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Prestige, la historia de una infamia

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 13 de noviembre de 2013, 20:12h
Haciendo memoria de la etapa democrática, los más clamorosos casos de manipulación política en España han sido el hundimiento del Prestige, la guerra de Irak y los atentados del 11 M. El primero de ellos, con once años de retraso, ha sido subsanado por la Justicia. Una decisión, a estas alturas, simbólica, si se quiere. Pero quizá sea algo más que eso.

En realidad, las absoluciones retrospectivas para los acusados también son condenas retrospectivas para los acusadores. Y lo que ha salido condenada por la sentencia del Prestige es la inmoral utilización política y mediática de un terrible accidente. Lo que ha quedado en evidencia es la estrategia de agitar a las masas por la vía del populismo. La vocación manipuladora de los sentimientos de la gente.

Viene bastante al hilo de la situación actual en España. Hace apenas unos días, en la Conferencia Política en la que el PSOE ha decidido volver al rojo completo, como la selección de fútbol, se declaró que este partido debía lanzarse a la calle y apoyar a las “mareas”. Curiosa coincidencia con aquella marea negra que iba a dejar destruido el litoral gallego durante cien años y que quedó neutralizada en diez meses.

La verdadera marea no fue en aquella ocasión negra, sino roja. Bueno, en aquel tiempo el PSOE era rosa, pero rosa subido en la última etapa de Aznar. Ahí estaban, por ese orden, los socialistas, los del Bloque Nacionalista Gallego y los informativos de Tele 5. Cada uno a su negocio, que no era otro que la agitación y propaganda para embaucar a tanta gente verdaderamente preocupada por los valores ecológicos.

Aquello no fue defensa ecológica, sino ofensiva política. Se trataba, y se logró, trasladar a la opinión pública que los gobiernos español y autonómico gallego, ambos entonces del PP, no es que no hubieran evitado la catástrofe, sino que realmente la habían producido. Y los dirigentes socialistas de entonces, con un partido casi tan débil como el actual, entendieron que su única forma de resurrección estaba en lo de siempre: apelar a las tripas ciudadanas en lugar de a su cabeza.

La sentimentalidad en los procesos políticos suele llevar a desastres. Aquí trajo a Zapatero. Es la técnica de los nacionalismos, pero no solo. También ha sido el arma histórica de la izquierda. Es el rescoldo de totalitarismo que siempre permanece, y que sólo se transforma en socialdemocracia cuando roza el poder.

El PSOE de entonces llegó a tiempo para surfear aquella marea negra, y le fue muy útil. No estoy tan seguro de que lo haga ahora al sumarse a las actuales mareas, la blanca, la verde y las que se pinten, porque los propios navegantes de mareas están bastante desinflados. Claro que si el PSOE se echa a la calle, como ha prometido, igual resucitan y, como pasó con el Prestige, también logran que el pueblo soberano se crea que el PP no solo hunde barcos, provoca atentados y libra guerras crueles, sino que también acaba con la educación y con la sanidad públicas.

Lo más llamativo de esto es que el reproche se lo hacen a un PP bastante socialdemócrata, si nos fijamos. ¿O es que nos hemos olvidado de la política fiscal del Gobierno de Rajoy? Pero el problema no es si un gobierno es más o menos social, porque esta crisis haría antisocial hasta a Juan XXIII. Es que el Gobierno no es del PSOE, y ésta es una contingencia histórica incomprensible para este partido.

Ahora, los socialistas han decidido otra vez ir de barricadas, según los fogosos partícipes de su último cónclave. Y lo harán, si se tercia, aunque ellos saben que no les es suficiente. Su problema real es el liderazgo y los compañeros de viaje.

Cuando se hundió el Prestige estábamos casi en lo mismo. Ni su liderazgo era fuerte, ni sus compañías menos sospechosas. Entonces estaba Beiras, el que esgrimió su zapato, y ahora el entorno de la izquierda está ilustrado con ese personaje casi batasuno que amenaza con la sandalia en Cataluña. Alguien con el que el PSOE jamás pactaría, es de suponer. Salvo que lo necesitara, claro, porque ya pactó con Esquerra Republicana.

Agitación callejera y pactos de izquierdas no son como para dejar a nadie tranquilo. Pero da la impresión de que el PSOE vuelve, como entonces, a tener prisa. La que tuvo por chapotear en el chapapote y para generar la eclosión pacifista ante aquella guerra a la que nunca fueron los soldados españoles a combatir. Y, sobre todo, la que tuvo para convencer a los ciudadanos de que fue el propio Aznar el que explosionó los trenes de Atocha.

El PSOE es libre de hacer lo que le dé la gana para sus intereses. Pero tampoco está de más que alguien les recuerde, de vez en cuando, que su operación Prestige, y las otras mencionadas, forman parte de la historia de la infamia política de España.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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