www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

CRÍTICA

Paul Preston: El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo

domingo 30 de junio de 2013, 00:19h
Paul Preston: El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo. Traducción de Efren Del Valle Peñamil. Debate. Barcelona, 2013. 416 páginas. 23,90 €. Libro electrónico:13,99€
El libro de Paul Preston, El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo resulta muy crítico con la figura del exsecretario del Partido Comunista español, Santiago Carrillo, ofreciendo un retrato del líder comunista demoledor, una visión desmitificadora de su actividad dentro del partido. Sin olvidar sus virtudes (astucia, destreza oratoria, capacidad de trabajo, conocimiento del funcionamiento del partido en la clandestinidad), el libro se centra en los aspectos más turbios de su figura, su falta de escrúpulos para hacerse con el poder o eliminar a los contrincantes. Asimismo, subraya su afán por reinventar su pasado: a pesar de centenares de páginas escritas sobre su vida, Carrillo callaba sobre aquellas cuestiones de las que no tenía argumentos, siguiendo, de un cierto modo, el principio de orquestación de la propaganda, repitiendo incansablemente los sucesos de su vida, “presentados una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. Por eso, Preston se muestra especialmente crítico respecto a su pretensión de remodelar su pasado, a su “obsesión enfermiza” por limpiarlo.

El punto más polémico de su biografía, sin duda, fueron los sucesos de Paracuellos: es cierto que el hecho de que él mismo nunca diera una explicación completa sobre el asunto, ha alimentado el fantasma y las especulaciones sobre el caso. La postura de Preston no parece del todo acorde con la que asumió en un célebre artículo tras la muerte de Carrillo, publicado en El País: por un lado lo define como elemento clave en su organización y por otro le resta responsabilidad. Evidentemente, el hecho de que Carrillo eludiera el tema durante su vida, aumenta el interés por el suceso.

El libro recorre la vida de Carrillo a través de sus traiciones e intrigas, convirtiéndose en una especie de historia de una ambición: egoísmo y avidez de poder serán el móvil principal de su acción política. El ascenso a la cúspide del PCE deja en el camino una serie de traiciones, mentiras y purgas -al estilo estaliniano-, que demuestran la desmesurada ambición de Carrillo y su poco sentido de la lealtad. En su afán por trepar dentro del partido, siguió la máxima de Maquiavelo y para su fin hizo uso de todos los medios que tuvo a su alcance. No obstante, si bien es cierto que algunas de sus maniobras demuestran la falta de escrúpulos y la aspiración al poder, algunas de sus acciones políticas deben ser contextualizadas. Además, en el difícil escenario del exilio, Carrillo anhelaba congraciarse con el PCUS, por lo que llegó a actuar mirando más al Kremlin que hacia Madrid.

No cabe duda que la larga lista de mentores políticos, camaradas y amigos traicionados demuestra la ambición del asturiano: desde Largo Caballero a Fernando Claudín, de su propio padre a Pilar Brabo, pasando por Francisco Antón, Jorge Semprún, Manuel Azcárate y muchos más. Liquidó la “competencia” utilizando artimañas y mentiras, al estilo de las purgas estalinistas y las malas artes del Kremlin.

A pesar de reconocerle una gran dosis de carisma, el elemento del carácter del secretario del PCE más visible fue su autoritarismo, su personalismo, la obsesión por obtener y mantener un puesto de dirigente. Como confesaba Manuel Azcárate, no soportaba que la clandestinidad le obligase “a estar en segundo plano”. Carrillo tenía la costumbre de tomar las decisiones él solo y luego comunicarlas al Comité Central para su ratificación y difusión: así fue con ocasión de la aceptación de la bandera y del rey, o en el abandono del leninismo en 1978 durante su viaje a EEUU. Esta actitud generaba malestar y confirmaba la falta de democracia y debate existente dentro del partido, mientras desde fuera se tenía la impresión de que la dirección del PCE funcionaba de modo caudillista.

Muchos excompañeros confesaron que el autoritarismo, la prepotencia, eran rasgos marcados en la conducta de Santiago en el seno del colectivo de dirección. El mismo Azcárate recordaba que “tendía a dirigir más bien dando órdenes, con una confianza total de tener razón siempre. No admitía desacuerdo. Podía incluso ser grosero si algo le desagradaba. La discusión normal para él era comentar, ampliar, pero aceptando lo que él decía”. El exceso de personalismo llevó a una confusión entre su figura y el partido, de tal forma que cuando se quiere expresar un juicio sobre la vida del PCE de los últimos años resulta imposible no asociarlo a la figura de Carrillo y a su dirección ortodoxa del partido, a su gestión personalista del poder, a su control y mando sobre el Comité Central.

Por otro lado, el libro reconoce los méritos de Carrillo durante la difícil etapa de la Transición: su postura pragmática favoreció la implantación de la democracia en España. El PCE, en su vertiente eurocomunista, pudo ofrecer su contribución al establecimiento y a la consolidación de la democracia, mostrando una postura responsable en algunos momentos críticos como el 23-F, la matanza de los abogados laboralistas en Atocha o el tiempo que pasó hasta la legalización del PCE. En estas situaciones -en las que, en palabras de Carrillo, “la fuerza del PC apareció a la luz del día con tanta firmeza como disciplina”-, la templanza de Carrillo fue fundamental.

El coste de esta moderación fue muy elevado: se asistió a un desarme ideológico a cambio de la legalización, que desconcertó a los militantes y simpatizantes. La renuncia de ideas enarboladas durante treinta años (como el posible referéndum sobre la forma de Estado) perjudicó al partido y no solo contribuyó al establecimiento de la democracia, sino que también favoreció la socialdemocracia de Felipe González. Quizás el tema de la crisis del PCE necesitaba un análisis más profundo y debía ser insertado en el marco de la crisis de la izquierda.

Las numerosas repeticiones y algún que otro error (no solo tipográficos y de edición) presentes en el texto, llevan a pensar que el libro ha sido preparado “de prisa y corriendo” tras la muerte de su protagonista. Esta misma idea parece confirmada por la segunda y última parte de la vida de Carrillo, menos documentada y en la que muchos temas y elementos apenas encuentran cabida. De hecho, el libro denota dos ritmos narrativos: una primera parte, muy bien documentada y sugerente, que invita a una lectura rápida y apasionada, como si de una novela se tratara. En sus páginas descorre la juventud de Carrillo, su militancia en el PSOE, la República, el estallido de la Guerra Civil, los primeros años del exilio y la eliminación de la vieja guardia. Al contrario, el recorrido de la segunda parte sobre los años setenta, el eurocomunismo, la salida del partido y los últimos años resulta muy rápido y poco profundo, un análisis casi maniqueo. La escrupulosidad parece esfumarse hasta llegar a una narración bastante plana de la Transición y de los últimos años de su vida.

El texto no es una adulación póstuma del líder comunista, sino más bien una visión crítica de su figura, desmontada y en contraposición con el libro Mi testamento político. Publicado tras su muerte, en su “testamento”, Carrillo describe su evolución personal, de forma más bien complaciente, justificando su actitud en relación con las circunstancias en las que actuó. Al contrario, el libro de Preston resulta, en algunos aspectos, demoledor, hasta el punto que afirma que Carrillo vivió una vida de “fracasos sazonada por un optimismo imperecedero y recordada entre mentiras”.

Por Andrea Donofrio
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios