Los futbolistas no lloran; las princesas, tampoco
miércoles 28 de agosto de 2013, 20:16h
Las lágrimas, cuando son públicas, conllevan siempre algún tipo de reacción en quienes las contemplan. Lo normal es que provoquen empatía, pero también sirven, demasiadas veces, para acusar de debilidad a quien osa hacer delante de todo el mundo algo que aún suele pertenecer al ámbito privado de cualquier ser humano. Decía Marcel Proust que “el pueblo se inquieta al ver llorar, como si un sollozo fuera más grave que una hemorragia”. La tristeza, el desasosiego, la angustia, así como la enfermedad, nunca han gustado tan poco como ahora. Sólo las lágrimas de emoción derramadas en un podio mientras suena el himno nacional en honor del ganador, parecen salvarse de la quema. Las demás, por lo general, alimentan cotilleos morbosos y, si brotan de ojos famosos hasta entonces envidiados, valen a los más escuálidos de alma para consolarse un rato de su propia existencia. Charles Chaplin afirmaba convencido: “Ríe y el mundo reirá contigo; llora y el mundo, dándote la espalda, te dejará llorar”.
Parece, en todo caso, que hay colectivos en los que llorar está aún peor visto de lo normal. Volkan Sen, por ejemplo, ha roto las reglas, dos en concreto, y el vídeo en el que se ve al futbolista turco abandonar el terreno de juego con unos enormes lagrimones, de esos que suelen ir acompañados de hipo, ya ha inundado internet provocando las inevitables chanzas. ¿Acaso a Sen no le explicó su madre que los chicos no lloran? ¿Es que no escuchó a Miguel Bosé? No, los hombres no lloran y los futbolistas, mucho menos. El presidente del Trabzonspor, el equipo de la ciudad del Mar Negro en el que juega Volkan, ya ha dicho que el comportamiento del centrocampista turco es inadmisible, porque allí no estaban jugando a las canicas. Probablemente, marcharse del campo no estuvo bien, pero no debe de ser fácil recibir el abucheo de tu propia afición y, además, jugador profesional o no, el hombre podía tener un mal día. Quién no lo tiene. Al menos, su entrenador, Mustafa Resit Akcay, opina, precisamente, que se trató “de una reacción humana en una situación con mucha carga emocional”.
Sí, las lágrimas pueden ser traicioneras, aunque para Séneca “no hay mayor causa de llanto que no poder llorar”. A veces, también, utilizadas al servicio de la manipulación. De eso nos intentan acusar en ocasiones a las mujeres, que, en cambio, al parecer, sí podemos llorar. Ya lo advertía Tácito en la antigua Roma: “A las mujeres les está permitido llorar; a los hombres, recordar”. ¿Pero vale también esto para las princesas? Para las de los cuentos, por descontado. ¿Y para las de carne y hueso? Las lágrimas de Lady Di, por ejemplo, dieron la vuelta al mundo, dividiendo a la opinión pública. ¿Eran de cocodrilo o traicionaron a la princesa en el peor momento posible, es decir, en plena entrevista televisada? Como sólo quien derrama las lágrimas sabe de qué están hechas las suyas, en este caso ya es imposible que alguna vez lo sepamos. Y hablando de Ladi Di, surge otra cosa que nos gusta aún menos que el llanto exhibido: las oscuras conspiraciones. Por lo general, la gente se espanta con fervor frente a cualquier insinuación de complot que no forme parte de la trama de una novela de intriga. A pesar de que hay muchos casos en los que, al final, se ha descubierto que aquello que unos pocos “chiflados” se empeñaban en llamar conspiración, lo era realmente.
En relación a la muerte de Lady Di junto a su novio Dodi Al Fayed en el accidente del túnel parisino donde también falleció el conductor, sobre quien recayeron todas las culpas, la teoría de la conspiración siempre fue vista como el delirio de unos cuantos locos, liderados por el millonario padre de Dodi. Por eso, que hace unos días Scotland Yard anunciara la investigación de nuevos datos acerca del brutal accidente ha dado un respiro momentáneo a los que aún piensan que no se trató sólo de eso, de un accidente. Pero, sobre todo, ha vuelto a poner en pie de guerra a aquellos que se niegan por sistema a que se investigue todo lo que suene a oscuro tejemaneje. ¿Agentes del MI6 de incognito en París para activar un chip a distancia con el objeto de dejar sin frenos al automóvil de la princesa justo en el momento en que circulara a mayor velocidad, en un punto del recorrido especialmente sinuoso y, además, bajo tierra para que no pudieran sacarse imágenes aéreas? ¡Menudo disparate! Sin embargo, ¿por qué no? Y, sobre todo, ¿por qué tanta energía furiosa en negar que puedan ocurrir cosas que sí se creen cuando leen una novela o van al cine? Como si no hubiera quedado ya suficientemente claro que la realidad supera siempre a la ficción. En todo caso, la anterior teoría aparece también en un libro, el del escritor ruso Guennady Sokolov, quien afirma que, según sus contactos, a los agentes de la inteligencia rusa en Francia les había resultado sospechoso que días antes del accidente llegaran de incognito a París tres espías del MI6.
Lady Di fue la primera en hablar del complot que existía para deshacerse de ella en un accidente de tráfico. Lo puso, además, por escrito, diez meses antes de aquel 31 de agosto de 1997, en una carta que envió a su mayordomo, Paul Burrell. Su vida estaba en peligro, le anunciaba, convencida de que se estaba planeando: “un accidente en mi coche, con fallo de frenos y serias heridas en la cabeza para abrir el camino a que Carlos se case con Camilla”. Probablemente, ni el propio Burrell la creyó en aquel momento y hasta puede que lo achacará a algún tipo de delirio de persecución de la frágil princesa engañada. ¿Coincidencia? Al menos, concédanme que sorprendente sí que es. Pero, aunque Burrell sacó a la luz la carta con membrete del Palacio de Kensington – era lo que le había pedido Diana que hiciera si le ocurría lo peor – y nadie haya dicho nunca que la misma fuera falsa, la misiva no pasó de ser una mera anécdota y parece que, como mucho, pudo servir para reconocer en la fallecida ciertas dotes adivinatorias. Se había tratado de un accidente, dijo la justicia en 2008, y punto. Que se callen de una vez los “conspiranoicos”.
Pero ahora, tres lustros más tarde, aparece un tal Danny Nightingale, francotirador de las SAS (Special Air Services), y afirma que fue su unidad de élite la encargada de llevar a cabo el asesinato con esa consigna universal de “que parezca un accidente”. Por lo visto, el nuevo testigo ya se lo había contado hace años a una amiga cuyos padres también han declarado en Scotland Yard estos días. ¿Por qué ahora? Los anti complot lo tienen claro: Nightingale ha sido condenado por posesión ilegal de armas y pretende negociar a la baja su pena. Aún así, seguro que en todos estos años ya ha habido más de uno que se ha presentado a la policía para declararse cómplice, testigo o asesino de la princesa y esta es la primera vez que Scotland Yard anuncia públicamente que están investigando de nuevo. Algo de credibilidad se supone que han encontrado. En todo caso, los defensores de las teorías de la conspiración saben de sobra que lo que caracteriza a un complot es, precisamente, su capacidad para seguir oculto durante muchísimo tiempo. O para siempre.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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