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El gran terror

Antonio Domínguez Rey
lunes 25 de noviembre de 2013, 20:25h
España ya se acostumbró a que le dicten el camino de su horizonte desde instancias internacionales. La hegemonía la perdimos realmente con la crisis de 1998 y, desde entonces, oscilamos con sobresaltos. La experiencia adquirida durante el largo período de la dictadura franquista, subsidiaria de varias orientaciones, parece que sirvió más bien de poco. La Transición subsecuente fue, desde el actual panorama de incertidumbre, una burbuja política. Nadie se imaginaba que el ladrillo tuviera tanta fuerza y que los pilares de la economía española, con bancos multimillonarios, a tenor de las cifras de ganancia declaradas en cada ejercicio, fueran tan débiles. De la flojera mental, sabíamos, sin embargo, alguna cosa. Y han aflorado los frutos. Esa debilidad se acrece si atendemos a la mayoría funcional del cuerpo diplomático. Se le une hoy día el no menos corporal conjunto de eurodiputados. Unos no saben, no pueden. El margen de actuación personal de un diplomático es escaso. Y a ello se acostumbran. Apenas proyectan. Sirven, acatan. Otros ni se enteran de cómo es realmente Europa. Llegan a Bruselas blindados y salen en estampida apenas han votado en la comisión de turno. Todos, unos y otros, con la cuenta corriente rebosante de cifras. Inflada.

Nos dictan la orientación económica, laboral -por derivación-, jurídica, por ser más sabios que Salomón -consecuencias escandalosas de la doctrina Parot-, y hasta histórica, como la instancia -mandato encubierto por las implicaciones que comporta-, de la ONU para identificar a personas desaparecidas (Desapariciones Forzadas, un eufemismo) como consecuencia de la represión efectuada al concluir la contienda civil en 1939. Algo que ningún país europeo ni EEUU se atrevió a solicitar entonces formalmente, entre otras cosas, que hoy se conocen, o se intuyen, porque había hilos secretos de connivencia frente a la sombra de la URSS. Y puestos a desenterrar cadáveres o desaparecidos forzados, Europa entera quedaría agujereada por todos los costados desde las guerras napoleónicas, por no remontarnos un poco más.

Sorprende, no obstante, que no se haya exigido esto antes, por ejemplo cuando hubo indicios claros de que iniciábamos una democracia en regla. Extraña además que se haga después de una amnistía que ya contempló esta amargura impresa como traza indeleble, parece, en el fondo histórico de todo presente actual español. Como sorprende y extraña que Bruselas, Alemania, no hayan tomado medidas serias mucho antes de la crisis económica que ahora sufrimos. Vertían dinero a raudales en España, directa e indirectamente. Más bien nos inclinamos a pensar que, viendo la deriva, había cierto interés solapado en que así fuera. Sonaron voces, cierto, dentro del país y fuera, no obstante débiles. Voces sin eco. Los políticos ya estaban vacíos. Eran el molde de la burbuja que sobrevino al poco tiempo. Y los grandes consorcios -trusts- financieros y económicos se frotaron las manos hasta quemarlas.

Se publicó en Francia, no hace muchos meses, otro libro sobre la horrenda eliminación masiva de gente en Rusia durante el casi año y medio que transcurre entre agosto de 1937 y noviembre de 1938. La Grande Terreur en URSS, de Tomasz Kizny. Unas 750.000 personas liquidadas. Una a una con un tiro en la nuca, al estilo del NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos). Estas operaciones, secretas, de masas humanas se sucedían desde 1936. Entre los eliminados iban también jefes de la revolución implicados en el genocidio o ya incómodos para el aparato y nomenklatura del poder ostentado por Stalin. Son datos conocidos. Estas ejecuciones de jefes caídos en desgracia servían, por otra parte, de agañaza para silenciar aquel secreto a voces entre cuadros, jerarquías stalinianas, y, cómo no, servicios también secretos de las innúmeras cancillerías europeas, hebrea, china y americana. Un silencio tan aterrador como el de los muertos. Mutismo encerrado a voces en archivos durante décadas de guerra fría. Y el esquema de eliminación masiva se repite luego con los nazis alemanes. Original y copia.

Existía una resonancia de fondo para oídos sordos. Gente que conocía el horror de cientos de miles de rostros angustiados “cos ollos fondos das pistolas de gatillos negros”, dice en 1961el poeta gallego Aquilino Iglesia Alvariño de otros poetas también desaparecidos. Y esa resonancia gravita aún hoy sobre la cuenta pendiente de muchos juristas, políticos e intelectuales de países diversos con España. Lo extraño sigue siendo que reclamen ahora, no antes. Los entendidos tienen la palabra.

Antes del tiro en la nuca, y tras juicio sumarísimo, se comprobaba la identidad del condenado con una foto hecha previamente. El punto focal de la muerte. Sabían que al enfocarlos los miraban los “ojos hondos de las pistolas de gatillos negros”. Muchas de esas imágenes estaban en archivos hoy abiertos o clavadas en árboles de bosques que guardan memoria de los muertos con símbolos varios, de norte a sur, este a oeste en la Rusia de la antigua Unión de Republicas Socialistas Soviéticas. Y con las fotos, cartas, diarios, expedientes de interrogatorios, órdenes de ejecución, un material que Kizny ordena, estructura y ofrece como otro hito de la amplia bibliografía ya existente sobre este período trágico de la Humanidad. Algunas de las fosas comunes son hoy vertederos municipales.

El libro de Kizny nos recuerda además otro también reciente, de 2012, sobre la función de las Brigadas Rojas en España durante la Guerra Civil y en el período casi paralelo al de Kizny. El judío polonés Sygmunt Stein, miembro intelectual del partido comunista praguense, decide partir para España desilusionado con lo que sucedía en Moscú, adonde había viajado. Se enrola en las Brigadas Internacionales. Su militancia obedecía al hecho de que Stalin había ideado una república autónoma judía en la parte oriental de Rusia, en Birobidjan. Pronto se dio cuenta de que era una artimaña para atraer dinero judío hacia las arcas comunistas. Llega a Albacete en 1937 y lo nombran comisario de propaganda por su dominio de idiomas. Lo que ve, oye y vive allí contrasta también con su idealismo revolucionario. Comilonas y orgías, lujo de uniformes, vestidos de mujeres y camaradas, pero, lo más doloroso para él, el antisemitismo que observa entre los mandos. Describe a André Marty, albacea de Stalin en España, como un verdadero criminal, cuya actuación le valió el título de “carnicero de Albacete”. A la Pasionaria, como marioneta de la propaganda oficial soviética, una “pompa de jabón”. Cuenta cómo eliminaban a los sospechosos de disidencia con un tiro en la espalda aprovechando el revuelo de las contiendas, u otras circunstancias, como hicieron las Brigadas en mayo de 1937 con los anarquistas catalanes y el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Stalin aprovechó la llegada masiva de combatientes extranjeros a España para enviar a comisarios políticos y a tiradores de precisión del NKVD que se hicieron con cargos importantes entre los brigadistas, hasta el punto de anular a la jerarquía y policía del ejército republicano. Y ello a cambio, dice Sygmunt, de munición pasada de rosca y que llegaba tarde.

La descripción tumba el mito aún vigente de las Brigadas Rojas, comenta la crítica francesa al traducirse las memorias de este comunista enclavado en el centro del aparato político organizado por Stalin en España con el fin, son sus palabras, de esclavizarla y desviar la ayuda internacional recibida hacia Moscú, especialmente medicamentos y armas entonces modernas. Más contundente aún, acusa a Stalin de sabotear la contienda republicana frente al ejército franquista. Mientras éste estaba disciplinado y equipado de recursos militares, médicos, estrategas, a las Brigadas llegaba la basura social de media Europa, criminales, desarropados, busca vidas, enfermos venéreos, etc. Un panorama muy diferente al que conocemos por la obra de escritores como Malraux, Hemingway y otros intelectuales, pero no distinto del que la propaganda franquista difundió en la posguerra. Seguramente se conocía el texto o trascendió su contenido a través de los servicios de información aliados. Muchos detalles coinciden también con los de otras fuentes internas.

Sygmunt se decepciona y pide irse al frente. Lo envían con una unidad de combate sin armas y en harapos, la compañía judía Botwin. Se salva por los pelos. Llega a París y pierde el manuscrito de sus memorias de guerra. Las reescribe y las publica en yiddish en 1956 el periódico de izquierdas Forverts, editado en Nueva York, y las reedita luego en 1961. Algunos amigos que conocieron el manuscrito inicial le comentan que el tono y algunos datos eran más duros que el de esta edición. La traducción francesa de 2012 diluye la imagen que las Brigadas Rojas habían adquirido a lo largo de varias décadas, aunque algunos críticos reciben este testimonio con alguna cautela.

España fue y es una encrucijada de intereses poco coincidentes con el perfil de su historia y las necesidades reales del país. No acierta a elaborar un discurso fundado en su entidad social, jurídica, económica, cultural e histórica, política, es decir, de Estado. Fluctúa según las presiones de los grandes consorcios europeos, americanos y chinos. Presiones ya notables en las comunidades autónomas, algunas de ellas entregadas a esa canción de sirenas que luego se vuelve borrasca y tormenta histórica que hunde el barco, ahoga a la tripulación y deja algún rastro para la historia. De una parte, Bruselas obliga a excarcelar terroristas y otros delincuentes con cientos de crímenes a las espaldas. De otra, felicita la recuperación de la banca y el enderezamiento de la economía, aliada y deudora suya, y sacrifica de nuevo al país pidiendo nuevos recortes sobre una tasa de paro próxima a los seis millones de ciudadanos. Encima, la ONU insta a jueces y al Gobierno a subvencionar la búsqueda, después de setenta y cinco años, de los desaparecidos en la posguerra civil, desenterrar sus cuerpos y castigar a los culpables sobrevivientes. Y esto a pesar de las leyes propuestas -amnistía de 1977-, pactadas entre partidos con la anuencia libre del pueblo para fundar una democracia moderna, y de medidas ya adoptadas en aquel sentido. En nombre de los Derechos Humanos. Proyectan la sombra de un horizonte bélico constante y alzan la cúpula de una depresión económica estratégica que nos doblegue y mantenga callados. No somos gente de fiar. No sabemos gobernarnos, a pesar de las apariencias. Faltan líderes que sepan hablar con las palabras que aquellos líderes acuñan y adivinar el pensamiento oculto, encriptado.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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