En memoria de un gran español: J.García Añoveros
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 22 de noviembre de 2013, 20:30h
Siempre hay motivos –y muchos- para evocar a los grandes ausentes. En la ocasión presente, las circunstancias de la vida española de la actualidad hace muy vivo el recuerdo de quien fuese ministro de Hacienda (1979-82) en varios de los gabinetes de Adolfo Suárez y en los de Calvo Sotelo y figura descollante del partido de la UCD hoy rememorado con inmensa nostalgia. Personalidad política prominente muy o un mucho a su pesar, pues dicha actividad sólo cobraba sentido en su pensamiento en su estricta dimensión de servicio público, y, dentro de ello, del Estado; planteamiento, como se ve, por lo demás, muy común a los hombres y mujeres que fueron sus compañeros en la empresa -¿aventura?- de retornar España a la democracia.
Cuando estos días tan abrillantada etapa como la que él fuese artífice destacado se encuentra bombardeada por las baterías de ignaros, olvidadizos y oportunistas la memoria de gentes como éste turolense avecindado indesligablemente en Sevilla suscita de inmediato simpatía y gratitud. Arquetipo insuperable de la meritocracia vigente en tiempos de su niñez y mocedad, la vocación docente que impregnaba su modesto hogar la vehiculó a través de una carrera de Derecho entrañada como suprema realización personal y cristalizada en el estudio de su dimensión fiscal y hacendística. “Bolonio”, después ha ver cursado aquélla, como tantos otros hombres de su tierra bajoaragonesa, en la Universidad de Valencia, llegó a la de Sevilla en una coyuntura reclamada ya de modo absorbente por la esperanza y el futuro. Espléndido período de la Fac. de Derecho de la Hispalense, en el que el sortilegio de las épocas áureas –conjunción armoniosa de nova et vetera (Giménez Fernández, Cossío, Aguilar Navarro, Elías de Tejada, Sánchez Apellániz…, Clavero, Olivencia, Alonso Olea, Martínez Gijón…)- se atesoraba en su prestigioso claustro. Por contera, a la refulgencia del lance individual y del episodio institucional contribuyó desde el primer instante el respeto albergado por Añoveros hacia su predecesor en la cátedra, D. Ramón Carande - quizá el prohombre de mayor aureola y auctoritas en muchos de los círculos dirigentes de la ciudad en la último tramo del franquismo-, y la honda afección manifestada por éste a un hacendista algo “raro” como algunos de sus idolatrados maestros y “acreedores”…
En tal tesitura, resultaba fácil imaginar que Sevilla desplegase ante él sus imanes y le convirtiera en uno de sus habitantes cuya prosapia provenía más que de la historia o el linaje, de la intensidad y la lucidez. Con una existencia profesional desenvuelta en el mundo de lasa finanzas y altos negocios, no atesoró caudales y nunca ennortó su existencia por el disfrute de riquezas. La aurea mediocritas propia y congenial a la biografía de un catedrático que, en medio de las auras del poder y las tentaciones cortesanas, jamás quiso de dejar de ser provinciano, pautó hasta la muerte su andadura. Amante de Madrid, volvía invariablemente con sus libros -¿hubo alguna vez en los gobiernos del país un ministro de mayor curiosidad y voracidad lectora?-, sus amigos y tradiciones, en medio de la privacidad que tanto le gustase y defendiera. Escritor de raza -¿su vocación oculta, tal vez?-, se descubriría pronto como un tratadista encomiable de su materia y luego, en el ocaso de su laboriosa existencia, como articulista de pluma buida al tiempo que pulcra y, a las veces, enjoyada por el dominio singular de los matices.
La Historia semeja haber complacido la querencia de J. García Añoveros por los tonos grises y la reluctancia hacia los focos mediáticos. En las cada vez más espaciadas ocasiones en que se entona el elogio de la Transición –y ello a menudo con reservas-es muy infrecuente la mención de la personalidad que timonease la Hacienda nacional a lo largo de uno de los trienios más remecidos de nuestro reciente pasado. ¿Llegará al menos un día en que Andalucía testimonie con cierto allure su reconocimiento al jurista y gobernante que tan rendidamente la amó? Imbatible, cernudianamente, en ingratitudes y desvíos sería ella sin duda un buena muestra de un cambio tan positivo como fecundo para la memoria colectiva de las próximas generaciones.