Las becas sagradas
martes 02 de julio de 2013, 20:20h
De los actuales responsables ministeriales de nuestra política universitaria se podría decir lo que respondió la comehombres preguntada por el desempeño de un ocasional partenaire: “Torpe pero voluntarioso”. Pues eso, buenas intenciones y pésimo acierto. Esas cosas suelen pasar cuando se conoce sólo por aproximación el trampal que uno se propone sanear sin apenas procurarse opiniones de quienes por llevar años chapoteando allí saben algo de cómo es de denso el légamo del fondo y fácil verse atrapado en él. Así han ido a atollarse en una de las zonas más fangosas, la de las becas; y ahí los acribillan las combativas huestes del establishment universitario y sus fuerzas auxiliares, más algunos tiros inopinados de fuego amigo.
Sólo el adjetivo “indecente” define el clamoreo farisaico que a cuenta del propósito de vincular becas y rendimiento académico han levantado Tirios (los que suponen que cuanto más mediocres más iguales) y Troyanos (ésos que se prefieren cercados en la ciudadela de la inconsecuencia y el oportunismo) Aunque no muchos ni probablemente construidos del modo más convincente, sólo el Ministerio ha ofrecido argumentos respaldados por datos y cifras en esta porfía. Del otro lado han bastado las apelaciones primarias, los juicios de intenciones y el melodrama de ricos contra pobres. Pero el hecho es que el sistema universitario público en España es de los más accesibles que existen, que al igual que los demás niveles de enseñanza sólo en porcentajes muy reducidos, y por descontado de obligada eliminación, se cierra a quienes carecen realmente de medios, y resulta también uno de los más indulgentes para perpetuar en su seno a estudiantes ineficientes. Todo el mundo sabe que ésa es una de las principales razones por las que, con cuantas excepciones se quiera pero que no dejan de ser eso, lo que se sale de la regla común, el nivel general de la universidad española es ramplón y las tasas de abandono y de repetición de curso tan considerables.
Para muchos estudiantes el acceso a la Universidad no es fruto de una decisión meditada tocante a un proyecto vital definido o a una inclinación vocacional, sino un apaño por eliminación de opciones más definidas. Llegar y quedarse unos años es fácil, no exige grandes sacrificios y ofrece muchas oportunidades de disfrutar del tiempo libre, es decir de casi todo el tiempo. Las cosas no son así en las carreras técnicas y médicas, exigentes y complejas que cursan los estudiantes más motivados y preparados, pero es la tónica común en las especialidades de ciencias sociales y humanidades que se nutren abrumadoramente de los que, tras el trámite del aprobado general de la selectividad, se encuentran con notas medias que no les dan más que para matricularse en carreras que a fin de no extinguirse o limitarse a una minoría vocacional, decidieron en su momento que les valía todo y despeñaron los niveles de exigencia para ir tirando con estudiantes con dificultades serias para interpretar un texto sencillo y resumirlo por escrito (de la ortografía mejor no hablar) Cuando las tasas que se abonan en primera matrícula cubren más o menos el diez por ciento del coste de una plaza universitaria bien se podría hablar de régimen universal de becas, complementado con otras de diverso carácter de las que se beneficia en torno a una cuarta parte de los estudiantes universitarios. Los incrementos en las tasas de la universidad pública o la insinuación de que una beca tiene que guardar correspondencia con acreditación de resultados se percibe como agresión a un derecho porque se ha asentado socialmente una idea de la Universidad -la de una escuela de formación profesional universal y gratuita para el usuario en la que se dan títulos por haber estado-, que excluye toda noción de esfuerzo, superación y calidad. Un sitio al que se va porque se conviene en que tiene derecho a ello cualquiera. Y quien más ha hecho para fomentar esa falacia ha sido la propia Universidad, victima y al tiempo agente de decenios de política desorientada cuando no suicida. La mejor prueba es el proceder banderizo de tantos rectores, señores cuya autoridad se asienta en porcentajes exiguos de votos salidos los más de clientelas, abogando por la proceridad y lo satisfaciente del aprobado mondo. Y eso que saben, o debieran saber, que un 5 o un 6 de los que hoy se prodigan no hubiera merecido ni la mitad de esa calificación hace no demasiado.
Un tema clásico de la antropología es la razón por la cual en la India se respetan hasta la veneración las vacas. Los enfoques materialistas explican cómo la necesidad de bóvidos como animales de trabajo y provisión de abono llevó a su sacralización en una lógica utilitaria cuya razón de ser iría desapareciendo con el tiempo. Lo de las becas incondicionadas y automáticas se antoja algo parecido: el apego a una convicción sagrada sin razón lógica detrás. Pura superstición; algo sobre lo que no se razona ni se admite que lo hagan otros.
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Catedrático de Historia del Pensamiento Político
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