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¿Un Partido Popular desnortado?

José Varela Ortega
miércoles 07 de mayo de 2008, 22:06h
Uno de los lugares comunes más sorprendentes que hemos leído en la prensa española tras las recientes elecciones es el repentino descubrimiento de un supuesto tsunami bipartidista. Porque lo cierto es que bipartidismo, más o menos imperfecto, ha sido el perfil electoral español por excelencia desde tiempo inmemorial. Y tsunamis, en efecto, los ha habido, sobre todo cuando se ha intentado violentar esa cultura política bipartidista con “cordones sanitarios” u otras purgas hegemónicas de ocasión. En nuestros días, los dos partidos, PSOE y PP, son claves en la gobernación alternativa del país y cuanto antes nos reconciliemos con esa realidad mejor para nuestro sistema político y mejor para casi todos. Desde que las cosas se torcieron en el 2003 y en España entramos en un círculo perverso -una opinión que no hace a este tema y cuyo soporte de razonamiento no se vincula a la victoria del PSOE en las elecciones de entonces ni en las de ahora- he publicado bastantes artículos en diversos medios y, en EL IMPARCIAL lo hago con una frecuencia semanal. Hasta el presente, mis reflexiones se han centrado en el partido del Gobierno. Las razones se distribuyen entre aquellas que son evidentes y otras que me parecen demostrables. En primer lugar, me he ocupado del PSOE porque gobierna. Esto es, marca la agenda y es responsable de la acción del Gobierno. Ni siquiera la excelente maquinaria de propaganda organizada por el señor Zapatero, ni aún sus poderosos medios afines, me han convencido de esa peculiar teoría parlamentaria carpetovetónica, formulada como verdad revelada y cara de velocidad progresista, con arreglo a la cual la oposición cogobierna y tiene, por tanto, una cuota de responsabilidad equivalente al partido del Ejecutivo. El PP no ha hecho nada en la gobernación de la nación porque no puede. No es él quien escribe el BOE. No es el responsable. Más bien, es a quien corresponde pedir responsabilidades. Y en segundo lugar, me ha parecido que el problema de coherencia política lo teníamos a nuestra izquierda: en una versión filosóficamente desnaturalizada del socialismo que estaba tergiversándolo, al renunciar al principio de soberanía nacional para traficar ciudadanos por territorios, en aras de un proyecto hegemónico en alianza con -y al servicio del- nacionalismo.

Otra cuestión es que los populares, naturalmente, hayan dicho -que no ejecutado- bastantes tonterías, incurrido en varias equivocaciones y cometido algunos errores. Pero hasta ahora, se trataba de torpezas tácticas, errores, digamos, sin mayor trascendencia filosófica. Antes al contrario, el abandono por parte del PSOE de las banderas tradicionales de la izquierda como arras de ese matrimonio morganático con el nacionalismo secesionista, ha empujado al PP a ocupar un espacio teórico que antes abanderaba la izquierda. Probablemente, una consecuencia no diseñada -pero si celebrada, desde el punto de vista de los ciudadanos y del sistema- de la exótica pirueta electoralista del señor Zapatero. Sin embargo, su segunda derrota electoral parece haber trastocado gravemente el pensamiento de los populares. No se trata ya del “sostenella”, en lugar de abrir un debate sereno sobre la derrota, repensar tácticas sobredimensionadas y actuaciones desmesuradas, dar paso a una vía a posibles transiciones, o al menos no cerrárselo a sucesiones razonables. El Partido Popular parece más bien una olla de grillos, de baronías confederalizadas, enredadas en disputas personalistas más que en una labor seria de fiscalización y control -que es lo que interesa a los electores. De esta suerte, una llamada al debate teórico, por ambiciosa que fuera la intención, ha desencadenado una disputa entre fulanismos -que no de ideas- y una cadena de descalificaciones. Algunas son preocupantes. Para un partido que aspira a ocupar un espacio de centro-derecha, urbanizado, civilizado y progresista, yugular debate y competencia con un comentario despectivo sobre el liberalismo, no parece la mejor receta. Desde la segunda mitad de los años ochenta, se ha producido un giro copernicano en la historia electoral española: las ciudades votan al centro-derecha, incluso en el sur de España. Se entiende que un paquidermo electoral de las dimensiones del Partido Popular tiene que recoger y convivir con grupos y sensibilidades diversas, a veces heterogéneas. Pero, dado el perfil sociológico de ese votante urbano moderno, su mundo de ideas y creencias, uno se pregunta qué otra vertebración ideológica fuera del liberalismo puede ofrecer el PP. ¿Qué se pretende realmente, ganar elecciones con programas de un partido que corre descerebrado tras periódicos y radios que le fabrican programas tan interesados como desenfocados y estridentes, acompañados de obispos vociferantes que agitan banderas con sagrados corazones? El Partido Popular debe formular sus programas, desplegar sus propias banderas y hacer una oposición seria y sistemática. Ocasiones no le faltan en el reino de la ocurrencia. Para empezar, la idea para atraer votantes no debiera ser “¡qué se vayan al partido liberal!”, sino que los liberales acudan al popular. Eso es lo que interesa al PP. Y eso también -e independientemente de nuestro voto- es lo que nos conviene a los ciudadanos que tenemos más intereses invertidos en la fortaleza e higiene de nuestro sistema político que en la economía del poder de los políticos profesionales.

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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