Actualidad de Santo Tomás de Aquino
lunes 27 de enero de 2014, 20:14h
Cada 28 de enero se conmemora la fiesta de Santo Tomás de Aquino (1225-1274). Hombre de tiempos que ahora parecen tan remotos, su vida coexiste con el renacer de las ciudades y la recuperación del derecho romano justineaneo en Occidente, la renovación y fundación de instituciones dentro de la Iglesia Católica (entre ellas los dominicos, a los que perteneció) y el surgimiento y desarrollo de las primeras universidades en Europa, uno de los legados más perdurables y valiosos de esos siglos.
Aunque murió un 7 de marzo de 1274, fue trasladado a la Iglesia Dominica de Toulouse el 28 de enero de 1369, de ahí que su figura se conmemore en esta fecha. Muchas universidades recuerdan a su patrono y, en su honor, decretan un día sin labores académicas. Lo interesante es que este reconocimiento no solo proviene de las instituciones específicamente católicas, que acogieron a fines del siglo XIX el llamado de León XIII en la encíclica Aeterni Patris, “Sobre la restauración de la filosofía cristiana conforme a la filosofía de Santo Tomás de Aquino”. En esa ocasión el Papa señalaba la necesidad de crear instituciones de enseñanza universitaria de carácter católico y que enseñaran de acuerdo a la filosofía del Aquinate, ya que era la manera más segura de guardar la fe y dar argumentos de acuerdo a la razón.
Este último aspecto, más el carácter magisterial del Santo y la recuperación y valoración que hizo de Aristóteles, han permitido que hoy sea recordado incluso por universidades secularizadas, pero que reconocen su impronta y valoran sus años cuando la Universidad como institución recién emergía en el mundo occidental. Su obra fue no solo voluminosa, sino también profunda y tiene, en muchos aspectos, vigencia hasta hoy. La Suma Teológica constituye un clásico (con sus famosas pruebas de la existencia de Dios), numerosos sermones, algunas oraciones imperecederas (por ejemplo el Adoro te devote) y otros tantos trabajos de filosofía y teología. Todo esto además de su labor de profesor universitario en París y en otros lugares.
Admirado por su inteligencia, Santo Tomás fue también un hombre de acción y sobre todo de oración, que buscaba el encuentro con Dios y procuraba dar sentido y unidad a su vida entera. Un libro tan hermoso como apasionante, La luz apacible, de Louis de Wohl (Madrid, Editorial Palabra, en su 17ª edición este 2013), es una colección impresionante de momentos y anécdotas de la vida del joven italiano, rebelde ante la monotonía, además de decidido, simple y brillante, obediente y fiel. Un niño amable pero que podía ser vehemente, un joven comprometido hacia una vida distinta a la que se le había programado, un hombre gordo, elocuente, cercano, hermanable a pesar de haber sido secuestrado por sus propios hermanos. La obra se lee como la novela que es y se disfruta como libro de aventuras, es una historia de su época y una biografía de un hombre para todos los tiempos.
Porque Tomás de Aquino, a diferencia de otros santos o de otras figuras históricas de renombre, tiene una dimensión de perpetuidad que lo acompaña. Se ha vuelto un personaje “necesario”, para fundar sobre él una filosofía o bien para elaborar las tesis contrarias con mayor altura, para pensar la fe o para saber qué piensan los que la tienen. Incluso quienes son distantes de la Iglesia Católica y de su credo, si quieren intentar comprenderla saben que tienen en el Doctor Angélico –como se le llama– una base sobre la cual avanzar.
Con seguridad, a medida que nos acercamos a los ocho siglos del nacimiento del filósofo y teólogo católico, Doctor de la Iglesia desde el siglo XVI, su figura se irá haciendo cada vez más actual. Seguramente habrán congresos, publicaciones, y los artículos de prensa adornarán la necesidad de saber quién fue, qué pensó y cuál es la proyección actual del Doctor Angélico.
Es muy valiosa la síntesis que hace Chesterton en su biografía Santo Tomás de Aquino (obra con varias ediciones, que tanto alabó el tomista Étienne Gilson): “Podemos deducir con facilidad que este filósofo no se limita a rozar las cuestiones sociales, ni tan siquiera transformarlas a su paso en cuestiones espirituales, a pesar de que ésta es siempre su orientación. Las aferra. No solamente las toma sino que las aprehende. Como lo demuestran todas sus controversias, fue uno de esos hombres que fijan toda su atención en cualquier cosa que tratan; y él parece fijar incluso las cosas que pasan mientras están pasando. Para él, incluso lo momentáneo era trascendental”.
En estos tiempos la figura del Doctor Común, otro de sus apelativos, sea quizá más importante que en otras épocas. Cuando lo perecedero parece ser la regla universal, emerge Santo Tomás con la dimensión de eternidad; si las emociones y el desapego hacia la verdad hacen escuela, el Angélico clama por el regreso al uso de la razón y a la búsqueda de la verdad; mientras la vida circula sistemáticamente parcelada, el “buey mudo” clama por unidad, por la síntesis poderosa de la fe con la razón como “las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”, según palabras de Juan Pablo II en Fides et Ratio (1998).
Si la civilización contemporánea requiere pensamiento y diálogo, Tomás de Aquino puede ser un buen punto de partida o, al menos, un hombre necesario. Como otros tantos no católicos ni cristianos e incluso precristianos, pero que han formado parte de la tradición intelectual de la que somos herederos. De lo que se trata es de volver a mirar los fundamentos y recuperar la confianza en el hombre, la esperanza en un mundo mejor y en la hermosura de lo eterno.
Se cuenta que en sus últimos meses el Aquinate tuvo una experiencia mística que cambió lo poco que le quedaba de vida. No tenía sentido seguir escribiendo ni tampoco le era posible hacerlo “después de lo que he visto”, arrebatadora preparación para lo que sería una eternidad. Quizá solo se comenzaba a cumplir aquello que pidió al finalizar el Adoro te devote:
“Jesús a quien ahora veo oculto
te ruego que se cumpla lo que tanto ansío
que al mirar tu rostro cara a cara
sea yo feliz viendo tu gloria”.