Martin Luther King: "I have a dream"
miércoles 18 de septiembre de 2013, 20:33h
Emmett Till era un adolescente negro con una curiosidad propia de su edad. Fue en el verano de 1955 cuando, tras mucho insistirle, su madre le permitió cruzar el país para visitar a sus parientes de Misisipi, no sin antes advertirle del peligro que suponían determinadas actitudes ante los blancos. Emmett era de Chicago y allí, pese a estar aún vigentes las políticas de segregación racial, el clima era algo más respirable que el profundo sur. El y su primo cometieron el error de mirar de modo inapropiado a la dependienta de una tienda local. Enterado su marido, fue junto a dos compinches en busca de Emmett Hill: lo secuestraron en plena noche, lo molieron a palos y, tras dispararle en la cabeza, arrojaron su cuerpo al río Tallahatchie.
Loa asesinos fueron detenidos al día siguiente, aunque en breve salieron libres: apenas un mes después, un jurado compuesto íntegramente por hombres blancos tardaba 67 minutos en declarar inocentes a aquellos animales. Por unanimidad. Sin embargo, el caso conmocionó al país. Por expreso deseo de su madre, el féretro de Emmett Hill permaneció abierto durante el velatorio, para que todo el mundo pudiera ver los efectos de la terrible paliza que había sufrido.
Muy pronto aquellas imágenes recorrieron Estados Unidos, y fueron el germen de un ideal que empezaría a resquebrajar los cimientos del racismo institucional. Ese mismo año, Rosa Parks, una secretaria negra que volvía a casa en autobús se negó a ceder su asiento a un hombre blanco; lo pagó con la cárcel. Y dos años después, cuatro jóvenes en Greensboro -North Carolina- hicieron algo similar en el área reservada para blancos de la cafetería de los almacenes Woolworth. La gente comenzaba a moverse, pero no sólo los blancos; gente de todas las razas tomaba conciencia de que había algo por lo que realmente merecía la pena luchar. Había nacido el Movimiento por los Derechos Civiles. Y al frente del mismo, Martin Luther King.
Todavía me estremezco cada vez que vuelvo a escuchar su discurso de 1963 -calificado como el mejor de todo el siglo XX-, pronunciado al pie del monumento a Washington. Fue un acto tan multitudinario como emotivo. No faltaron las actuaciones musicales, con un jovencísimo Bob Dylan dando ya muestras de su enorme talento, y acompañado de Joan Baez. Las palabras de Luther King pronunciadas ese día traspasan fronteras. Y hoy más que nunca tienen una importancia vital.
“Hoy tengo un sueño. Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad. Sueño que un día, incluso el estado de Misisipi, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia. Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad. Sueño que un día, el estado de Alabama cuyo gobernador escupe frases de interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras, puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas. Hoy tengo un sueño”. Cuando Obama tomó posesión de su cargo en la Casa Blanca, sustituyó el busto de Churchill que había hecho instalar allí su antecesor -George Bush, para más señas- por uno de Martin Luther King. Y enmarcó el discurso pronunciado hace ahora 50 años. Hay sueños que no caducan, por más tiempo que pase. Merece la pena seguir teniéndolos. Y luchando por ellos.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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