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1913, el último verano de la paz

Alejandro San Francisco
lunes 19 de agosto de 2013, 20:08h
Europa es un continente extraordinario, que ha dado al mundo algunas de las más grandes creaciones artísticas y literarias, así como sus importantes aportes a la civilización y descubrimientos científicos transformadores y positivos. Se podría decir que gran parte de la configuración mundial de hoy se debe a Europa y su herencia, su patrimonio cultural y la expansión de formas de vida que han sido compartidas en gran parte del mundo. Sin embargo, el Viejo Continente ha padecido de una desgracia histórica que, felizmente, ha sido abandonada en gran medida en las últimas décadas: la guerra.

Luchas por el poder, conflictos dinásticos, diferencias de límites, ambiciones incontenibles, obsesión ideológica y numerosas otras causas y sinrazones convirtieron cada cierto tiempo a Europa en el continente de la violencia y no de la cultura, en la tierra de de la destrucción y no de la integración, en sociedades de la muerte y no de la vida. Europa, la gran Europa, dejaba de lado las industrias y las universidades para gastar el tiempo en los tanques y trincheras.

Hace exactamente cien años los países europeos vivían una coyuntura extraordinaria. Durante décadas, y quizá un par de siglos, los pensadores y ciudadanos había adoptado la fe en el progreso indefinido –especie de religión civil del siglo XIX–, la convicción clara de que el uso de la razón y la superación del dogmatismo religioso y de los conflictos bélicos (como sostenía Voltaire) permitirían crear sociedades cada vez más desarrolladas en todos los aspectos. Los resultados en la investigación científica, en la medicina, en el conocimiento del mundo, parecían dar la razón a esa forma de ver el desarrollo humano y convirtieron a Occidente en el corazón desarrollado del mundo, según ha destacado Niall Ferguson en su excelente Civilización. Occidente y el resto (Barcelona, Debate, 2012) y parecían dar la razón a los agoreros del progreso.

En la historia, sin embargo, las cosas son mucho más complejas, y el exceso de optimismo suele alejarse de la realidad y jugar malas pasadas. Prometer no es lo mismo que realizar, las teorías no siempre se comprueban en la cruel realidad. En alguna medida, el doloroso e impresionante hundimiento del Titanic en 1912 ilustraba que el progreso no era necesariamente lineal y demostraba que los retrocesos podían ocurrir, considerando que el barco insumergible se había hundido en pocas horas.

El suceso, con más de mil muertos, no logró destruir las ilusiones que estaban arraigadas en parte importante de la sociedad europea. Así apareció poco después El año 1913 “un libro sorprendente”, en palabras de Florian Illies, 1913. Un año hace cien años (Barcelona, Salamandra, 2013). La obra de hace un siglo hacía un balance del momento que se vivía como “rico en valores culturales”, aunque lamentaba “el creciente embrutecimiento y superficialidad de las masas”. Uno de los textos del libro planteaba la vieja historia del progreso y la decadencia, destacando la formación de un nuevo idealismo (progreso).

Meses antes, en julio y agosto, las personas de los distintos países se habían trasladado a los balnearios o habían dispuesto de algo de tiempo libre en medio de las vacaciones estivales. Seguramente lo pasaron bien, descansaron, compartieron en familia y con los amigos. Vieron las puestas de sol, se bañaron en el mar, disfrutaron horas de deporte, conversaron con más tiempo. Fue un buen verano sin duda alguna.

No podían presagiar durante ese lejano 1913 la tormenta que sobrevendría al años siguiente, como ha destacado Stefan Zweig en su fascinante relato El mundo de ayer (Barcelona, El Acantilado), donde explicita que nada hacía prever la posibilidad del estallido de la violencia en medio de la calma de esos días. Lo mismo se puede decir de otros sucesos históricos donde todo parecía desarrollarse en medio de la tranquilidad, hasta que alguna situación modificaba el curso de los acontecimientos, demostrando el dinamismo permanente de la trayectoria humana.

El fin de este verano europeo de 2013 marca el centenario del último verano de la paz. No tiene sentido recordarlo para llenarnos de tristeza y mucho menos de pesimismo hacia el futuro. La paz es el resultado de mucho trabajo, cultura, hábitos, decisiones. Los meses y años que vienen nos permitirán recordar sucesivos centenarios de la guerra y sus consecuencias: de la guerra misma, de sus batallas más dolorosas, de la multiplicación de muertos, los magnicidios, las revoluciones, entre otras fatalidades del gran conflicto bélico. Recordar es un imperativo, para que el paso del tiempo no borre los sucesos y las circunstancias del drama europeo, y permita seguir amando y valorando la paz como una de sus mejores herencias.

Por lo mismo, es necesario hacer dos consideraciones importantes. La primera es lo que podríamos llamar la paradoja del progreso, cuando este se desarrolla en el ámbito bélico y se prueba en una guerra. En este caso la investigación científica y los avances tecnológicos, lejos de parecer sensatos, se vuelven cada vez más destructivos cuando se utilizan las nuevas armas de guerra, transformando la fórmula progreso-destrucción en algo lamentable y real, como se demostraría en los dos conflictos mundiales del siglo XX.

Lo segundo se refiere a la propia fragilidad de la paz, tan admirable como débil, absolutamente lista para caer frente a cualquier amenaza, para suspender su valor en medio de las balas, para dejar de lado todos sus logros mientras cae por la pendiente de su autodestrucción. La paz no es un regalo sino una conquista y por lo mismo debe cuidarse con inteligencia y esmero. Cuando se alcanza la paz no es para admirarla como una pintura hermosa, sino para vivirla y perpetuarla por el bien de toda la sociedad.

Por eso es muy probable que ese verano de 1913 haya terminado con tranquilidad y que las personas hayan vivido esos meses como parte de una larga y valiosa tradición. Sin embargo, es seguro que a partir de agosto de 1914 –cuando se inició la Primera Guerra Mundial– deben haber mirado el verano previo con nostalgia como la última gran oportunidad de un verdadero desarrollo humano, añorando los años de la tranquilidad, lamentando las fallas que llevaron al nuevo conflicto, mientras comenzaban a sufrir un nuevo infierno, como no se había conocido en la historia humana.
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