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Cuota de pantalla

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 28 de junio de 2013, 19:50h

El genio del idioma hace que determinadas expresiones estén llamadas al éxito desde el instante mismo de nacer. Así ha ocurrido en nuestros días con la que da título al presente artículo. Surgida en los medios y, más propiamente, en el televisivo –tan impactante-, su fortuna no se hizo esperar, y su uso es generalizado, aplicándose en mil menesteres y tareas, sin resentirse por ello su sentido más genuino, como en muchas ocasiones suele acontecer con otros modismos y vocablos.

Por doquier y en toda suerte de iniciativas se aspira a alcanzar la mayor cuota de pantalla posible, ya que se traduce casi instantáneamente en provecho y ganancia, bien que ésta no sea siempre de índole económica. Tan frenética búsqueda conduce con frecuencia a la deturpación de hechos reluctantes por su esencia al acezante deseo de dar expansión pública a cualquier actividad, sin respetar la esfera más íntima o personal. El culto a la imagen, cada vez ínsito con mayor fuerza en la mentalidad imperante en las sociedades avanzadas, viene sin duda a aliarse a tan irresistible corriente y contribuye en alto grado a su aumento y dominio.

Prueba a la vez penosa e irrefragable de lo apuntado se encuentra en el terreno más alejado que cabría imaginar del escenario descrito. Resulta, en efecto, en nuestro país que en los funerales y, en general, en todo lo concerniente a las celebraciones de índole tanática tengan los vivos una presencia muy superior que los muertos, hasta el extremo de que no pocas veces, y en una deriva crecientemente ensanchada, el espectáculo predomina sobre el contenido y los extintos semejan ser simple pretexto para la exhibición de los glosadores de su existencia y virtudes. En los inicios, los comentarios solían corresponder a un solo orador, mas al paso del tiempo el número subió y en la actualidad la cifra media rebasa el quinteto… Por numerosas que sean las referencias al difunto o difunta, es inevitable que al término de la ceremonia sus perfiles se hayan diluido un tanto, mientras que los de sus panegiristas se alzan roborantes… En la misma senda señalada, antaño –un antaño con fecha de caducidad casi en las fronteras mismas de las generaciones que protagonizaron la Transición-, en las corporaciones institucionales y académicas las veladas necrológicas tenían un único responsable o a lo sumo dos o tres; hodierno, no obstante la multiplicidad de ocupaciones y la carencia común de tiempo, la lista no baja nunca de cinco o seis intervinientes., alguno, inevitablemente, quizá más preocupado por la fama propia que por la memoria ajena.

Todo, por supuesto, es susceptible de mejora, y las colectividades son las exclusivas dueñas de confeccionar el catálogo de sus gustos y opciones. Pero aun así, se cuentan ámbitos si no intocables, cuando menos dignos de extremado respeto ante la necesidad –o fiebre…- de cambio y muy refractarios a las modificaciones. El mencionado de la muerte es, obviamente, uno de ellos y, también, de los más trascendentes. Como afirmaba uno de los formuladores de pensamientos y dichos más profundos de la literatura universal, Pascal, se nace y se descaece sólo… A los muertos, más que el pasado les preocupará el futuro, observado desde cualquier perspectiva religiosa o filosófica.

Bien está y acreedor al aplauso se ofrece el afán de artistas, políticos, deportistas o, entre muchos más, agentes de la publicidad por lograr una “cuota de pantalla” lo más ajustada y a la medida de sus sueños. Su esfuerzo es a todas luces un poderoso motor de desarrollo social. Pero no se imponga su despótico imperio. La humanidad sigue necesitando de espacios de soledad, privacidad y hermetismo. De sólito, el destino del hombre y la mujer se decide en ellos.
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