La Hermandad de San Casiano
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 21 de junio de 2013, 00:21h
San Casiano fue obispo de Brujas y maestro de escuela en Imola. Tuvo la mala suerte de vivir la época turbulenta y caótica de los sucesores de la primera tetrarquía, tan bien historiada por Lactancio, y fue bárbaramente martirizado, con permiso del perseguidor oficial de los cristianos, por sus propios alumnos, que lo odiaban por su cultura y sus maneras civilizadas. Estos sádicos adolescentes no acabaron con él sino después de muchas horas de agonía inmerso en una cruda paliza que no le dejó ningún hueso sin romper y con miles de pinchazos de los estilos con que los dulces púberes escribían en la cera blanda para aprender el sistema taquigráfico que el gran maestro Casiano intentara enseñarles. Le sacaron los ojos con los estilos y otras cosas que determinada afición de espectadores de cine gusta, mientras devoran porcinamente palomitas. Una de sus reliquias es venerada en El Escorial, y su fiesta se celebra cada 13 de agosto.
Matar al maestro se enmarcaría quizás dentro del gran apartado freudiano de matar al padre, con claros vínculos con el complejo edípico. Existe una época en el hombre, sobre todo en los profesionales, médicos, abogados, escritores, científicos, filósofos, profesores, periodistas, actores, políticos, artistas de toda Musa, etc., en que para seguir la destinación vocacional propia parece necesario matar al maestro/padre, que se nos antoja en ese momento un tanto castrador en cuanto que nos supervisa con un cinturón demasiado estrecho. Se le mata intelectualmente, no como a San Casiano, pero indudablemente se le mata. Luego, con el paso de los años, pasa lo mismo que con la muerte del padre, y con mezcla de un doloroso arrepentimiento e imborrable sentido de culpa, empezamos a amar a aquella figura del maestro, casi siempre ya muerto o retirado socialmente, que fue fundamental en el desarrollo intelectual de nuestra vida profesional y nuestra ardiente vocación. Nos percatamos entonces que fuimos injustos con él, y que como lo mismo que al padre verdadero no llegamos a decirle lo mucho que le queríamos y hasta qué punto le debíamos tantas cosas maravillosas. Este reconocimiento llega tarde y para el maestro de carne y hueso es ya inútil, pero no lo es como honesta reflexión social.
El hipocondríaco Felipe V, nuestro primer Borbón, cuyo linaje se hundía en los abismos históricos de la época de Hugo Capeto y Adelaida de Aquitania, del siglo X, reunió a los veedores y visitadores educativos, especie de protoinspectores hispánicos de Educación de principios del siglo XVIII, en la Hermandad de San Casiano, en honor a aquel maestro cristiano martirizado por sus alumnos.
No se sabe si aquel augusto y melancólico descendiente de Robert II y Constanza de Provenza lo hizo como homenaje a los pobres maestros mal pagados, y tantas veces tratados con ingratitud bárbara por padres y alumnos, o si lo hizo como consejo indirecto, como exhortación parenética del epónimo santo ( significado reflejo de la onomástica ) a los protoinspectores de aquel siglo ilustrado, para que no asesinaran profesionalmente con sus plumas escribidoras de informes y actos administrativos a los casi siempre venerandos maestros, como así lo hicieron verdaderamente aquellos malos y desagradecidos niños romanos. Pero hablando en serio, quizás aquel Rey, verdadero creador de la unidad nacional con su Decreto de Nueva Planta, lo que realmente quería era que aquellos visitadores educativos protegiesen con su autoridad pública la autoridad moral, que no administrativa, del maestro frente a la turbamulta ignara y a veces armada.
San Casiano dio lo mejor de sí, su sabiduría y sus vastos conocimientos, a los alumnos. Está visto que no sólo sin recibir nada a cambio, sino que recibiendo encima el martirio como pago. Sócrates decía que las cosas más bellas, como la hermosura y la sabiduría, sólo se pueden dar de forma gratuita, pues que la soldada significaría la prostitución técnica de lo sublime. Pero una cosa es no esperar nada por transmitir los dones más excelsos, y otra cosa es recibir la muerte y el martirio como paga. No nos cabe duda de que hay algo de Cristo en San Casiano.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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