La cabeza del PP
martes 06 de mayo de 2008, 23:17h
Los que pedían a voces la cabeza de Zaplana y Acebes ya pueden dormir tranquilos. Las dos personalidades que, para algunos, encarnaban el pasado han abandonado el escaparate político del PP. Sin embargo, ambas salidas no son comparables. Zaplana anunció que dejaría su cargo antes incluso de las elecciones. Y lo cumplió a conciencia: no sólo ha abandonado un puesto, sino hasta la actividad política. Le han llovido críticas por aceptar una posición relevante en la primera empresa del país. Pero los electores -independientemente de nuestro voto- no deberíamos preocuparnos tanto por los que se van porque tienen otras ofertas, cuanto por los que se aferran al poder porque no encuentran otras alternativas, fuera de la política. Quizá Acebes -por más popular que sea dentro de la maquinaria del PP- debería haberse retirado hace mucho tiempo. En todo caso, la salida de ambos es un hecho, de modo tal que sus detractores pueden cantar victoria. Y, ¿ahora qué?
Dado el inmovilismo en el que sigue instalado el Partido Popular, cabe pensar que los dos dimitidos no eran el problema del partido. Al menos, no el único problema. Cuando una formación que atesora más de diez millones de votos se dedica a dar tumbos como si de un pollo descerebrado se tratase, quizá debería plantearse que sucede algo más grave. Y, por lo que parece, la del PP es, precisamente, una dolencia capital, tanto por su localización física como por su relevancia. Es decir, de cabeza. El PP es, ahora mismo y no sabemos por cuánto tiempo, un partido descabezado. Ante la amputación de tan importante elemento, algunos apéndices han comenzado a alzar su voz, haciendo ingobernable la nave popular. Así, Aguirre, Cascos, Camps y Gallardón han asumido un protagonismo que debía ejercer la cabeza pensante y dirigente de la organización. Pero el señor Rajoy ni está ni muchos le esperan ya. El líder, que se proponía devolver al PP a la Moncloa y que lo único que ha cosechado han sido dos derrotas electorales, se niega a abandonar el timón, aunque parece haber decidido que tampoco le apetece hacer oposición. Llegados a este punto –y, por más que a Rajoy no le convenga convocar unas primarias que bien pudiera perder- convendremos que, no es sorprendente que cada vez más militantes del PP reclamen el derecho a decidir si quieren que alguien con esa falta de ánimo y aliento siga dirigiendo el partido. Pero, desde que se confirmara una nueva derrota popular en las elecciones del pasado 9 de marzo, han pasado ya dos meses sin que Rajoy haya recobrado el rumbo, y nada permite aventurar que vaya a recuperarlo próximamente. Mientras tanto, las voces críticas dentro del partido son crecientes y cada vez más ruidosas. Rajoy sabe que, un día, los murmullos serán ensordecedores y, entonces, las consecuencias para el PP serán incalculables.
LA DIFÍCIL ELECCIÓN DE LOS SERBIOS
El próximo domingo se celebran elecciones en Serbia con la sombra de la reciente independencia de Kosovo planeando sobre ellas. La secesión de esta región ha tensado enormemente la situación política del país, desbaratando la débil coalición con la que gobernaban el Partido Demócrata (PD), liderado por el presidente del país, Boris Tadic, y el Partido Demócrata Serbio (PDS), dirigido por Vojislav Kostunica, hasta ahora el Primer Ministro de la república.
Éste último acusa al PD de llevar a cabo una política de sumisión frente a los organismos internacionales que reconocen la independencia de Kosovo. Este desencuentro ha sido, precisamente, el que le ha llevado a exigir un adelanto de las elecciones y a amenazar con una posible coalición con el Partido Radical Serbio (PRS), formación nacionalista y antieuropeísta, que, a juicio del Primer Ministro, es la única que defiende los intereses nacionales serbios.
No en vano, la otra gran cuestión que se dirimirá en estos comicios –y que, al fin y al cabo, tiene relación directa con el tema de Kosovo- es el tratado de asociación de Serbia con la Unión Europea, con la condición de que las autoridades serbias accedan a entregar a sus criminales de guerra al tribunal de La Haya. Por lo pronto, los mismos radicales con los que Kostunica se plantea gobernar, en caso de ganar las elecciones, se declarado totalmente contrarios a firmar un tratado con “una asociación de Estados que reconoce la independencia de Kosovo”.
Ante este escenario, la única esperanza que les queda a los serbios es elegir entre Tadic, que representa las tesis europeístas y democráticas, a pesar de los graves casos de corrupción que han salpicado su mandato, o los ultranacionalistas del PRS.
AEROLÍNEAS, ¿ARGENTINAS?
Tras meses de tentativas y rumores, el grupo Marsans llegó a principios de esta semana a un acuerdo con el Gobierno de Cristina Fernández Kirchner. Según el trato, que aún está por cerrar, la compañía española se quedará tan sólo con el 35 por ciento de las acciones de la empresa, frente al 95 por ciento que controla ahora. De esta forma, el 60 por ciento de la compañía pasará a manos gauchas, en consonancia con el proceso de “argentinización” que está llevando a cabo el matrimonio Kirchner con las empresas privadas. El reparto sería el siguiente: el Estado argentino pasará de controlar el 5 por ciento del capital al 20 por ciento, los empleados se quedarán con otro tanto y el 35 por ciento restante irá a parar a un grupo de “empresarios argentinos”.
La palabra “argentinización” suena demasiado desde que los Kirchner manejan Argentina. Ésa ha sido la excusa esgrimida a lo largo de los últimos cinco años para llevar a su terreno y, por ende, al de los empresarios amigos, a los ferrocarriles, la electricidad, el agua, los aviones… y así un largo etcétera de industrias. El método: acosar mediante regulaciones, obstaculizar a través de normas el ejercicio normal de la empresa para que, finalmente, los dueños de la misma, dada la imposibilidad de obtener beneficios en esas condiciones, se vean obligados a negociar con un Gobierno que prepara el terreno para el desembarco de sus amigos. Así pues, “argentinización” debería traducirse por eslavización, en la medida que nos enfrentamos a un capitalismo a la Putin.