El referéndum de Escocia y el caso de Cataluña
Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
sábado 21 de septiembre de 2013, 00:35h
Se ha conocido que el 60 por ciento de los escoceses votarán en contra de la secesión de Escocia del Reino Unido. No es ninguna sorpresa. Desde que el Gobierno británico llegó a un acuerdo con el parlamento escocés para celebrar en 2014 un referéndum de autodeterminación, la opción independentista se ha mantenido siempre en porcentajes inferiores al 40 por ciento de los votantes, con tendencia a disminuir.
Los partidarios catalanes del llamado “derecho a decidir” han utilizado el ejemplo de Escocia para pedir -en ese mismo año de 2014- un referéndum para conocer si Cataluña quiere independizarse de España.
Estos dos hechos merecen algún comentario. Como el Gobierno y las fuerzas políticas que están en contra del “derecho a decidir” apenas entran en un debate necesario (¡mientras en Cataluña el independentismo no encuentra rivales!), la aportación de escritores como yo, aunque sea modesta, se siente como una obligación democrática.
Sin ninguna duda, los independentistas escoceses perderán un referéndum que ellos han planteado (mejor, “que ellos han provocado”). Después daré algunos datos sobre la consulta de autodeterminación en Escocia. Ahora me interesa resaltar que el fracaso de la independencia de Escocia no es un fracaso más, sino un signo de que el “principio de las nacionalidades” no tendrá futuro en esta nueva era que viviremos en Europa.
¿Por qué afirmo que Escocia es un símbolo para las pretensiones de fundar nuevos estados nacionalistas a partir de la partición de los antiguos estados nacionales? Porque Escocia fue el ejemplo -tal vez el más antiguo- de todos los mitos nacionalistas contra los estados liberales.
Escocia se fusionó con Inglaterra -el 16 de enero de 1707- dando origen al Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda. Hay abundante literatura sobre ese acontecimiento, pero recomiendo a los lectores curiosos dos obras: “Las Islas Británicas. Historia de cuatro naciones” de Hugh Kearney (Cambridge U.P. 1988-1999), y el reciente “1688. La primera revolución moderna” de Steve Pincus (Acantilado-Yale U., 2009-2013).
La “revolución gloriosa de 1688” hacía poco que había triunfado. Fue una revolución en toda regla, con una violencia y con un sectarismo equivalente al que un siglo después caracterizaría a la Revolución Francesa.
En Escocia hubo una resistencia muy dura al nuevo régimen revolucionario, entre otras causas, porque el rey destronado era escocés, el desgraciado Jacobo II Estuardo.
El parlamento escocés acordó -entre 1706 y 1707- disolverse y formar un nuevo parlamento británico, con las conocidas dos Cámaras. El parlamento escocés era la expresión de la soberanía escocesa, exactamente igual que en Inglaterra. La idea de que la soberanía reside en “la nación” o en “el pueblo” aparecería casi cien años después, con otra revolución: la americana, precisamente hecha contra el parlamento británico. De esa revolución surge el principio de que “la soberanía” reside en una Constitución, que establece los poderes legales del pueblo americano.
Hay razones cronológicas que explican porqué el Reino Unido carece de Constitución. Y también, porqué allí es legal un referéndum como el previsto para Escocia.
Pero antes de comentar esos aspectos, apuntaré unos pocos datos sobre la integración de Escocia en Gran Bretaña. Cuando en 1707 se produjo la unificación de las dos soberanías parlamentarias, los británicos estaban en guerra contra Luis XIV de Francia. Era la guerra de Sucesión en España. El partido whig (eran los partidarios de la revolución y opuestos al rey Estuardo), tanto en Inglaterra como en Escocia, querían romper la tradicional relación de Francia con las élites conservadoras escocesas. Además, el parlamento inglés estaba dispuesto a pagar las enormes deudas comerciales que habían contraído muchos mercaderes escoceses en América. Como suele suceder debajo de las grandes acontecimientos históricos, la unificación se logró con una dosis muy alta de sobornos y de corrupción.
La integración no fue pacífica. Todavía en 1745, estalló una rebelión contra el régimen británico. Pero fue cuando apareció el movimiento romántico en el que el nacionalismo escocés surgiría con una fuerza desconocida. James Macpherson (1736-1796) se inventó “un Homero medieval y escocés” que se llamaba “Ossian”. El mito de un “Homero medieval y escocés” sugestionó a muchísimos lectores europeos, y cautivó a personalidades como Goethe, Herder, lord Byron, Napoleón Bonaparte, Espronceda, etcétera, además del gran impulsor del romanticismo escocés, Walter Scott. El doctor Samuel Johnson fue el primero que denunció que Ossian no había existido nunca, y que era una invención de Macpherson.
Ossian condensa los elementos que estarán dentro del “principio de las nacionalidades”: un idioma que define a un pueblo (el gaélico, propio de Irlanda pero también de las zonas más recónditas de Escocia), una cultura popular diferencial (en este caso religiosa), una manera de vestir, etcétera. El gran historiador Eric E. Hobsbawn demostró hace años que los símbolos nacionales escoceses eran “una invención de la tradición”.
Por todo eso, la derrota del independentismo escocés será tan significativo.
Ahora bien, ¿cómo está sucediendo ese proceso en Escocia y en toda Gran Bretaña? Lo primero que hay que señalar es que el referéndum se ajusta a la legislación británica. Reitero que en el Reino Unido la soberanía reside en el parlamento, a diferencia de los países con constitución escrita, en los que la soberanía pertenece a la nación y al pueblo; como es lógico, esa soberanía es única e indivisible. En segundo lugar, el referéndum será vinculante. Como ha escrito el profesor Solozábal “quien es destinatario de una pregunta sobre la soberanía, se convierte ya en soberano”. Esta es la falacia del fantasmagórico “derecho a decidir”. El referéndum -y menos, la independencia- no es una nueva fase pacífica del autogobierno autonómico. Es precisamente su negación. Eso lo ha dejado perfectamente claro el gobierno británico. Si Escocia se declara independiente, ese Estado nuevo tendrá que empezar por el principio: ingresar en la ONU, en la OTAN, en la Unión Europea, deberá tener un banco nacional propio, una moneda propia, un ejercito nuevo, etcétera, etcétera....
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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