, según Manuel Villoria, Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad Rey Juan Carlos, pese a que ahora hay menos corrupción porque ésta se daba principalmente en el ámbito local y en la construcción, los ciudadanos tienen la percepción de que ha aumentado y eso genera desconfianza institucional junto con un sentimiento de impunidad que supone, a su vez, que aumente el número de personas que creen que es lícito saltarse las leyes.

Y entonces, si esto es así, la pregunta crucial es ¿Cuál es la causa de que se esté rompiendo el clima de consenso? Esta es mi hipótesis: durante las últimas décadas, los ciudadanos, no sólo de nuestro país, sino de toda Europa, hemos vivido una etapa de gran esplendor, lo que ha traído consigo una enorme paradoja. Por un lado, han aumentado muchísimo nuestras posibilidades vitales –vivimos más, tenemos más actividades de ocio, viajamos por todo el planeta, tenemos herramientas de comunicación que nos permiten una mayor ubicuidad- pero, por otro, como todo funcionaba estupendamente dimos por sentado que las estructuras de convivencia, que con tanto esfuerzo crearon nuestros antepasados, son una especie de sobrenaturaleza. Y claro, a fuerza de no irlas modificando se nos han quedado pequeñas. En realidad sí se están configurando otras, pero sobre la marcha, sin mucha reflexión y con escaso conocimiento por parte de la opinión pública, y por eso, como señalaba Lourdes López Nieto, profesora titular de la UNED, los partidos tienen que compartir poder con otros grupos de interés o limitarse frente a los organismos internacionales que los controlan. Y esa es la razón también por la que, mientras esperamos desesperadamente a que vuelva a crearse un nuevo orden institucional, como dijo Francisco Rubio Llorente, ex Presidente del Consejo de Estado, la política se desprestigie frente a “la dorada camisa de fuerzas de la globalización.” Si repasamos la historia, en los años treinta Ortega ya hablaba en su famosa Rebelión de las masas de un fenómeno parecido a éste, solo que ahora hay una diferencia sustancial. En aquella época el hombre masa - aquel que se cree con derechos pero no con obligaciones; aquel que opina de todo aunque tenga sólo un conocimiento muy especializado en un ámbito- se dejó llevar o por el idealismo comunista o por el irracionalismo fascista. Hoy, puede que siga quedando mucho en nosotros de ese hombre masa, pero aún tenemos muy presentes las pesadillas del pasado siglo. Por eso, por mucho que el 15M demande utópicamente un “escracher al sistema” el resultado es el mismo que el de las huelgas sindicales: descontento patente, sí, pero inmovilismo; somos estatuas de sal.

¿Qué hacer? La solución se encontraría en gestar fórmulas e instituciones a la medida de los actuales ciudadanos europeos para que los intereses privados de unos cuantos no primen sobre el resto. Después, habría que irlas acomodando mientras cambiáramos con el fin de crear una democracia regenerativa capaz de adaptarse a la radical innovación que es la vida misma. Ahora bien, esta empresa es bien difícil, no sólo porque la complejidad va en aumento, sino porque la disgregación se ha colado también en la esfera del pensamiento. Como señalaba Fernando Vallespín, Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad Autónoma de Madrid, los medios de comunicación, que tienen la responsabilidad de narrarnos la realidad, se están polarizando; a su vez, la información se fragmenta en las redes sociales en donde grupos con ideas afines se unen y sin negociación alguna con el resto de la sociedad presentan sus ideas como realidades únicas. Además, la universidad, el otro gran núcleo de divulgación del saber, sigue privilegiando la especialización sin fomentar lecturas de la realidad en su totalidad. Tal es así, que el posmodernismo, el movimiento intelectual que buscaba comprender el mundo global predicaba el fin del metarrelato, es decir, claudicaba antes de emprender su penosa tarea. Pero ¿Cómo vamos a poder regenerar nuestra democracia si ni siquiera intentamos comprender nuestra situación? Es ciertamente la mía una pregunta desesperada. Y sin embargo, me queda una esperanza. Decía Ortega que es en las épocas de crisis radical de una cultura, cuando redescubrimos el caos primigenio de que está hecha la sustancia de nuestra vida. Al encontrarnos absolutamente náufragos tenemos la absoluta necesidad de salvarnos, de construir una nueva visión más firme de la realidad. Y es, entonces, cuando se vuelve a hacer auténtica filosofía.

Lourdes García del Portillo

Licenciada en Periodismo

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