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CRÍTICA

José María Marco: Maura. La política pura

domingo 15 de septiembre de 2013, 12:48h
José María Marco: Maura. La política pura. Gota a Gota. Madrid, 2013. 199 páginas. 15 €
José María Marco estructura la obra en 6 capítulos, al que debemos sumar el epílogo y un ingente apartado bibliográfico, que muestra la solvencia con que conoce su objeto de estudio. Opta por la narración cronológica, lo que le permite al lector seguir ordenadamente los desarrollos de la vida de Maura y de la historia política española. Ambos son aspectos indisociables.

En consecuencia, el libro adquiere un valor incalculable como manual de historia, en particular de un periodo que goza de menor presencia bibliográfica y mediática (sobre todo, si lo comparamos con la Guerra Civil o la dictadura del general Franco), como es la Restauración.

Marco consigue hacernos participes de cómo era nuestro país en las postrimerías del siglo XIX y primeras décadas del XX a través de la figura de Antonio Maura. Monarquía, dos partidos (conservadores y liberales) que se alternaban en el poder, Cánovas y Sagasta (posteriormente, Maura y Canalejas) como grandes figuras parlamentarias, emergencia del socialismo (Pablo Iglesias) y del nacionalismo catalán (Prat de la Riba y Cambó).

Junto a ello, algunos otros ingredientes completaban el cuadro: corrupción electoral y el recurso sistemático al terrorismo por parte de grupos anarquistas, llevando a cabo numerosos atentados (magnicidios), algunos fallidos (Alfonso XIII o el propio Maura) y otros que se cobraron la vida de la cabeza visible del Gobierno (Cánovas del Castillo, Canalejas y Dato).

Ya entonces, como ahora, se apreciaba un trato buenista hacia el fenómeno terrorista, esto es, se intercambiaban los roles, de tal manera que la víctima pasaba a ser victimario. Esta anomalía la denunció Maura: “La represión de los delitos anarquistas engendra la represalia, engendra el odio, renueva el delito; de modo que el terrorista es el Ministro de la Gobernación, y el imprudente, el Gobierno. El poder público no puede pedir permiso a los terroristas para existir, y si surgen represalias o peligra la vida es igual” (págs.115-116).

A lo largo de la obra, el autor defiende la figura e ideas de Maura, sin caer en el proselitismo o en la propaganda, como se aprecia en el epílogo. De su lectura se extraen conclusiones que, inevitablemente, nos transportan al momento presente. Según avanzamos en las páginas, resulta inevitable no trazar paralelismos con la realidad que vivimos hoy en día en España. La precisión y rigor por parte de José María Marco así lo genera.

En efecto, la incapacidad de la oposición liberal en proponer una alternativa real a Maura se tradujo en la creación de una alianza (contra natura) de grupos de izquierda, básicamente unidos por la combinación de sectarismo y cortoplacismo, lo que se traducía en la ausencia de ideas al llegar al Gobierno. Además, en plena decadencia del sistema político de la Restauración, Alfonso XIII se mostró benevolente con todo aquél que se enfrentara a Maura.

El resultado fue que un escenario de ingobernabilidad caracterizó a la política nacional a partir de 1909, para desembocar en última instancia en la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Cuando ésta finalmente se estableció, Maura la condenó, rechazó tomar parte en ella (no así partidos que gustan de alardear de un bagaje democrático inmaculado) y, sobre todo, fue vaticinador: “La dictadura es la rampa que nos lleva derechamente a la Casa del Pueblo. A la caída de la Dictadura, la Monarquía intentará salvarse al fin para ser sustituida por una República de apariencia democrática en su nacimiento que evolucionará rápidamente hacia una República de tipo comunista, salvo que Dios, en sus altos designios, tenga decretada la salvación de España” (pág. 170).

En este paisaje, encontramos un Partido Socialista para el que el fin justificaba los medios. Acierto de José María Marco a la hora de desenmascarar la verdadera filosofía de su fundador, Pablo Iglesias, reivindicado por sus acólitos de ayer y de hoy como un pacifista. Sin embargo, esta cita es concluyente: “Pablo Iglesias, en su primera intervención parlamentaria, especificó que sus amigos `estaban dispuestos al atentado personal` si Maura volvía al poder” (pág. 143). Así fue y pocas semanas después, el protagonista de la obra sufrió el enésimo atentado.

De este periodo es también originario “el problema catalán” con la aparición de un nacionalismo conservador al que Maura trató de integrar en el proyecto de una España unida. Sin embargo, la Lliga Regionalista mostró entonces como característica distintiva su voracidad. Consecuentemente, ante cualquier prebenda concedida, ésta pronto se tornaba insuficiente.

La explicación de Marco es magistral: “(Prat de la Riba y Francesc Cambó) crearon un partido político, la Lliga Regionalista, que se impuso en las elecciones de 1901. La razón de esta victoria estuvo en el dinamismo con el que los nacionalistas presentaron una alternativa a los dos partidos nacionales, el Conservador y el Liberal. También el gobierno de Silvela contribuyó al éxito. En 1901, Silvela consideró a Cataluña perdida para la regeneración conservadora y abandonó el campo a los nacionalistas. La derecha nacional dejó de estar presente en Cataluña, sustituida por un nacionalismo con objetivos propios” (págs. 70-71).

Para Maura, los nacionalistas catalanes eran clave en la democratización de España, no observando contradicción entre la unidad de la nación y la diversidad de sus partes componentes. De ahí su énfasis en la descentralización. No obstante, como apostilla el autor, se trató de “una a una visión demasiado optimista del nacionalismo catalán conservador” (pág. 174). El arancel Cambó (1922), por ejemplo, desenmascaró los intereses que defendían los nacionalistas catalanes y su verdadera estrategia: una ambigüedad deliberadamente calculada.

En conclusión, José María Marco tiene el acierto de presentarnos a un político de referencia obligada en el pensamiento conservador como es Antonio Maura: un hombre de Estado, contrario a la ortodoxia y enemigo de los dogmatismos. Actor privilegiado de su tiempo, percibió cuantas carencias mostraba España para quien tenía un proyecto por encima de nombres y de partidos. Sus ideas no quedan limitadas al periodo 1876-1925 sino que tienen una proyección actual. La derecha de hoy debería hallar en él un referente al que reivindicar sin complejos.

Por Alfredo Crespo Alcázar
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