El paso del tiempo
viernes 02 de agosto de 2013, 20:27h
Pocas veces se percibe la relatividad del paso del tiempo como cuando estás anclado en un hospital sin poderte mover o a lo más sin salir de la habitación. Los familiares íntimos, mujer o algún hijo salen y te dicen que van a casa a descansar o a dormir un poco y que vendrán al día siguiente a tal hora, percibes entonces lo lento que pasa el tiempo, “tu tiempo”, y lo largo que se te hace hasta que vuelve ese familiar a hacerte compañía; por experiencia sabes que a la otra persona se le hace sin embargo muy corto, demasiado corto si además de descansar necesita hacer cualquier cosa, cualquier gestión, mira el reloj y se da cuenta de que es muy tarde y que se le ha pasado la hora de volver con su familiar imposibilitado en la cama o en la habitación del hospital. Esto se ve con claridad meridiana en la novela de Thomas Mann “La montaña mágica” que leí con enorme interés y placer durante mi juventud, quizá uno de los mejores libros que he leído en mi vida. En él se cuenta la sensación que tiene Hans Kastorp, el protagonista, que va a visitar a su primo Joachim al sanatorio antituberculoso “Berghof”. Al hacer los paseos por el pinar que lo envuelve nota que el camino de ida se hace más largo que el de vuelta, como ocurre con la vida cuyo tramo de la infancia se hace infinitamente más largo que la madurez y la vejez que se evapora y desaparece como el humo de un cigarrillo, en un “pis-pas”, posiblemente sin duda porque en el primer tramo de la vida todo es novedad mientras que el último es una repetición de lo que hemos experimentado en las fases anteriores.
Pocas veces se ha descrito ese fenómeno con la lucidez literaria con que lo hace el premio nobel alemán.
Es tremendo comprobar la velocidad que adquieres cuando estás llegando a la vejez o estás en ella, claro, antes de entrar en la decrepitud donde ya nada vale nada y crees sentir o que ya no eres nada de lo que eras y tienes que abandonar o te abandona el apego a las cosas y a las personas, eso que explica tan bien el budismo más puro que tanto me encantó cuando profundicé en él y que puede ayudar, quizá como el cristianismo aunque de otra manera, al hacer las maletas de ese “último viaje” del que como dice Antonio Machado “nunca has de tornar”.
Budismo, literatura, paso del tiempo… tres realidades que siempre me atrajeron y cuya fuerza interna aún conservo en determinados momentos y que quizá salen de lo más profundo de mi yo.