De la Barcelona que fue entre la historia y la política (II)
José Manuel Cuenca Toribio
martes 15 de octubre de 2013, 20:25h
Un cuatrienio posterior, en Barcelona, se lanzaba al público el primer número de Historia y Vida, revista mensual destinada desde el instante mismo de su surgimiento a representar un papel de suma importancia en el movimiento de las ideas de una España con trepidante pulso editorial. La revisita de la guerra civil constituía no sólo el tema estrella de la bibliografía histórica del momento, sino también la cuestión más necesitada de análisis frente al horizonte inmediato del país, en el que cada mes que pasaba emergía con mayor fuerza la proximidad del día D y la hora H para que en el Régimen se cumplieran las “previsiones sucesorias”. Durante más de un quindecenio, hasta que la democracia restaurada estuviere por completo estabilizada una vez llegado –con mayoría aplastante- el PSOE al gobierno de la nación, Historia y Vida se convirtió en fuente capital en el conocimiento, desde una perspectiva global, de la contienda civil, ocupando su tratamiento, en términos generales, un 60% de su ágil contenido. Enfocada, en efecto, desde los más contrastados ángulos, ninguna vertiente de la contienda dejó de contemplar la actividad de la esteva de los especialistas, sin que por ello los lectores quedasen pasivos, antes al contrario se revelarían como colaboradores muy principales a través de una sección de correspondencia que no pocas veces se mostró como medio enjundioso de curiosas de noticias y hasta de revelaciones en punto a muchos extremos del duelo fratricida, sobre todo, en los concernientes a la vida cuotidiana.
Al amparo -y escaso riesgo en verdad, habida cuenta de la sed de información histórica sobre el pasado inmediato de la sociedad de la España con mayor índice de crecimiento económico de su muy largo ayer- de un conde procurador en Cortes ad vitam y dirigida por su capellán particular y portavoz de la mitra barcelonesa, la extracción del plantel redaccional se asemejaba al de la Legión Extranjera por la heterogénea mezcla de periodistas, profesores universitarios, escritores del más variado pelaje de la urbe más cosmopolita a la fecha de España y, en fin, profesionales acreditados en diferentes ramas de la ciencia, muchos de los cuales tenían la historia como una segunda vocación, mutada en primera en el final de las biografías de varios de entres ellos. Veteranos anarquistas, activos militantes comunistas, carlistas desengañados, socialistas desmovilizados o a la espera de oportunidades se codeaban en la redacción al calor de la bonhomía y competencia de Antonio Padilla, o, más comúnmente, en las páginas de la revista –no en vano se editaba en las prensas de La Vanguardia y, en especial, en la de su gran revista semanal La Gaceta Ilustrada, bajo la férula de un confeccionador de lujo: el galaico Manuel Lamas-.
Sólo un genio de la concertación podía convertir en órgano publicístico bien reglado tan contratado coro de voces. Fue Francisco Noy, en su día uno de los discípulos predilectos y más valorados de Martín de Riquer, el protagonista de la hazaña. Director de facto en la fase inicial de una revista observada con lupa por la censura debido a su fulminante éxito y asombrosa audiencia, sorteó los incesables escollos opuestos a su normal navegación con habilidad y talento envidiables. Salomónicamente dio entrada y muy ancho campo en ella al brillante técnico de Información y Turismo Ricardo de La Cierva y de Hoces, al frente por aquellas calendas del Centro de documentación de la guerra civil creado en el mismo ministerio por Fraga Iribarne, al tiempo que aceleraba la colaboración asidua de nombres jóvenes con creciente prestigio en los medios contestatarios universitarios de Madrid y Barcelona y escorados en buen número hacia la militancia comunista. Con la caución aportada por La Cierva, firma permanente y, en ocasiones, tentacular en Historia y Vida en la etapa referenciada, la rúbrica, por ejemplo, de Carlos Martínez Shaw, profesor desde el otoño de 1967 de la Universidad de Barcelona y de la delegación barcelonesa de la Escuela Oficial de Periodismo madrileña, no encontró mayor óbice para su igualmente asidua aparición en sus páginas. Más allá del dato o la anécdota personales, el hecho merece resaltarse por su crucial incidencia en la recepción del marxismo en el solar de Iberia. Los que habrían de ser, respectivamente, uno de los más pugnaces debeladores del marxismo intelectual y político en su versión hispana y, de modo especial, en el campo de la historiografía, y, a sensu contrario e indiscutiblemente, uno de sus adalides más destacados e influyentes en los ámbitos académicos y mediáticos, velaron sus primeras armas en la controversia cultural en la palestra liberal de Historia y Vida. Pues a tan tolerante mentalidad y acrisolado linaje pertenecieron, sin matices sustanciales, sus directores Francisco Noy y el muy famoso en su tiempo, el oceánico publicista Néstor Luján, director de ella durante una temporada por exigencias de la titulación periodística exigida por las normas ministeriales vigentes.
Muy conocida la biografía del catedrático madrileño por su omnipresencia en los medios políticos y culturales a lo largo de un espacioso tercio de siglo, la de su colega sevillano –en el área del modernismo- se hace acreedora a una monografía específica a la hora de reconstruir el proceso de introducción y difusión del marxismo en todas las esferas del pensamiento y la actividad doctrinal. Bajo el magisterio solícito y cordial de P. Vilar –del que llegó a ser, incuestionablemente, entre sus múltiples seguidores y admiradores, su mejor conocedor español-, nuestro primer especialista en diversos ámbitos de la historia del comercio ultramarino en la época imperial e, igualmente, en varios segmentos de la posterior ha sido quizá el principal deus ex machina de la recepción del método histórico marxista en la parcela acaso más extensa de la vida universitaria y académica, tanto por la excelencia de sus trabajos –no muy nutridos en número en la modalidad de libros y monografías- como por la cifra incontable de sus alumnos y discípulos, presentes sin excepción, desde ha tiempo, en todos los sectores de honda influencia en la vida cultural y política del país - por ejemplo, el diseñador de la política cultural de la Generalitat en el último quinquenio, F. Mascarell, se declara a los cuatros vientos su incondicional devoto-. El actual miembro de la Real Academia de la Historia, familiarizado hasta la nimiedad con los clásicos del marxismo, en especial, con los obreros más cualificados de Clío, profesó siempre, como acaba de señalarse, una devoción rendida al autor de Catalunya, al estimarlo, por encima de otros nombres más resonantes, como el historiador en el que presentó todas sus virtualidades el método histórico marxista, sin disputa posible, para él y su exégeta sevillano, el instrumento analítico de mayor penetración en la comprensión del ser humano y su actividad en el tiempo ( ).