La política de los derechos humanos como tarea de los intelectuales
martes 07 de enero de 2014, 20:13h
Me interesa la reflexión de Timothy Garton Ash en un número reciente de la New York Review of Books que conmemora el 50 aniversario de la publicación. Se constata en su artículo “From the lighthouse: the World and the NYR after fifty years”, la contradicción que se da en el momento presente entre una mundialización económica, con el desplazamiento del centro del dinamismo hacia el oriente, y la resistencia, incluso hasta la revitalización, del parroquialismo ideológico de determinadas regiones, que confirman su atavismo espiritual, hablemos del fracaso de las primaveras árabes, o la redoblada muralla china frente al pluralismo ideológico o el constitucionalismo. Esta contradicción no debe inducir a replegar la presión a favor de la liberalización, o a una adaptación contemporizadora de la misma sino, por el contrario, a una insistencia en la tarea que queda por delante y a la que están convocados los intelectuales de todo el mundo, una comunidad imbuida de la misión civilizadora de las luces o la ilustración liberal, que se propone como objetivo manifiesto la institucionalización de los derechos humanos. Existe, en efecto, una visión modernizada de la ilustración europea-americana que pretende aplicar y difundir los principios originales del iluminismo, esto es, la igualdad de la libertad y dignidad individuales ante la ley, tanto en el ámbito doméstico como en el internacional, junto a las condiciones económicas y sociales que complementan los correspondientes derechos civiles y políticos.
Las exigencias universales de la Ilustración no se desprenden de un etnocentrismo disimulado que buscase imponer puntos de vista particulares, en realidad producidos desde planteamientos ideológicos determinados, vinculados a intereses de clase o conveniencias estratégicas, en el fondo a una perspectiva imperial occidental. Los derechos humanos responden a demandas irrenunciables, ligadas como están a la racionalidad y dignidad que comparten todos los hombres, dondequiera que estén. Y la democracia, con sus posibles variantes de ejercicio, es la forma política que protege del modo más adecuado los derechos humanos, en realidad es el sistema de gobierno que se corresponde mejor con ellos. Constitucionalismo es justamente el nombre que damos a la conjunción espiritual de los derechos humanos y la democracia.
La defensa de este programa no resulta fácil, ya que para ser considerada en serio por las comunidades a las que va dirigido, debe ser asumido con autenticidad, lo que no es precisamente cómodo, pues significa disposición a hacerlo valer ante los poderosos, esto es, independencia política que comienza en la propia casa. La credibilidad del intelectual, como viese por ejemplo George Orwell, especialmente en su Homenaje a Cataluña, depende de su firmeza en la identificación de las faltas de su mismo lado político, o de su propio país. Si hablamos de los intelectuales de Estados Unidos, su denuncia de la opresión no importa en qué lugar del mundo necesita de la denuncia, para empezar, de los abusos en su sistema político. Bien pensado criticar al poder es fortalecerlo, si este lo puede aguantar.
Una defensa consciente de los derechos humanos, sugiere el comentario de Timothy Garton Ash, requiere de otras dos actitudes sumamente pertinentes, que pueden identificarse como la de un cierto optimismo en la razón; y la del conformismo modesto del gradualismo. En relación con el primer proceso , Ash aduce el triunfo final del liberalismo sobre el fascismo y el comunismo en la Europa occidental de la preguerra. De otro lado, al término del siglo XX, en los Estados Unidos se afirmó progresivamente la igualdad y la dignidad de la gran mayoría de los ciudadanos; mientras fuera, en muchos países, en el sur de Europa, Sudamérica y antigua Europa del Este, se restablecía la democracia. Estos logros han de servir de acicate para afrontar los riesgos que acechan al régimen de la libertad y dignidad en el futuro, ya en pleno siglo XXI, amenazadas por doquier: en los Estados Unidos por la hybris del poder y los dobles desastres de la guerra de Irak fuera, y la crisis financiera dentro; en los países árabes por el desorden y la represión que han seguido a sus recientes revoluciones. Por su parte, el leninismo capitalista de China ha logrado distanciar el desarrollo material, en la economía globalizada que Marx predijo, de la democracia liberal y del respeto de los derechos humanos.
La actitud de los intelectuales en el mundo futuro debe contar con las resistencias a la aceptación del programa de los derechos humanos. La lucha por el reconocimiento y la implantación de la democracia puede durar mucho. Hay que saber esperar y saber distinguir “entre la admiración del coraje moral y la claridad intelectual de los disidentes en China y el mundo islámico y un juicio informado sobre las probabilidades de su triunfo político, aunque no moral e intelectual, que ya han conseguido”. Lo que queda por hacer, especialmente contando con los medios de comunicación que Internet hace cada vez más rápidos y libres, es acoger y respaldar en la república digital, a quienes desde sus propias tradiciones culturales promueven los valores liberales comunes, aunque su triunfo político, tras una difícil espera, tarde en llegar.
|
Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
|
|