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La división del españolismo en Cataluña

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 18 de septiembre de 2013, 20:28h
Los sectores políticos y de opinión están desmelenados en relación con Cataluña. Pero, si hay bandos contrapuestos, en su interior no son homogéneos. Por eso, es preciso enfocar la situación desde dos perspectivas. El mundo no nacionalista, constitucionalista, o, para decirlo sin complejos, españolista; y, por otro lado, el nacionalista o independentista. Empezaremos por lo primero y dejaremos para la semana próxima el segundo.

Entre los que desearían que se mantuviera la ya muy larga unidad de España hay un cierto nerviosismo derrotista, porque en la mayoría de los españoles se esconde una fe muy limitada en la propia España. Para decirlo con otras palabras, España existe casi por encima de los españoles que la habitan ahora, lo que, aunque suene metafísico, es cierto.

En verdad, no es real que un ente nacional exista sin la convicción de sus ciudadanos. Lo que sucede es que esa Nación pervive gracias a las generaciones precedentes. Por eso parece que las últimas generaciones, con su moral endeble, están por debajo de la propia España que han heredado.

Pero, si no se puede detectar una emoción colectiva (lo que es bastante bueno, porque las emociones en estos casos de disputa política las carga el diablo) sí es cierto que individualmente hay opinión formada. Y cuando ésta llega a la política o a los medios, esa opinión forma el guirigay al que ahora asistimos.

Hablamos, pues, de quienes quieren que España siga siéndolo, sin rupturas, cortes o secesiones. Un enorme grupo que, sin embargo, difícilmente se pone de acuerdo internamente. Pues hay quien opina que ante el desafío nacionalista hace falta a) diálogo y paciencia; b) apelación argumental basada en lo racional frente a la utopía; c) energía y liderazgo y d) amenaza directa con la fuerza.

Seguramente hay más opciones, pero podemos basarnos en ésas como guión. Que, en lenguaje llano se simplifican en dos: O la estrategia de Rajoy es la correcta, o Rajoy es melifluo y hay que parar los pies a los nacionalistas con un puñetazo en la mesa.

Por lo que he visto hasta ahora, al menos en la zona más ruidosa de los medios, la opinión generalizada es que ya está bien de soportar provocaciones nacionalistas; ya vale con las cadenas y las manifestaciones; ya son suficientes los desprecios, los desafectos; basta ya de victimismo, de tergiversación histórica, de adoctrinamiento de masas, de manipulación colectiva. Por todo lo cual, lo que hay que decir a estos nacionalistas que las víctimas no son ellos, sino la España a la que traicionan. Y lo que tiene que hacer el Gobierno es decírselo, con todas las letras, a Mas, para que aprenda. Rajoy tiene que esgrimir la ley, la Constitución y, si se me apura, la capacidad de la razón de Estado.

¿Tienen razón quienes así opinan? ¿Tienen razón los que creen que hay que apelar a que el Barcelona tendría que jugar la Liga contra el Mollerusa? ¿Están acertados los que apelan al artículo 155 de la Constitución?

Una cosa que causa perplejidad en esta situación de conflicto sobrevenido (por las pasiones de poder de los nacionalistas de esta generación) es la cantidad de gente que proclama como necesidad que hay que defender lo obvio, la existencia de la Ley, de la Constitución y, fundamentalmente, de la Historia. Y una multitud de gente está pidiendo cada día que el Gobierno lo haga, sea como advertencia o sea como amenaza.

Aparecen, así, los no nacionalistas, o españolistas, enfrentados internamente. A Rajoy se le critica más desde su ámbito ideológico que desde el contrario. Creo que es más insultado por algunos de sus votantes y, por supuesto, por la derecha española, que por los nacionalistas. Bien es cierto que entre los españolistas hay infinidad de alternativas, la mayoría caracterizada por la impaciencia.

Los nacionalistas catalanes han logrado poner nerviosos a los no nacionalistas, que aparecen divididos y enfrentados. Desde quienes hablan de la cabra de la Legión a quienes piensan en el pactismo económico como salida.

Es momento, a estas alturas del artículo, de decir la opinión que lo sustenta: de entre todas las alternativas entre duras y blandas, sólo hay una correcta: esperar en la puerta a ver pasar el cadáver del enemigo. Que es la que me da la impresión que maneja Rajoy, aunque no estoy en su cabeza ni en la de los suyos.

Hasta ahora, Rajoy no ha hecho más que tener razón en los hechos, aunque no lo haya parecido en las apariencias. Pues parece que la independencia de Cataluña avanza (y hay quien ya vende la piel del oso como si lo hubiera cazado) pero nada se ha modificado en lo institucional. Porque aunque el Estado Autonómico se ha estirado como un chicle, el Estado no ha desaparecido ni tiene pinta de que lo vaya a hacer.

Si me dicen lo que a mí me hubiera gustado, evidentemente no se habrían dejado tantos huecos constitucionales a las ensoñaciones nacionalistas. Fue el pacto de la Transición. Pero aún habiéndolo hecho de forma innecesaria (ay, el Constitucional, que tenga para sí lo que les deja a otros) lo sustancial permanece inamovible. Los nacionalistas pueden patear, embroncar, agitar o provocar, pero para lograr su sueño sólo tienen el camino de vulnerar la legalidad, y ésa es una decisión para la que falta arrojo e incluso heroísmo. Cualidades éstas que son las últimas en su ideario.

Todo el personal que quiere que se abofetee a los díscolos nacionalistas no sabe que la mayor bofetada la propina su impotencia. Si ellos no tienen valor para exigir lo que reivindican, ¿por qué razón alguien debe dárselo? Y, más aún ¿para qué hay que enfrentarse a un riesgo inexistente y ponerse a cavar trincheras ante un enemigo que no puede ni quiere atacar?

Rajoy tiene razón. Paciencia y diálogo, sin estridencias y sin cojonudismos patrióticos. Porque aquí, la carga de la prueba no es que los españoles demostremos que existe España, sino que quienes quieren traicionarla tengan capacidad de hacerlo.

La ventaja enorme que tiene el peso de la Historia es que los Estados constituidos no tienen que apelar a la razón de su existencia, y sólo los que ambicionan ese estatus deben desgastarse en el empeño. Si los españolistas exhiben nerviosismo es por su inseguridad. Y este nerviosismo es la única victoria que, hasta ahora, están logrando los independentistas, porque ni han avanzado en un gramo en su independencia, ni en su escorzo europeo ni en su capacidad de victoria. Sólo han podido vender sueños entre la ciudadanía angustiada por un presente precario, que cree que podría superar por emociones patrióticas. Pero el aterrizaje de las utopías produce bastantes más monstruos que los sueños de la razón.

Repito, la única victoria de los nacionalistas ha sido desestabilizar a los constitucionalistas, enfrentarlos entre sí, hacer que sospechen de los liderazgos, llevarles a las guerrillas de Pancho Villa, a buscar traidores o blandos o cobardes entre sus filas. Porque ahora sólo parece que puedas sacar certificado de español si esgrimes la faca en la diestra, como si la única alternativa digna es ser el borgiano hombre de la esquina rosada.

Porque tal parece de la lectura diaria que aquí, para España, el enemigo no es Mas, ni ese tal Junqueras, ambos llamados a la autodestrucción por la impaciencia que han generado entre los suyos. No, aquí el enemigo es Rajoy. Porque no da la batalla ante el desafío, como si hubiera que luchar contra quien no tiene posibilidad de ganar.

Que resuelvan ellos, los nacionalistas, su propia incógnita. Porque trabajo tienen. Y lo contaremos en el próximo episodio, que será el siguiente artículo, la semana que viene.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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