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En España algo huele a podrido

Antonio Domínguez Rey
viernes 21 de junio de 2013, 00:24h
La mayor virtud de los clásicos es haber acertado a pintar, describir, grabar con palabras sólidas la naturaleza del hombre. Su ingenio procura salvar del derrumbe la flor más esbelta que, un día, dé nuevo fruto. Sabe que atesora semilla y que el viento, o un insecto frágil, la sembrará allí donde la vida fermente. Cuando Hamlet pronuncia una de esas frases que revienen con el tiempo al repetirse las condiciones que la hicieron posible, Shakespeare, que se la dicta, es consciente de que otros ingenios anteriores hablan en el ritmo escueto de lo que escribe: “Something is rotten in the state of Denmark”. Algo está podrido en el Estado de Dinamarca.

La organización de los estados nunca se libró del estiércol. Nacieron en él, como las flores. Algunas veces brillan con resplandor semejante. El jerarca recurre a la corona florida. La esculpe en plata, oro. La engasta de materiales casi inaccesibles. No es su flujo, sin embargo, de igual índole, condición y naturaleza.

La podredumbre ya reconocida de muchas instancias oficiales del Estado español no es, siendo extrema, el peor detritus orgánico que pisamos y nos salpica el cuerpo. Más sucia huele la realidad del hábito adquirido. La costra reseca en el rostro del excremento humano. No nos deja ver, sentir el perjurio del tono en las palabras que se afectan con el brillo del poder al uncirlas, soberanas, al yugo del Estado. En nombre de la Justicia, del Derecho a que da lugar filtrada por la voz escrita del pueblo que vota. Los fundamentos que sostienen a estas palabras peligran. Son referencias nebulosas. Claustros de estancias vacías.

Hace tiempo que el pueblo español huye de una razón fundada de las leyes. Para ello se han sacrificado los pilares sólidos de una reflexión detenida, cribada por el ejercicio del pensamiento. Se han minando, poco a poco, las referencias éticas, filosóficas, el sentido fundacional de la Historia, la adhesión crítica a un sentido trascendente del conocimiento, de la vida, la esperanza que la funda. ¿Y en aras de qué? De lo que nos rodea hoy, preocupados, si no con el temor en el cuerpo de un revés imprevisto.

Asistimos al convencimiento crudo de que nos dominan instancias supremas de ingeniería económica y arquitectura política cuyos términos de oficio ya no son los citados y, de serlo, no otorgan sentido a la convivencia. Suenan falaces. Mentes cuyo ingenio se centra en cómo convertirnos, si aún no lo han logrado, en moneda y mercancía de cambio. Traman y traban ecuaciones tales que resulta imposible librarse de la fuerza igual que las sostiene. Da lo mismo que protestes o que calles. El resultado será el que yo, tramoyista de números, diga e imponga. ¿Imponer? Sí, porque el poder ejecutivo está también atrapado en el valor igual de partida. ¿Hay truque, pues? No necesariamente, aunque lo parezca. No es preciso trucar. Los términos admiten el contenido legal que les demos en cada legislatura.

Y de resonancia en resonancia vamos. Ayer, uno en el poder, y otro intentándolo. Hoy, lo mismo, pero al revés, como si las campanas doblaran rebobinadas. Un escenario de dobles, repiques, y el público - arriba, abajo, oblicuo, en platea, patio, balcón, paraíso-, asiste estabulado. Nunca como ahora tan res publica. Le han robado lo más íntimo, inalienable, personal, el sentido de la justicia, del reclamo, la nobleza. El alma.

Hay pronósticos de pobreza acelerada en tiempo no lejano para nuestro país. Y estrechez cada día más evidente para quienes cuenten aún con recursos medios. Los ingenieros y arquitectos de la estructura social económica idean nuevas formas de encuadre público. Allí donde haya un bien acumulado, o sostenido, como el ahorro, la vida, hacia allí apuntan con celo esmerado, seguros de que la enfermedad, la jubilación, el desarrollo de los hijos, los hará inevitables. Peligran la salud, la renta, el equilibrio social.

Francamente, nuestro país huele mucho a podrido.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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