Galicia, Kioto y el camino de la luna
domingo 25 de agosto de 2013, 18:30h
En Kioto hay una villa, la villa Katsura, con una ventana para ver la luna. La villa, un prodigio de gusto, humildad y equilibrado desequilibrio, está rodeada por arces, pinos, cerezos, musgo y agua. La ventana, es un ventanuco redondo, que sobresale como una minúscula buhardilla. Desde que la descubrí, antes de ir a Japón en un tomo del Summa Artis, quise tener una ventana como aquella para ver la luna.
En Galicia, escribo en una casa con una ventana desde la que veo la luna. No sé si fue hecha para eso, pero veo la primera luna llena de agosto entre los pinos, dejando un rastro de plata en la ría. Es una luna llena que anticipa las mareas vivas y que sale antes de que se haga de noche sobre las playas grises, malvas y rosas. Esta noche sopla el viento norte, un viento seco y fresco, que trae sol, tábanos y mosquitos del interior, y que agita los pinos ante la luna. Esta columna es de actualidad, y esta es mi actualidad: el viento norte, la luna y su rastro de plata sobre la ría, los pinos meciéndose ante la luna en un baile arcano y algo erótico.
En Ribadumia, muy cerca, hay una senda de muinhos, molinos de agua ya abandonados. La senda corre entre cortizos, castaños, robles y loureiros. De día, el Umia salta en la sombra y brilla al sol unos segundos, y luego sigue manso y umbrío. Las noches de luna llena, la luna penetra en la fraga y se convierte en mil monedas de plata que bajan río abajo, por el cauce de la harina blanca, por la corriente de carne blanca de las molineras muertas y fantasmagóricas, por el túnel de risa blanca del agua negra llena de colmillos de azogue.
En la ría, las noches de luna llena sale una dorna a navegar. Pocos la ven. Las velas, una mayor cangreja y dos foques, son sombras geométricas de la ardora. Yo la veo desde la punta y sé que ahí va Moncho, un marinero al que no le importan las nécoras ni los bruños, pero sí la luna y sus ritos. A Moncho le gusta navegar de noche. Cuando le preguntas por qué, no sabe qué responder. Moncho navega solo, hasta que el horizonte comienza a clarear y es hora de volver a puerto mecido por las olas, el viento que amaina y los olores antiguos: algas, madera de pino, brea... Uno echa de menos a Valle-Inclán en la dorna, o a algún personaje suyo: Juan Quinto huyendo del abad y corriendo a encontrarse con la muerte, Cara de plata compitiendo con la luna por una blanca piel. Por una sonrisa de plata. Por una risa de hielo.
En Japón, septiembre es el mes de la luna. La primera luna llena, a comienzos del mes, es la fiesta lunar más destacada. La gente paga por ver la luna llena desde un bote, navegando por algún lago en los alrededores de Kioto. Como los japoneses son muchos, cada uno toca a un trozo pequeño de luna, a un fragmento minúsculo. Yo, esta noche, toco a un redondel perfecto, a una forma consagrada por el viento norte, a una moneda recién pulida. Toda para mí en un acto de comunión lunar.
La luna llena trae recuerdos. En septiembre, mi tío Pacoco me esperaba en la sierra de Murcia, la primera luna llena del mes. Cuando yo llegaba, ya de noche, él estaba en la puerta de su casa, con una cerveza helada en la mano, y otra para mí. Y un revólver. Me lo ponía en las manos y me decía: ahijado, vamos a disparar a la luna. Después de algunos tragos, bajábamos a la rambla y disparábamos a la luna llena de septiembre, que permanecía impávida en su noche, mirándonos. La cara de la luna, redonda como un pandero, me recordaba la cara de la mujer, repudiada, de mi tío. A la cara de su hijo también. Mi tío se casaba y luego repudiaba; algo tan atávico como disparar a la luna con un revolver el primer día de luna llena de septiembre. Yo nunca daba a la luna. No sé a qué daba, si a una estrella fugaz o a la luna de alguna uña risueña. Siempre me pregunté si los japoneses verían mis tiros desde Kioto, o si Moncho los veía desde su dorna que se desliza por la ría como un semoviente de una obra de Valle. Si sentían que la luna se achicaba, o que eran menos dueños de ella. Pero sospecho que no. Que no veían los proyectiles, no oían los tiros siquiera, ni caía sobre ellos ningún pedacito de la luna al romperse. A pesar del anonimato, mi tío rompía la luna y cabe preguntarse por qué lo hacía. Por dolor, por amor, por gratitud, por miedo… Yo disparaba por corrección política, la que entonces imponía un tío y hoy impone un presidente barbudo y lengüitardo, un policía apremiante en un control de alcoholemia o un afroamericano sonriente. Con cara de luna. Con ritmo de luna.
Hace algunas décadas, carámbanos de luna sostenían a la gitana sobre el rostro del aljibe mientras guardias civiles borrachos en la puerta golpeaban. Hoy, carámbanos de luna sostienen un deseo sobre el rostro del aljibe mientras el adolescente ve una serie americana. La luna ha dejado de ser protagonista y se ha convertido en un televidente más. Yo la miro desde mi ventana y ella me mira a mí, esperando que ocurra algo emocionante. Yo la miro y no espero nada. En la ría, la dorna se desliza hasta el alba. En la villa Katsura, un ratón mira la luna desde la ventana redonda, vacía. En mi ventana, un mosquito se posa en el cristal y ve la luna llena repetida multitud de veces en sus ojos. ¡Quién fuera mosquito para poder saborear ese haiku de luz repetido! Por el Umia, los fantasmas se reúnen alrededor de una poza llena de monedas de plata y se quejan de lo que todo fantasma gallego se queja: del reúma. Mientras tanto, el fantasma murciano de mi tío limpia el revólver.
Es casi la una de la madrugada. Pronto voy a disparar a la luna llena. Espero no darle.