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Cien años de amapolas

Alfonso Cuenca Miranda
lunes 06 de enero de 2014, 19:06h
Muchos habrán sido los sorprendidos al viajar a Londres en los meses de octubre y noviembre (o incluso en otras épocas del año) y comprobar la proliferación en los ojales de numerosos británicos (y no sólo de éstos, sumándose, por ejemplo, célebres futbolistas españoles residentes en las Islas) de la florde la amapola. Para algunos la sorpresa no se disipa cuando conocen que aquélla no es sino un tributo rendido por la práctica totalidad de los personajes públicos y por muchos ciudadanos anónimos a los caídos en la Primera Guerra Mundial. Así, la elección de dicha flor (presente en todos los cenotafios de la Gran Guerra) responde a dos explicaciones: de una parte, recuerda su surgimiento espontáneo en los campos ingleses sin roturar al hallarse sus antiguos labradores en los campos de la Muerte más allá del mar, y, por otra, por tratarse de una flor típica de Flandes, escenario de estos últimos, cuyo color púrpura evoca la sangre de los sacrificados. Difuminada por su apocalíptica secuela, sin embargo, el conflicto que asoló el mundo entre 1914 y 1918 no ha sido olvidado, avivándose su recuerdo al cumplirse 100 años del mismo.

En las múltiples publicaciones que, al calor de la efeméride, han aparecido en recientes fechasvuelven a glosarse las causas, desarrollo y consecuencias de una conflagración, cuyo umbral, una vez cruzado, determinó que el hombre ya nunca volviese a ser el mismo. Quedémonos con dos instantáneas anteriores al estallido de la guerra. Una más lejana, el funeral de Eduardo VII de Inglaterra en 1910, en el que coincidieron los mandatarios (monarcas emparentados incluidos) de un mundo que se iba para siempre, basado en el plano interno en una modelo cerrado en el que las élites sociales y políticas asumían el exclusivo protagonismo, y articulado, en el externo, en torno a un sistema de equilibrios y alianzas claramente agotado (si bien a esto último podría contraargumentarse que fue precisamente la ruptura del mismo por el Kaiser Guillermo en 1890, al desatender la solicitud rusa de renovación del Tratado de Reaseguro, tras despedir al viejo Bismarck, uno de los principales caminos de no retorno hacia la guerra). La otra instantánea nos remite más bien al fin de toda esperanza. El asesinato en el café “Le Croissant” de Jean Jaurès tres días antes de comenzar la contienda expresa el fracaso del internacionalismo obrero ante la exaltación nacionalista de sus propias huestes.

Como terrible paradoja, la Gran Guerra inaugura la modernidad en toda su dimensión. Así, propicia los cambios que determinarían el progreso de las libertades en el siglo XX. Nunca antes el hombre habrá sido más igual y más libre. Así, la guerra supone el arrumbamiento de tres autocracias imperiales y el triunfo de unas democracias cuyo prestigio habría de alumbrar importantes transformaciones en otros países. La movilización en masa, la propia Revolución de octubre (que habría de actuar como recordatorio de que la ausencia de una mínima participación política y social del pueblo podría servir como excusa para un nuevo tipo de autocracia), los sacrificios exigidos a la población civil… todo ello jugaría en favor del avance democrático producido en la inmediata posguerra, pródromo de lo que habría de venir tras 1945.

Pero, por otra parte, la IGM permite por vez primera vislumbrar el abismo, al que la especie habría de asomarse ya claramente veinte años más tarde. El ser humano se deshumaniza como nunca antes. “Los hombres que he visto regresar esta mañana eran tan sólo montones de barro”, dirá un oficial francés. Efectivamente, es difícil reconocer al hombre ante su aniquilación masiva por unas máquinas que, no obstante, él ha creado. Él, dueño y señor de la Creación, ha terminado igualado a una hormiga. Las terribles bajas producidas en los primeros días de la batalla del Somme (25.000 ingleses mueren sólo el primer día) anuncian una nueva era, en la que, pese a todos los progresos, la vida humana se ha depreciado. Algo se ha quebrado para siempre y el surgimiento de la denominada psicosis de guerra o del combatiente (fenómeno desconocido en la historia bélica hasta entonces) así lo atestigua.

Y, sin embargo, aún es posible reconocer al hombre entre tanto horror. No en vano, a pesar de todo su espanto, la Gran Guerra no carece de cierto lirismo.Las amapolas ya referidas, los ángeles de Mons, la Virgen dorada de Albert, leones por corderos, la fraternidad “poilu”, los sanatorios mentales para combatientes, los partidos de fútbol navideños entre soldados que horas antes (y sobre todo después) “juegan” a quitarse la vida mutuamente… son imágenes que transmiten una determinada poesía y, por tanto, lo mejor del hombre, aun cuando sus versos se extraigan de lo más abominable del mismo. Este lirismo contrasta, por ejemplo, con su práctica ausencia en la IIGM, como demuestra el hecho de que el lugar de la primera en la literatura(Remarque, Graves, Roth, Owen, Sassoon…), sea mucho más destacado que el del segundo conflicto planetario, que sorprendentemente apenas dio lugar a obras reseñables. Ello se explica por cuanto que el shock producido por la primera fue mucho mayor que el de 1939-1945, a pesar de cobrarse muchas menos bajas. En cierto sentido, la Gran Guerra supuso la pérdida de la inocencia, revistiendo un carácter traumático y sacudidor de conciencias como probablemente ninguna conflagración anterior o posterior haya tenido.

Hace unas semanas, Françoise Hollande animaba a los franceses a preparar debidamente la conmemoración de una de las más grandes pruebas a las que ha sido sometida su milenaria nación. En este sentido, apelaba a la recuperación del espíritu de la Gran Guerra para encarar las dificultades presentes. Al margen de que pueda parecer algo exagerada la comparación de coyunturas históricas, ha de saludarse positivamente la mirada a un pasado cuyas enseñanzas son inagotables, aún las encerradas en sus estancias más oscuras.
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