Crisis de valores
Francisco Delgado-Iribarren
miércoles 29 de enero de 2014, 20:11h
Es un lugar común (tan común como Madrid, Barcelona o Valencia) señalar que padece nuestra sociedad –por acotar, la española- una crisis de valores. Y no me refiero a la crisis de valores bursátiles motivada por las inestabilidades argentinas. Los más valientes se mojan más y hablan de una subversión de valores, lo cual es como tomar posición. Quienes se atreven a disparar –aun a riesgo de ser a su vez alcanzados- se ven obligados a salir del lugar común y mostrar un valor puro que esté sufriendo una evolución de cambios (crisis) o un trastrueque (subversión). Este es mi objetivo declarado en este artículo, y mi valor elegido es la compasión.
Compruebo por lo que oigo y lo que leo que a este valor, tan netamente positivo, no le falta mala prensa en nuestro país y en nuestra sociedad occidental. Como muestra unos cuantos botones: la expresión “me das pena”, que literalmente debería comunicar compasión, se utiliza para expresar un profundo desprecio. Esto es contradictorio porque el sentimiento de pena implica siempre el de un cierto aprecio. Al sentir pena por alguien, estamos reconociendo su fragilidad humana y, en ella, su dignidad, lo cual nos facilita la identificación con nuestra propia naturaleza. Otro botón: parece que está mal visto “dar pena” o “ir por ahí dando pena” o “querer que la gente se compadezca de ti”. Esta concepción, a mi juicio, implica otra profunda desvirtuación del valor de la compasión, pues tan positivo es el hecho de dar compasión como el de recibir compasión.
Normalmente la gente no va “por ahí” pidiendo compasión, y menos aún expresamente y de viva voz (salvo casos extremos que son cada vez más abundantes), pero ello no significa que no la necesite. En mayor o menor grado, todos estamos necesitados de ella y todos somos dignos de recibirla, hasta el que cree que lo tiene todo –si hubiere quien tal creyera-, porque nunca se tiene todo del todo o, expresado de otra forma, si alguien lo tuviera todo le faltaría la carencia.
La compasión nos hace más fuertes, no más débiles, tanto dada como recibida, porque nos hace más humanos. Más vulnerables, sí, luego más humanos. Pedir compasión lo hacían muchos de los enfermos que, según los evangelios, abordaban a Jesús por los caminos. Y Jesús de Nazaret, Jesucristo para los amigos, que es el gran Compasivo, con mayúscula, les daba compasión. Ambos salían reforzados: los enfermos con su curación y el Cristo con el crecimiento de su fama y de su poder.
El lector más quisquilloso o el menos compasivo con el articulista exclamará: “¿Y qué tiene que ver la compasión con la actualidad?” El opinador le responderá: primero, la lógica dice que los valores eternos siempre están de actualidad. Segundo, basta escuchar a la sociedad española, en la que cada vez son más colectivos los que demandan compasión verdadera, y no solo de boquilla: víctimas del terrorismo, parados, jóvenes sin empleo, menesterosos… Y tercero, basta observar a la sociedad para cerciorarse de que las prácticas claramente contrarias al valor de la compasión proliferan campantes por este trozo de planeta. Verbigracia: el cainismo (y su forma más grave, el canibalismo, metafóricamente escribiendo, claro), el escarnio cansino y los procesos inquisitoriales abiertos a quien se sale del guion de lo políticamente correcto. Volveré sobre ello.