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España se llena de pitidos

jueves 19 de septiembre de 2013, 19:55h
Dicen que todo español que se precie lleva en las venas un árbitro, y no tanto por vocación enjuiciadora (ya se sabe de nuestra falta de imparcialidad) como porque la tarea permite el uso del pito.

No se ofenderán los gomeros (que los canarios equiparan a los leperos como protagonistas de los chistes) que hicieron de la necesidad virtud y sustituyeron el habla por el pito, que ellos llaman silbo.

Tampoco me dejarán por mentiroso los taurinos acostumbrados a pitar ante tanto desaguisado de ganado pastueño y toreros sin sitio. Ni los aficionados a la ópera que se emplean en la desaprobación de espectáculos del gusto exclusivo del director artístico, en forma de pateo. Ni los futboleros, sumidos en la desesperación de la apatía de su indolente equipo, que se entregan al silbido y aun a la bronca. Ni los angustiantes conductores de coches que aprietan el pito a la mínima oportunidad. Ni, en fin, los maestros consumados en el arte de silbar al estilo pastor, marinero o montañés, capaces de añadir originales variaciones melódicas.

No cabe duda de que vivimos en la sociedad del pito, y desde hace mucho tiempo. La novedad contemporánea consiste en su aplicación a la clase política. El respeto a la distancia la había inmunizado ante una ciudadanía siempre temerosa del poder cualquiera que sea su color. Quizás el miedo a ser marcado como crítico o como iconoclasta. Pero la crisis (¿o quizás fuera la madurez cívica?) ha abierto la veda.

Ahora es el político el que debe volverse invisible, temeroso de recibir una sonora pitada casi siempre aderezada de dos o tres palabras de desprecio. El político ha bajado las persianas y se queda a oscuras en su casa o en el despacho, no acude a restaurantes (salvo discretísimos reservados), tiembla cuando le toca inaugurar o clausurar, salvo convocatorias de acceso limitado y controlado. Ni tan siquiera la Reina Sofía ha quedado a salvo de la pitada (por descontado que Letizia menos), lo que no traduzco como falta de aprecio personal sino como desprecio hacia las arbitrariedades y abusos de miembros de su familia.

En fin, se preguntan, como Javier Marías en Corazón tan blanco, “¿es que no pueden nunca aclamarnos? ¿nunca hacemos nada correctamente?. A mí sólo me aclaman los de mi partido (y no todos), y claro, no puedo creer en su sinceridad del todo”.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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