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RESEÑA

Anuradha Roy: Los pliegues de la tierra

sábado 21 de septiembre de 2013, 22:33h
Anuradha Roy: Los pliegues de la tierra. Traducción de Santiago del Rey. Salamandra. Barcelona, 2013. 348 páginas. 19 €
Dotada de una especial sensibilidad para describir sentimientos y paisajes, la editora y periodista angloindia Anuradha Roy retoma nuevamente el género narrativo, tras el éxito obtenido por Atlas de una añoranza imposible (2009), historia de una saga familiar que refleja la diversidad social y cultural de la India durante la primera mitad del XX, con la publicación de su segunda novela, Los pliegues de la tierra(The folded earth, en el original), una mirada íntima y risueña a la vida cotidiana de una pequeña aldea a los pies del Himalaya, Ranikhet, en la que actualmente vive la autora.

Allí será donde, rodeada de una deslumbrante naturaleza, la protagonista, Maya, tratará de encontrar la paz y una nueva ilusión de vivir, tras sufrir la pérdida de su marido en una expedición a esas mismas montañas. Trabajando como maestra en una escuela católica, la joven viuda conocerá a una serie de personajes, grandes y pequeños, representativos de la India antigua y moderna y se verá implicada en una sutil historia de amor y venganza. Además, durante la narración se evocan otros personajes reales, como Kipling, Corbett, Edwina Mountbatten y Nehru, presentes colectivamente como ecos de los tiempos del Raj y que completan el vasto crisol que conforma el país indio.

Gracias a la complicidad con su casero y protector, Diwan Sahib, apasionado ecologista y último vestigio de una estirpe aristocrática; y a los lazos establecidos con una joven campesina, a la que enseña a leer y escribir para que pueda mantener correspondencia con su amado, emigrado a Delhi, Maya parece encauzar una apacible existencia perturbada, sin embargo, por diversos aconteceres que la conducirán de nuevo al pasado. Sucesos sencillos que se desgranan a ritmo lento -casi eterno- en el relato, ante la constante recreación del medio ambiente que, con un lenguaje poético -indudablemente bello en su traducción-, efectúa Roy, colándose en cualquier instante cotidiano: así, los picos escarpados, las laderas boscosas, la incandescente flora, la fauna variada, las brumas del monzón…

Un suave discurrir del tiempo que se rompe, no obstante, al final de la novela, al alterar la autora -quien mezcla la voz personal narradora con la omnisciente- la cadencia del relato ante la necesidad de dar una resolución a la trama, provocando con ello un desenlace algo forzado de la misma, ya señalado por la crítica como el aspecto más flojo de la obra. Y es que en Ranikhet tampoco se da el añorado locus amoenus. Si la capital, Delhi, “olía a podrido, a desagües asquerosos, a alcantarilla, a caucho quemado, al humo de las fábricas, y aquel olor se colaba por las ventanillas, lo impregnaba todo”, como descubre Charu, la campesina amiga de Maya, la vida de la aldea es limitada, estrecha; y frente a los estragos de la civilización, la naturaleza no siempre es amable. Ambas abandonarán Ranikhet, una en búsqueda de mayores oportunidades junto a su amado y la otra –quizá- en búsqueda de un nuevo hogar, tras descubrir que ningún refugio es suficientemente remoto cuando el pasado acude a reencontrarse con uno.

El encomio a la vida aldeana puede ser tan poco sincero y consistente en su argumentación como, dentro de nuestra literatura española clásica, el Menosprecio de corte y alabanza de aldea de Fray Antonio de Guevara. Más valiente fue Swift, más atrevido Gulliver que no necesitó refugiarse en una idea falsa. En cualquier caso, la nueva novela de Roy hará las delicias, sin duda, de aquellos lectores sensibles que sueñan con una naturaleza ideal con la que –probablemente- no conviven.

Por José M. González Soriano
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